"El secreto del éxito es la honestidad. Si puedes evitarla... está hecho" (Groucho Marx)

30 ene. 2011

Lady Mojito


La mayoría de las veces aquello que prevemos solo sucede en nuestra imaginación. La vida tiene demasiadas variables imposibles de controlar, por eso cuando aquella mañana entré a un bar cerca de lugar donde estoy haciendo la rehabilitación nunca podía prever como iba a acabar la cosa. A veces es divertido no saber como ni donde acabaras, pero solo "a veces". Eran las nueve de la mañana y había finalizado la sesión de rehabilitación por lo que me encaminé entre dolorido y cabreado (el dolor me cabrea, que diablos) hacia un bar cercano donde suelo desayunar un bocadillo de tortilla de patatas y una caña de cerveza mientras leo la prensa. Mejor dicho, miro las fotos de los periódicos deportivos. En total 3,20 euros de felicidad matutina en un pequeño bar. Aquella mañana sucedió algo diferente en forma de mujer que se sentó a mi lado en la barra del bar. Yo aun no había pedido. Y de haber pedido habría pedido una mas joven y cuyo pelo no pareciese un estropajo abandonado en el desierto. La mujer me sonrió tímidamente. Tenía mas de 50 años y no demasiado agraciada físicamente. Pero era una mujer, me sonreía y estábamos en un bar. La felicidad parecía tener otras caras además de la de un bocadillo de patatas.

-Tomemos asiento en una mesa -dijo cogiéndome del brazo y mostrando una iniciativa que a mi siempre me ha gustado en las féminas- ¿Que desayunas?
-Lo mismo que tu -dije yo.

Han de saber ustedes que una manera de conseguir llamar la atención de cualquier mujer (que no de una “cualquiera”) es facilitarle las cosas. Nunca dar mas información de la necesaria ni tampoco oponerse a todo. Las frases “Lo que tu quieras”, “lo mismo que tu” o “no es lo que parece” han hecho mas por el matrimonio que miles de libros de auto-ayuda.

Entonces sucedió que ella pidió dos mojitos y una docena de magdalenas.

-¿Mojitos para desayunar? -pregunté yo.
-Las magdalenas hacen de esponja, no seas dramático.

Al poco rato el camarero volvió con los mojitos y las magdalenas. Ella se bebió el suyo, el mio y se comió todas las magdalenas antes de que pudiese yo pestañear o preguntar como se llamaba.

-Pedimos otros dos ¿no? -dijo ella poniendo los dedos en su boca y dejando escapar un silbido que rompió el silencio del local y provocó rotura de tímpanos en el 50% de personas y animales de compañía que había en doscientos metros a la redonda.

En la sexta ronda de mojitos pedí además un café. Acerté al imaginar que era lo único que no me robaría. Todavía no había acercado yo mi boca ni a la mujer ni a los mojitos aunque a medida que avanzaba la mañana comenzaba a darme cuenta de que ninguna de las dos cosas iban a suceder. La felicidad comenzaba a desvanecerse en el aire domo si nunca hubiese existido en realidad.

-¿No crees que es una vergüenza que no dejen fumar en los bares? -preguntó ella arrastrando vocales y consonantes.

Imagino que si ella hubiese encendido un cigarrillo habría comenzado a arder y no se habría apagado hasta dos semanas después. ¿Una vergüenza? En su caso era una bendición.

-Una vergüenza si -dije yo sin ganas de discutir y con un agujero en el estómago del tamaño de una lavadora de carga industrial.
-¿Que hacemos? ¿Cambiamos de local?

La miré dos veces aunque hubiese necesitado media docena de veces para decidirme. No era guapa, tampoco inteligente pero era una mujer, que diablos. Ya saben, dos pechos, dos piernas, dos nalgas... en su caso acababa de darme cuenta de que también solo dos dientes. Quizás debía encontrar la manera de que ella no se bebiese todo y apuntarme a aquel frenesí alcohólico. Todo el mundo es mas interesante cuando estás borracho. Todos menos tú.

-De acuerdo -dije yo.
-Entonces paga y vayámonos.
-¿Tengo que pagar yo?
-Tienes que invitar, soy una dama.

