"El secreto del éxito es la honestidad. Si puedes evitarla... está hecho" (Groucho Marx)

27 feb. 2010

Supergilipollas, el héroe definitivo


Existen miles de superhéroes, algunos reales, la mayoría no. Algunos vestidos con pijama, otros con calzoncillos, algunos envueltos en trajes de papel Albal, con mallas de bailarina o con alitas en el casco -de ángel, no de pollo a la barbacoa-. ¿Alguien se ha dado cuenta de cuan ridículo puede ser el disfraz de un superhéroe? Bueno, pero esto forma parte de otra disertación que nada tiene que ver con la presente. Debo centrarme e ir a la raíz del tema: ¿que es un superhéroe? Según la RAE la palabra "superhéroe" no existe aunque si la palabra "héroe". Varón ilustre y famoso por sus hazañas o virtudes. Así pues un superhéroe es alguien que ensalza sus virtudes o hazañas aun por encima de lo habitual. Entonces, por definición yo soy un superhéroe de la gilipollez. Eso si que no me lo negaran ustedes. Para quien no lo sepa la RAE (Real Academia Española de la Lengua) es un edificio donde van a morir los escritores ancianos, algo así como un cementerio de elefantes o un asilo de ex-actores porno (hay similitudes, piensen un poco), también es un lugar donde no existe la palabra superhéroe porque no entran en los trajes ajustados y resultaría ciertamente ridículo combatir el crimen con frase del estilo “ríndete o te lanzo una palabra sobreesdrujula” o “tu castigo será recitar todos los antónimos de la palabra PIEDRA”.

Volvamos a lo realmente importante: soy un superheore, eso nadie me lo negará. Debo buscar un traje que no sea ridículo y ensalce mi mayor hazaña o virtud: ser despreciado por todos por igual. Me imagino vestido con mallas verdes, casco de ciclista y un micropene dibujado sobre un circulo de cartón sobre mi pecho. Tiemblen ustedes señoras y tiemblen ustedes novios y/o parejas de las señoras. El supergilipollas ha llegado. Así pues, si tengo un disfraz y un nombre, debería tener un objetivo. Ese lo tengo claro: fornicar. ¿Que esperaban ustedes? Para salvar negritos en África ya están las ONGs y para salvar gatos en los árboles ya están los bomberos. ¿Pero hay algún superhéroe que salve a las mujeres de la sequía? Ahora si: supergilipollas. Bueno, para ser honestos los bomberos también salvan a las mujeres de la sequía, sobretodo si están dotados de una buena manguera.

Y no se empeñen en descubrir mi verdadera identidad porque entonces sería como ustedes, un ser humano normal que hace las cosas de manera correcta. El mundo necesita supergilipollas que nos rescaten de la cotidianidad, que nos rescaten del aburrimiento de la clase política o del vecino del quinto primera que comienza a aprender a tocar el trombón. El mundo necesita un supergilipollas que las fornique a todas ustedes de la peor manera posible (que es la única manera que conozco) para que ustedes sobrevaloren a sus novios/esposos/amantes/follamigos en su justa medida (y no comparándolos con las mangueras de los bomberos). Las mismas mangueras que se arrugan en el asilo de ex-actores porno.

¿Que hazaña hay en ser normal? La normalidad es lo correcto, nada mas. La normalidad de madrugar para ir a trabajar. La normalidad de hacer cola en el supermercado. La normalidad de aguantar a tus suegros en los postres del domingo cuando los ojos irremediablemente se cierran. ¿Es normal ser normal? Por supuesto. Pero esa hazaña cotidiana se la dejo a ustedes porque yo soy un superhéroe y ya tengo mi primera misión. Si la Real Academia Española de la Lengua es RAE... ¿Dónde diablos está la L? Mi primer cometido como supergilipollas será encontrar la L que se ha caído del cartel y devolverla a su lugar. Deseenme suerte.

Concurso: quien averigüe las similitudes entre un cementerio de elefantes y un asilo de ex-actores porno tiene pagada una cena (requisitos: ser mujer, estar buena, esta mas que buena, no tener escrúpulos, pagar la cena, estar muy muy muy buena).