La factura ascendía a mas de cuarenta euros o lo que es lo mismo, el doble de mi presupuesto anual para ropa. Ni loco iba a pagar yo aquello. Le enseñé la factura e insistí en que debíamos abonar aquella locura alcohólica a medias. Ella continuó negándose argumentando que era una dama y que había dado por sentado que era yo quien invitaba. Ni tan solo haciéndola ver que se había bebido y comido ella sola todo aquel dinero (menos un café) quiso entrar en razón así que no me quedó mas remedio que utilizar toda mi inteligencia para solventar aquel problema. Es decir, salí corriendo como alma que lleva el diablo con el convencimiento de que nunca me alcanzaría.

Esa fue la primera y también la última vez que vi a “Lady Mojito”. Si quieren un consejo, emborrachar a una mujer es la mejor arma de seducción de la que dispone un hombre. Sobretodo un hombre tan poco interesante como yo. Pero desconfíen cuando es la mujer quien comienza a emborracharse ella misma. Una ley no escrita no el decálogo de la seducción dice que el hombre siempre debe pagar para que la mujer se sienta segura y honrada. Puede que eso sea cierto. Pero yo solo pago si bebo o fornico y estaba claro que con aquella mujer las dos cosas hubiesen tenido resultados desastrosos.

La próxima vez que tengan una cita cuenten los mojitos que bebe su acompañante y después cuenten los dientes que tiene. En cuanto el número de mojitos sea mayor que el de dientes... salgan corriendo (como hice yo).






Este texto está dedicado a todas aquellas mujeres que creen que las 4 de la tarde es un buen momento para comenzar a beber mojitos. Brindo por ellas y por su férrea determinación de no llegar sobrias a la hora de la cena.

27 ene. 2011

La fe en lo invisible


Como ustedes saben me encuentro recuperándome de un accidente de burro que me mantuvo durante 49 días en una cama de hospital. Ahora, de vuelta a la realidad, camino con un brazo en cabestrillo esperando que pasen las semanas y que llegue el día en que mi brazo derecho vuelva a ser el que era para acometer todas esas obscenidades que han adivinado.

Cuando uno se enfrenta a estas situaciones suele rebajar su escepticismo y comenzar a creer en cualquier cosa que le prometa que todo irá mejor. Cualquier esperanza en forma de terapia o medicina sean del tipo que sean siempre son bienvenidas. No hay mayor crédulo que el que necesita creer y aunque esto parece una obviedad, no nos damos cuenta de las obviedades hasta que nos explotan en las narices.

La semana pasada, cuando volvía a casa de rehabilitación, pasé por delante de un local que anunciaba unas terapias que prometían la sanación de todos los males, desde la impotencia al mal aliento. Pero lo que mas llamó mi atención fue la palabra “gratuito” que acompañaba al texto y que me hizo lanzar al interior del local donde me encontré con una muchacha vestida con una especie de túnica azul y rodeada de extraños símbolos, velas e incienso. Un remanso de paz que rompí con mi voz...

-Vengo por lo de las sesiones gratuitas esas que anuncian con la foto de un calvo gordo que parece que está aplastando algo -dije alegremente.
-Es un monje y está rezando -replicó la mujer con expresión de fastidio.
-¿Pero son gratis?
-Por supuesto.
-De acuerdo, entonces es un monje rezando, lo que usted diga. Mi nombre es Fernando Gilipollas.
-¿Se llama realmente así?

Con un estudiado movimiento saqué mi carné de identidad de la billetera y se lo planté hábilmente en la cara. He de decir que también cayeron al suelo mis cinco tarjetas de crédito caducadas, once monedas de cinco céntimos, un condón caducado y doce sobres de azúcar. Pero el carné estaba frente a la mujer quien apuntó mi nombre en una especie de lista.

-¿Ha traido usted el mandruth? -preguntó ella.
-Si supiese lo que es un mandruth podría contestar.
-Una bola de meditación.
-Tengo bolas pero no se si son de meditación.
-¿Eso ha sido un chiste?
-También.
-Sin una bola mandruth no puede acceder al curso.
-¿Dónde venden esas bolas?
-Solamente aquí.
-¿Y cuanto cuestan cada una?
-Once euros.
-Dijo usted que el curso era gratuito.
-Lo es. Puede usted venir con su bola propia mandruth.
-De acuerdo. Compraré una de esas bolas.
-Y acuerdese de la túnica naranja.
-Tengo un albornoz azul.
-He dicho "túnica naranja".
-¿Un pijama morado?

La mujer negó con la cabeza y sacó una especie de catálogo con fotos de túnicas naranjas. Por desgracia dentro de las túnicas los modelos eran todos gordos y calvos. Como si no tuviese suficiente con verme todos los días en el espejo del baño. Bueno, en la media docena de espejos que tengo en el baño.

-No me diga mas -comencé- solo ustedes venden las túnicas naranjas.
-No, puede comprarlas en cualquier lugar pero aquí son mas baratas.
-¿Tendrán de mi talla?
-Por supuesto. Serán 45 euros mas.
-Llevamos ya 56 euros. ¿Necesito pagar algo mas?
-Supongo que tiene usted sandalias.
-Tengo unas sandalias de playa, de plástico.
-El plástico es contaminante y en la sala de meditación Bururghandu solo se puede entrar con productos naturales, unas sandalias de cáñamo, por ejemplo, o cualquier otro producto ecológico y sostenible.
-No me diga mas. Ustedes las venden. No quiero saber el precio. Póngame cuarto y mitad de sandalias. ¿Algo mas?
-No.
-¿Entonces puedo acceder al curso?
-Claro. Puede ir a los vestuarios a cambiarse. ¿Tiene una taquilla asignada?
-Por supuesto que no, es la primera vez que vengo aquí.

Aunque algo me decía que sería la última.

-El alquiler de taquillas es cinco euros al mes -informó la mujer.
-Suma y sigue. ¿Que es lo siguiente que hay que pagar para acceder al curso gratuito?
-Nada, aunque si quiere puede dar un donativo para ayudar al pueblo Bundri de las montañas del Tharhama.
-Con todo lo que he pagado pensaba que ya era dueño de toda la montaña.
-Solo son 3 euros.
-Claro mujer, ayudemos al pueblo ese. ¿Entonces a cuanto sube el total?
-72 euros. ¿Pago en efectivo, transferencia bancaria, talón o tarjeta de crédito?
-Mire usted, los billetes tienen tintas contaminantes, la transferencia bancaria la haría a través de Internet que consume electricidad, el talón es papel que hace que la selva amazónica se convierta en un chiquipark y la tarjeta de crédito es de plástico no reciclable... así que si me permite le pagaré en algo que es biodegradable, no contaminante y que además podrá usted utilizar para abonar los campos de arroz de las montañas de Tharhama.

Y diciendo esto me bajé los pantalones y haciendo fuerza saqué lo mejor de mi en forma de abono natural que quedó en el suelo como testimonio de mi buena voluntad de efectuar un pago ecológico y sostenible. Minutos después cuatro orondos monjes vestidos con sus túnicas naranjas y sus sandalias de cáñamo comenzaron a golpearme con sus bolas.

Sus bolas mandruth, me refiero.

Ni que decir tiene que no me dejaron acceder al curso gratuito. Para que luego digan que las terapias alternativas generan paz y buen rollo.


24 ene. 2011

Gilipollas Social


¿Ustedes utilizan Facebook? No mientan, yo también. Preguntar en un blog si alguien utiliza Facebook es como la suegra en la noche de bodas: algo innecesario. Prácticamente todos tenemos un perfil de Facebook de la misma manera que todos orinamos en la piscina. Aunque después lo neguemos. Aunque escribamos “feisbú” y no sepamos ni lo que significa.

A pesar de la inicial reticencia, nos damos de alta un perfil donde colgamos nuestras mejores fotos y copiamos frases o vídeos ajenos que nos hagan parecer mas inteligentes.  Todo es copiado o prestado. Yo mismo apenas se como funciona mi cafetera pero me paso horas chismorreando en perfiles ajenos. Porque desengañémonos, Facebook sirve solo para eso: para alimentar nuestro vouyerismo, para ver como nuestro compañero de trabajo pasea a sus horribles hijos montados en horribles bicicletas o nuestro primo, al que hace quince años que no hablamos, se vanagloria de vestir el mejor mono de esquí en una foto dos segundos antes de caer y romperse la pierna por doce sitios. Apasionante. Facebook solo sirve para perder horas y mas horas, pero eso es bajo mi punto de vista. Para mi, cualquier nuevo invento que no me lleva al fornicio es un invento estéril. Facebook o mi vida entera.