23 feb. 2010

"Ese es mi chico"



Ella tenía diez años menos que yo y una sonrisa que podría haber desarmado a todo un batallón de ruidosos marines armados hasta los dientes. La primera vez que vi su foto supe que si en realidad era la mitad de bonita que aquella imagen, yo estaría perdidamente enamorado. Incluso un cuarto de bonita. Incluso un diez por ciento de bonita. Dos semanas después de comenzar a chatear por Internet, la pasé a buscar por su casa y debo confesar que no resultó ni el diez por ciento, ni un cuarto ni la mitad de bonita que en la foto. Era el doble. Sus rubios cabellos caían en maravillosos tirabuzones por todos lados, los ojos grandes y verdes, los labios finos, como su pizpireta nariz. Apareció con un vestido de algodón de tirantes con la falda por encima de la rodilla. Las piernas torneadas, los tobillos finos, los hombros dorados y fuertes. Una de las mujeres mas hermosas que había visto en toda mi vida. Sino la que más. Su voz era suave y su sonrisa. Maldita sea. Aquella sonrisa iluminaba toda la ciudad. Paseamos en dirección al puerto, aunque por mi habríamos podido estar paseando por el corredor de la muerte en dirección a la silla eléctrica. Hubiese sido igual de feliz al lado de aquella mujer. A medida que nos acercábamos al restaurante comencé a notar en mis mejillas la suave brisa salada del mar. Ella hablaba y yo escuchaba. Era la mejor manera de no meter la pata. De repente se me ocurrió hacerle una pregunta. Simplemente porque necesitaba saberlo.
-¿Que pensaste cuando me viste? -pregunté bajando la vista avergonzado hasta el suelo.
-”Ese es mi chico” -contestó ella.
Aquellas palabras sonaron a música barroca cantada por un coro de doscientos querubines vestidos de blanco. Era el chico de la mujer mas maravillosa que conocería nunca. Había reservado una mesa en un restaurante no demasiado caro en un barrio junto a la playa. Uno de esos lugares con manteles de papel y vino barato pero también con velas en las mesas y un vino blanco mas que decente. Ella se emocionó tanto al ver que había paella que no me vi con fuerzas para decirle que por la noche el arroz me resultaba indigesto así que pedimos una paella para dos y me dediqué a escuchar sus historias mientras el olor se su pelo se confundía con el de la cera derritiéndose. Mientras el olor a crema hidratante de sus brazos se confundía con el limón con el que había rociado el arroz. Comíamos y a cada palabra, en cada gesto, casi conseguía verme reflejado en aquellos inmensos ojos de color azabache que brillaban como si dentro de su cabeza hubiese una antorcha ardiendo. No podía apartar mi vista de ella. Allí estaba yo, a su lado, compartiendo una mesa llena de comida, separados por dos copas de un excelente vino blanco y una cesta con restos de pan. Marcha triunfal, casi podía escucharla. Por vez primera en toda mi vida la felicidad era un campo sin puertas, infinito y recién abonado. Pagué la cuenta con el poco dinero que me quedaba del subsidio de transporte por disminución psíquica y salimos de allí en dirección a la playa. Dudas. Dudaba si cogerle de la mano o pasar el brazo por su hombro. Dudaba si hablar porque sabría que hiciese lo que hiciese siempre metería la pata. Al final decidí no abrir la boca y continuar sonriendo como un bebé que no entiende lo que está sucediendo y colgarme de su brazo como un anciano que ha olvidado como caminar. Ella hablaba de casi todo con entusiasmo y sin apenas darnos cuenta llegamos a la playa, nos quitamos los zapatos y nos dirigimos lentamente en dirección a las olas que rompían ruidosamente frente a nosotros. Nos sentamos al borde de aquel inmenso mar y ella se recostó sobre mi hombro. El corazón me iba a mil por hora. Por vez primera no pensaba en hacerle el amor a una mujer. Solo deseaba que sus rubios rizos continuasen haciéndome cosquillas en el cuello mientras los rayos de la luna se reflejaban en el agua, en sus ojos y en sus dientes, en las lágrimas de emoción que caían por mis mejillas.Por vez primera había dejado de ser un completo gilipollas. Y fue entonces, compañero de la desdicha, que la naturaleza se alió con el infortunio impidiéndome escapar a mi autentica condición. El arroz hizo el efecto que siempre hace en mis intestinos y una poderosa ventosidad surgió de mi persona con un terrible ruido que rompió la quietud de la noche y cambió el aire por un infecto olor a podredumbre . Ella se levantó como movida por un resorte invisible y comenzó a alejarse de mi caminando hacia detrás sin dejar de señalarme con el dedo mientras con la otra mano se tapaba la nariz. La muchacha intentó evitar las arcadas pero finalmente cayó de rodillas y comenzó a vomitar toda la cena, postres incluidos.
-¿Entonces no follaremos, no? -pregunté yo mientras ella se secaba las comisuras con una servilleta del restaurante donde yo le había dibujado un corazón con nuestros nombres.
Lo que yo les diga. Soy un completo gilipollas.