Algunos de ustedes me han añadido al Facebook con la esperanza de saber algo mas de mi pero solo han conseguido que yo sepa mas de ustedes. Como meterse en una sauna y preguntar donde está la nevera con las cervezas frías. Obviedades e inutilidades. Como la misma red social. No hablaré aquí de lo que significa Facebook o porque surgió, se gastan ustedes sus euros y van al cine a ver “La Red Social” que explica todo cuanto yo no voy a explicar aquí y una de las cosas que explica es que  cuanto mas inútiles somos en las relaciones mejor utilizaremos Facebook. O mejor utilidad conseguiremos. Menuda sorpresa. ¿Si yo tuviese el físico de George Clooney creen que me escondería bajo una bolsa de papel o perdería horas y mas horas intentando ligar en Facebook.? Claro que no, me limitaría a bajar a la calle, sonreír y esperar el maná divino en forma de lluvia de mujeres de dudosa moralidad.

Hoy mismo he pedido una pizza por Internet, ya no hace falta ni descolgar un teléfono para conseguir comida basura con la que mantenerme en mis 187 kilos. Gracias sociedad de las tecnologías y las grasas saturadas. También he comprado billetes de tren, avión, teatro (la mejor siesta de mi vida) e incluso he localizado una dulce señorita para que viniese a casa a explicarme lo que significa un “final feliz” aunque han de saber ustedes que en la red social las fotos no suelen hacer justicia a quienes teóricamente deberían representar. Finalmente se presentó en mi puerta un transexual mulato de 1,80 con peluca y bolso de plástico imitación de Yves Sant Laurent. Ni que decir tiene que no ha habido “final feliz”. En realidad ha sido un “triste comienzo”. Breve también, gracias a Dios y a mi habilidad para cerrar puertas rápidamente de un barrigazo.

Desengáñense, la red social solo sirve para ver las fotos en bikini de nuestras compañeras de trabajo de la misma manera que Internet solo sirve para comprar calcetines y ropa interior a mitad de precio. ¿Para que sirve un blog? Eso daría para otro post pero les aseguro que llevo dos años preguntándome lo mismo y aún no he encontrado una respuesta. Para conseguir fornicio no, desde luego.

21 ene. 2011

Un día en alta mar


Sepan ustedes (si no lo saben ya) que en las artes de la caza amatoria, cualquier escenario es bueno, sobretodo aquellos mas desacostumbrados pues son donde las féminas se encuentran mas desvalidas y corren al abrigo de los poderosos antebrazos masculinos. Por eso, cuando un amigo me dijo que había alquilado un yate con una pareja amiga suya y otra amiga para pasar el domingo pero que no podía ir porque había contraído la gripe A fue cuando comencé a saltar de alegría por toda mi casa y bendije a la gripe, la a A y a mi amigo. La caza había dado comienzo.

He de confesar aquí que todos mis conocimientos náuticos se limitan a observar las evoluciones del estropajo en el agua sucia de mi lavadero. No obstante esa misma tarde acudí a una tienda para comprarme la equipación de lobo de mar que consta del típico chubasquero amarillo del Capitán Pescanova. y una pipa. Dos días mas tarde estaba en el puerto, vestido con mi chubasquero y esperando a mis nuevos amigos pero sobretodo a mi nueva esposa. Al cabo de cinco minutos una pareja se acercó a mi y preguntaron si yo era gilipollas a lo que contesté “Encantado, Fernando Gilipollas”. Por desgracia no era la pareja que esperaba sino unos turistas que se mofaban de mi atuendo.

Unos barcos más al fondo, encima de una cubierta, un hombre que me hacia señas ostensiblemente. Me acerqué y subí -no sin cierta dificultad- a la cubierta de un precioso velero blanco. El hombre, alto y con el pelo largo, me tendió la mano.

-Sin ánimo de ofensa -comenzó- tu debes ser el gilipollas.
-El mismo que viste y calza.

Que vestía un chubasquero de plástico amarillo y calzaba botas de agua de los chinos, claro.

-Mi mujer esta dentro -dijo señalando una puertecita junto al mástil principal- ahora sale.
-Buen día para navegar -dije yo.
-Esta nublado, hace frío y no hay viento.
-Bueno, eso no puede desanimarnos ¿no? -dije dándole un amable golpe al muchacho que casi le hizo caer al agua.

De inmediato apareció su esposa saliendo del pequeño camarote.

-Hola, me llamo Mina -dijo ella tendiéndome una mano que obvié y me lancé hacia su mejilla justo en el peligroso linde del borde de los labios.

¿Estrechar la mano de una mujer? Que costumbre mas absurda...

Su marido clavó su mirada en mi como si estuviese dudando entre empujarme al mar o despellejarme y hacer con mi piel un nuevo velámen.

-Ah “mina”, sos argentina -comencé yo fingiendo un exagerado acento argentino y arqueando exageradamente mi ceja derecha para parecer aun mas interesante- sos una bella mina. Me encantan las minas y también Argentina. Tengo muchos Cds de tangos y he visto jugar a Maradona y a Messi en la televisión. Que gran pueblo, gallegos o psicólogos. Somos todos hermanos ¿no?
-No -continuó ella- Mina es el diminutivo de Carmina, en realidad nací aquí.
-¿En este barco?
-En la ciudad.
-Ah, vale -dije alejándome rápidamente de la pareja para no estropear aun mas tan excelente comienzo.

Un momento, dejen de reír, como si ustedes no supiesen ya en sus propias carnes que para acertar también debemos equivocarnos. Pero no importaba, aquella mujer estaba casada y aunque eso molesta pero no impide, mi objetivo era la amiga que estaba por llegar. Mina era el comodín escondido hábilmente en la manga. Incluso el marido de Mina. Que quieren que les diga, su pelo largo rizado y castaño lucía tan magnifico movido por la brisa marina y dorado por los rayos del Sol que no podía ser descartado como segundo comodín escondido en uno de los calcetines. No juzguen mi dudosa sexualidad, por favor.

La amiga apareció al cabo de diez minutos. Era alta, rubia y delgada. Y por estos tres motivos a los que hay que sumar dos mas que apenas podía ocultar ella bajo un ajustado jersey, me lancé hacia ella para darle dos besos en las mejillas. La mujer, al ver a un gordo descontrolado dentro de un chubasquero amarillo corriendo por la cubierta en dirección a ella alzó una mano deteniendo tal glorioso encuentro.

-¿Quien es este? -preguntó a sus amigos.
-Soy el capitán -dije yo inventando tal estratagema al tiempo que saludaba marcialmente.
-¿Tienes título de patrón de yate? -preguntó Mina.
-Por supuesto -dije yo sin dejar de saludar marcialmente.
-Mejor, así nos ahorramos tener que contratar un patrón -sentenció el marido de Mina.

Pronto descubrí que el yate era alquilado y que la minuta del patrón era mas elevada que el alquiler. El hecho de que yo fingiese ser patrón de barco acababa de ahorrarnos una cantidad inmensa de dinero a los cuatro y acababa de crearme un inmenso problema a mi. Al fin y al cabo, pensé, un barco debe ser como un coche: freno, acelerador, embrague y cambio de marchas.

Salir del puerto fue fácil, estábamos encarados a alta mar y solo tuve que girar la llave de contacto y empujar una palanca que gracias a Dios fue la correcta. Después era como un coche solo que con el volante mas grande. El problema fue cuando llegamos a alta mar y el marido de Mina dijo que habia llegado el momento de parar el motor y desplegar las velas.

Dos horas mas tarde aun estábamos intentando desplegar la primera vela mientras nuestro velero se dirigía a la deriva posiblemente hacia el triangulo de las bermudas. Hecho este bastante improbable atendiendo a que estábamos en el Mar Mediterráneo.

Fue justo en la entrada del puerto cuando levanté mi gorra de capitán Pescanova al viento de poniente e impostando mi mejor tono dije “fantástico día para navegar ¿eh grumetes?”. Cinco segundos mas tarde mi orondo cuerpo impactaba contra la superficie acuosa y fue entonces que adquirí conocimiento de que pesar 187 kilos es una ventaja, sobretodo si el 90% de mi cuerpo está formado de grasa de chorizo salamantino. Solo tuve que dejarme flotar hasta los amarres donde diecisiete amables turistas alemanes consiguieron a duras penas izarme hasta tierra firme.

¿Que mejor escenario para pillar a una fémina que el océano? Lo desconozco pero les aseguro que para pillar una pulmonía en invierno es ideal. ¡Atchus! Disculpen...



18 ene. 2011

Restauración gilipollas


Regularmente suelo encontrarme con unos amigos para descubrir nuevos restaurantes en nuestra ciudad. Se que esto puede parecerles una utopía: que yo tenga amigos me refiero. Los tengo aunque mi esfuerzo me cuesta, no crean. Podrán reconocerme como el amigo que suele presentarse voluntario para mudanzas, compras, reparaciones, pintar pisos, acompañar al medico o cuidar de los animales de los demás cuando se van de vacaciones. (incluyendo suegros o padres en la categoría de "animales") Créanme cuando les digo que la mejor manera de conservar un amigo es hacerle gratis todo cuanto los demás le hacen cobrando.