20 feb. 2010

La compañera de trabajo



De donde saques para la olla no metas la tarjeta de crédito. Ya me entienden ustedes. Para cualquier hombre que se precie, lo más importante del mundo debería consistir en introducir nuestro tren del amor en el túnel de la fecundidad. Olvídense del amor, la discreción o la verdad. Meterla en caliente es mas importante que la familia, amigos o incluso trabajo. Pero me voy a tomar la licencia de darles un consejo no solicitado: en la ecuación del sexo nunca utilicen a esta familia, o a estos amigos o a esos compañeros de trabajo pues siempre fracasarán (sobretodo si montan una orgía con todos al unísono).
A propósito del trabajo, tenía yo una compañera de trabajo de grandes senos y melena rizada. No recuerdo su nombre ni creo que lo supiese nunca. ¿Con unas tetas como aquellas quien necesitaba nombre de pila? Tetas grandes estaba casada y tenía un hijo. Yo estaba solo y tenía una permanente erección. Así que lo que comenzó siendo un sutil jugueteo amoroso por mi parte del tipo “tienes los pezones que podría colgar mi abrigo en ellos” o “si te agachas un poco mas a recoger el formulario HTE-442 conseguiré adivinar la marca de tu ropa interior”, acabó con los dos metiéndonos mano en el ascensor, en el metro o incluso en un callejón cercano. Que bonito es el amor cuando es puro. Lo hacíamos en todos lados, o al menos eso intentábamos porque resulta complejo consumar con alguien que tiene todo su tiempo dedicado entre un marido, un hijo y una mesa llena de formularios, imposible encontrar tiempo para que se le pongan los ojos en blanco y le explote la cabeza. ¿Qué sucedió? Pues que como toda historia de amor que se precie debería tener un final agridulce, cuando los vigilantes de seguridad hacían una demostración de los equipos a unas autoridades y aparecimos nosotros en blanco y negro en la cámara de una de las salas de descanso con mi cabeza dentro de su jersey si sus manos desaparecidas dentro de mis pantalones.
Ella aun trabaja allí, yo soy adicto a las colas del INEM. El jefe de personal también era admirador de las tetas grandes.
Resumiendo, por muy grandes que sean las tetas, no os juguéis el sueldo. Porque pueden suceder que os quedéis sin sueldo y sin tetas...

16 feb. 2010

El bar de los modernos


Han abierto un bar de modernos en el barrio. Se que es de modernos porque todos son guapos, se saludan besándose en la boca, siempre recién duchados, llevan el pelo y la ropa como si acabasen de pelearse con su estilista y e ingieren extrañas bebidas de colores mientras ríen. También se que es un bar de modernos porque no me dejan entrar. A mi solo me dejan entrar en las bodegas de peor alcurnia (solo los lunes y miércoles a partir de las once de la noche). Dirán ustedes: "gilipollas, quédate en la bodega, hombre". Y me hubiese quedado pero en la bodega solo hay borrachos con solera y en cambio en bar de modernos transitan estupendas hembras que entraba sobrias y salen dando tumbos. Madre del amor hermoso... ¡¡¡Había dado con un local emborrachamujeres!!! Debía entrar a toda cosa en aquel sitio que imaginaba como la máquina perfecta de pervertir vírgenes. Así pues me puse manos a la obra para mi particular cambio de look. Destrocé unos tejanos a tijeretazos, cogí una camisa de franela de mi abuelo, una camiseta de fútbol, una gorra de pescador y zapatillas de playa, a todo esto hay que sumar una pequeña perilla que dejé crecer en tan solo tres meses (con ayuda de un poco de betún negro) y las gafas de sol y el bastón que robé al vendedor de cupones del barrio. Y de esta guisa, mientras Mauro -el vendedor de cupones- era atropellado a mis espaldas por un taxi, me presenté un viernes por la noche en la puerta del bar de modernos. No, no... no se avancen a la evidente tragedia. ¡Me dejaron entrar! O eso o me confundieron con un repartidor de embutidos de El Bierzo. Sea como fuere ya estaba en aquel diminuto antro decorado con luces rojas y colores morados donde las mujeres se abalanzaban sobre los hombres y los camareros me hablaban de jamones y salchichones. Con la habilidad de una corneja en plena tormenta conseguí escapar y colocarme junto a una joven que bebía algo de color azul intenso. "¿Que bebes?", pregunté yo. "Vete a la mierda", contesto ella. Buena señal, no me había roto el vaso en la cabeza como es habitual. Volví a contraatacar con mi mejor frase: "¿Braga-faja o tanga?", pregunté enseñandole mis dientes marrones aun con restos de las espinacas del Lunes (les recuerdo que estábamos a viernes). Esta vez si que me rompió el vaso en la cabeza y mientras caía al suelo advertí algo que hasta ese momento me había pasado inadvertido. Aquella señorita tenía entre las piernas un bulto mas hinchado que los labios de Belén Esteban. Solo entonces reparé que el bar de modernos se llamaba "Transmacizas Club Lounge". De acuerdo, me había vuelto a equivocar de género. Allí solo habían hombres que besaban a otros hombres y hombres vestidos de mujeres que besaban a otros hombres que a su vez besan a otros hombres. Me levanté con la destreza de un cojo en una pendiente helada y cual fue mi sorpresa el comprobar que de repente un viejo conocido me impedía el paso hacia la salida. Maldita sea mi suerte. Era el señor de Soria... mas viejo y orondo aun pero igual de maricón. El fin de esta historia pueden ustedes construirlo con mi imagen corriendo con zapatillas de plástico por una calle mojada y un señor de Soria detrás mío cual matrona en busca de su bebe para amamantarlo (espero que entiendan el símil). Por desgracia la calle estaba demasiado mojada.

Ahora espero que entiendan que deje de escribir porque debo hinchar el flotador sobre el que estoy sentado.

10 feb. 2010

Correspondencia con tita Gekkeikan (3)


Querida tita Gekkeikan

Por aquí todo sigue igual, los días de lluvia llueve y los días de sol hace sol. Hoy llueve y no hace Sol. ¡Que curiosa resulta la meteorología para un gilipollas como yo! El mar continua húmedo y salado y las mujeres siguen ignorándome (aunque espero que húmedas y saladas). ¿Por qué me ignoran? Que se yo tita, solo se que lo hacen. Para mi las mujeres son como un plato de caracoles: inexplicable aunque delicioso. Es cierto, algunas en vez de caracoles son babosas, pero yo me las comeré igual. O al menos eso pretendo porque hace meses que lo único que me como son las uñas (eso si, con la salsa picante que me enviaste por correo). Puede que por eso llevaba tiempo con la idea de hacerme un cambio de sexo con el propósito de ver si mi vida -sexual- ganaba en interés (ya sabes que con las mujeres soy mas inútil que un cenicero en una moto). Confieso que he comenzado la aventura pero sucede que el crédito que me concedió el banco no lo puedo devolver a tiempo y solo me ha llegado el dinero para operarme los pechos. Ahora no puedo salir de casa. No tita, no me avergüenza tener pechos pero sucede también que paso todo el día tocándomelos y no me quedan manos para abrir la puerta de casa. Tita, soy un travestido. Para que lo entiendas mejor soy como la prima Kaiko Murenaka pero en guapo y con un pequeño sushimi entre las piernas. También sin los siete hijos, dos gorrinos, nueve campos de arroz y un soldado japones de la segunda guerra mundial escondido bajo sus faldas.

Aparte de este pequeño inconveniente transexual, he de confesar que las cosas no han cambiado demasiado, a veces pienso que soy transparente para ellas, cuanto más atractiva es la mujer mas transparente soy. Ojalá algún día pudiera llegar a ser totalmente invisible para colarme en los vestuarios femeninos. Por desgracia el sushimi siempre me delata.

Gracias a la página de Internet donde se cuentan mis desventuras muchas mujeres me escriben, para mi desgracia estas relaciones no pasan de ser epistolares pero no pierdo la esperanza de que un día se junten todas en la puerta de mi casa (des)vestidas y con sus cuerpos untados de aceite mientras sostienen una pancarta que diga "gilipollas, tómanos". Estoy seguro de que entonces mi sushimi si que se alegrara de verlas.

Querida tita, el mundo puede ser maravilloso, pero por desgracia para mi no lo es.

Saluda al tito Gekkeikan cuando dentro de cuatro meses despierte de su letargo invernal.

Te quiere
Tu sobrino

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Para aquellos recién llegados que no conozcan la historia de mi correspondencia con tita Gekkeikan aquí les dejo las anteriores misivas

8 feb. 2010

El experimento


Esta historia comienza hace aproximadamente 23 años, en una habitación en algún polígono industrial vaya usted a saber donde. Han de saber que por aquella época me apuntaba yo a cualquier oferta, sea cual fuese, que me reportase beneficios del tipo que fuese. Había sido donante de esperma, de pelo de cualquier parte del cuerpo, habían experimentado fármacos en mi organismo (la única explicación para mi estado actual), me sometí a toda suerte de experimentos psicológicos e incluso habría logrado ser donante de óvulos de no ser porque descubrieron el engaño al explotarme uno de los pechos del hábil disfraz de matrona noruega.

Nos reunieron en una habitación blanca, paredes blancas, techo blanco, mesas y sillas blancas. Lo que en los anuncios de detergentes que vienen del futuro anuncian como la limpieza total, vaya. Cinco hombres y cinco mujeres. Yo estaba en el bando de lo hombres, claro. Las mujeres no eran especialmente hermosas aunque eso a mi me era indiferente: eran mujeres. Los hombres tampoco eran atractivos, excepto por la diferencia de mi peculiar belleza, claro. Permanecíamos la decena sentados en sillas, cinco frente a cinco. Nos habían dado unos formularios donde habían extrañas preguntas acerca de como pensábamos o que hacíamos habitualmente. Cada pregunta tenía cuatro posibles respuesta, yo marqué la misma para todas, total... Después entró un señor vestido con una bata blanca que bien podría haber sido el trabajador de un matadero excepto porque no había rastros de sangre en sus ropas, cogió los formularios, los revisó mirándonos por encima de unas diminutas gafas como si tuviese la certeza que todos mentíamos y entonces comenzó a emparejarnos. Mi pareja resultó ser un camionero de mediana edad con una estúpida perilla y una papada mas grande que mi antebrazo. “Un momento”, dije levantando la mano, “¿cual es el motivo del experimento?”. “Pretendemos determinar si las respuestas de sus formularios han escogido la pareja perfecta”, contestó el del matadero. Volví a mirar a mi compañero de experimento. Si, claro... la pareja perfecta. “¿Y lo siguiente?”, pregunté. “Lo siguiente es demostrar la teoría”. A lo que vamos, que pretendían que el camionero y el que suscribe fornicásemos para demostrar que unas cruces en un papel tenían mas valía que el amor. Entiendanme, si me hubiese tocado cualquiera de las otras mujeres, sea cual fuese, me habría prestado con gusto al experimento pero aquello excedía los limites de mi peculiar lógica. Mientras discutíamos, dos parejas ya hablan comenzado a fornicar en una esquina de la habitación. Y yo con el camionero. “¿Cuanto va a durar el experimento?” pregunté. “Dos semanas” contestó el tipo de los formularios. El camionero sonrió y me guiñó un ojo mientras se ponía los pezones erectos con una lija del doce.

No voy a contar lo que sucedieron en los siguientes catorce días pero os aseguro que es difícil dormir mientras un señor de Soria intenta hacerse amigo tuyo. Todos consumaron menos nosotros, gracias a Dios y a que corría mas que el camionero. Al final del experimento y con mi virginidad absolutamente intacta, nos entregaron un sobre con quinientas pesetas y varias muestras gratuitas de colonia.

Había sobrevivido.

¿Por que les cuento esto? Para que no cometan los mismos errores que yo, a saber:
-No apunten a experimentos si son gilipollas por mucho que necesiten el dinero.
-Si les ponen un papel con preguntas delante utilizenlo de cualquier manera -a modo de papel higiénico incluido- pero nunca contesten.
-Nunca le den la espalda a un señor de Soria.

5 feb. 2010

Mujeres, hombres y gilipollas


¿Que diferencia hay entre hacer el amor y fornicar? Mis queridos animales de compañía, no permitan que nadie les engañe. El acto es siempre el mismo. Mi última conquista (que se remonta a finales del Siglo XX) me dijo al final de la decimonovena cita -mientras yo intentaba lamerle la nuca- que no fornicaríamos hasta que yo estuviese preparado para hacer el amor. Hubiese jurado que se me habían estropeado las pilas del Sonotone de no ser porque nací sin orejas y no puedo llevar Sonotones porque se me caen cuando los pego con esparadrapo. Nunca llegué a entender la diferencia entre fornicar y hacer el amor. Aun hoy sigo sin entenderla. El proceso es bien simple: me bajo los pantalones, le quito el refajo a la susodicha, le bajo las bragas a la misma susodicha y venga a bombear. Esto para mi es hacer el amor. Cuando una mujer les diga “no quiero fornicar, quiero hacer el amor” en realidad estará diciendo “me encantaría que me metieses tu manguera del amor hasta el intestino grueso pero como no quiero que pienses que soy una mujer fácil hoy tampoco lo haremos”. Así noche tras noche. ¿Que emoción hay en una cita sin sexo? La misma que ver una película de Isabel Coixet subtitulada al turco. Vamos señoras, ustedes van tan calientes como nosotros, así pues ¿que importa que creamos que son ustedes fáciles? ¡Nos gustarán ustedes aun mas si sabemos que son fáciles! A veces creo que los viernes por la noche el mundo se detiene en seco (casi puede escucharse el frenazo desde Marte) y a continuación comienza a girar en sentido inverso. ¿Nos hemos vuelto locos? Se puede fornicar estando enamorado o no y se puede hacer el amor estando enamorado o no. Hacer el amor no tiene nada que ver con el amor en sí mismo. Se lo dice alguien que ni fornica ni hace el amor...

1 feb. 2010

Maestras, enfermeras, funcionarias.


Mis queridos animales de compañía, el propósito del siguiente texto es haceros participes a vosotros, compañeros de masculino sexo (el tamaño es lo de menos, aclaro), una táctica que he descubierto recientemente a raíz de mis aventuras sexuales por este desquiciado mundo de mujeres esquivas y hombres mas atractivos que yo.

A saber: cuando busquéis una presa fácil para el ejercicio del fornicio deberéis dirigiros al gremio de maestras, enfermeras o funcionarias. ¿El motivo? Lo desconozco: solo se que resultan las más fáciles de conseguir y las más difíciles de perder. También desconozco como fabrican la cerveza y no obstante constituye la parte principal de mi dieta.

Después de un arduo trabajo de campo durante seis años (que ha incluido a tres maestras, dos enfermeras y una funcionaria) puedo afirmar que las féminas que trabajan en estos campos suelen estar hambrientas de amor y sexo. Aproximadamente un 95% de amor y un 5% de sexo.

Centrémonos en primer lugar en lo verdaderamente importante -para nosotros- en esta ecuación: el 5% de sexo.

Mis queridos animales de compañía, debéis engañarlas haciéndolas creer que estáis enamorados de ellas para conseguir el sexo y aunque este amor sea tan fuerte como el papel de fumar, os permitirá el fornicio mas o menos continuado siempre que ellas no tengan clase de baile, de tai chi, salidas a la montaña o estén peinando a sus gatos de angora. Desconozco el motivo pero todas comparten estos gustos de la misma manera que comparten padres que las protegen blandiendo cuchillos jamoneros.

No os confiéis pues llegará el día en que una de estas mujeres os diga que os quedéis a dormir al tiempo que os muestra un cepillo de dientes.

¡¡¡¡Peligro!!!!

¿Que hacer? Fácil. Solo hay que decir “voy a buscar uno mas suave que con este seguro que me sangran las encías” y después salir corriendo para no volver nunca más. Este hábil truco funciona mejor si después os dejáis barba y cambiáis de ciudad.

Repetid conmigo:
“Voy a buscar uno mas suave que con este seguro que me sangran las encías”.
"Voy a buscar uno mas suave que con este seguro que me sangran las encías”.
“Voy a buscar uno mas suave que con este seguro que me sangran las encías”.

Ya estáis preparados amigos míos, ahora: a por ellas que son muchas y funcionarias o enfermeras o maestras.

De nada.