Menos el sexo, claro.

Bueno, si ellas son amigas y ustedes son terriblemente afortunados quizás pueden añadir “sexo” a la ecuación de la amistad. Bien por ustedes.

Mis amigos pueden contarse con los dedos de una mano, exactamente cinco es el numero de personas con quienes me reúno conformando un grupo de seis personas que tanto jode a los camareros que siempre pretenden 4 u 8 comensales. Menos los de los restaurantes chinos que aunque vean llegar a un enfurecido Braveheart con su séquito de doscientos hambrientos luchadores por la libertad, siempre preguntan "¿mesa para dos?". Tengo la teoría de que en el sistema numérico chino no van mas allá del dos. Pero resultó que nosotros éramos seis: tres hombres y tres mujeres. Para los despistados yo soy uno de los hombres. y para los maliciosos ninguna de las tres mujeres quería nada sexual conmigo. Gracias a Dios tampoco los hombres.

Cada vez nos toca a uno escoger el restaurante y en esta ocasión era mi turno así que haciéndome el moderno escogí un restaurante de diseño que había visto recomendado en un suplemento dominical. Craso error. Nunca se fíen de los dominicales donde todo resulta bonito y resplandeciente. Nunca dicen que un libro es aburrido, nunca aparece una modelo mal vestida ni hay entrevistas soporíferas a políticos en declive. Los dominicales de los diarios son como el escaparate de “El Corte Ingles” o como una mujer madura dentro de un corsé: un engaño.

Quedamos los seis en la puerta del restaurante. Gracias a Dios llegué el último porque sino nunca hubiese encontrado el lugar. Mis amigos esperaban junto a una puerta de garaje pintada de color negro. Era la puerta del restaurante moderno. Les saludé a todos estrechando la mano de los hombres y besando en la mejilla a las mujeres (es una mala idea hacer lo contrario siendo heterosexual) y empujamos con fuerza la puerta de garaje para entrar en el restaurante.

Dentro, al final de un pasillo mal iluminado, parecía esperarnos un asesino en serie, o quizás el guardián de las llaves o puede que un maitre. En estos vergeles del diseño es común confundir el camarero con el aparcacoches o quizás con la encargada de la limpieza. Miren que era sencillo: las batas o los uniformes de toda la vida. Blanco o negro, es simple. Pero no. Ahora todos visten extraños uniformes de diseño. Creo que nos aparcó el coche la señora de la limpieza y nos sirvió el aparcacoches . Respecto a la comida dudo aun quien fue el responsable de pertrechar tal tragedia. Ahora sabrán el porque.

Tomamos asiento en una especie de mesa redonda que en realidad era un octógono mal iluminado y junto a una especie de cascada de agua y nos dispusimos a leer la carta del restaurante. Al cabo de diez minutos seguíamos leyendo sin entender si aquello eran platos un juego de palabras. Puede que se hubiesen equivocado y nos hubiesen dado crucigramas. Recé porque la cifra a la derecha no fuese el precio. Mis amigos me miraban con la firmeza de quien sabe que esa misma noche va a perder un amigo (gilipollas) para siempre.

-¿Compartimos un timbal de guisantes de primero? -pregunté como quien no quería la cosa.

El timbal de guisantes resulto tener solo 5 guisantes flotando en una especie de crema de calabaza dentro de un timbal de galleta. Por supuesto yo fui quien se quedó sin su guisante.

De segundos pedimos varios platos diferentes con la esperanza de poder probar los unos de los otros. Cuando los trajeron nos dimos cuenta que el tamaño de las raciones no invitaba a compartir nada sino mas bien a pedir media docena de bocadillos en el primer bar que encontrásemos solo salir del restaurante.

Mi plato era “costillar de cordero caramelizado al aroma de eneldo con envolvente de crujiente de remolacha francesa”. En lugar de eso me trajeron un plato de postre con una especie de pan rojo encima. Observé de reojo a mis ya ex-amigos quienes daban vueltas a sus propios platos de postre intentando adivinar que diablos iban a meterse en la boca. Las mas desconfiadas eran las tres mujeres. Suele suceder.

Levanté mi mano y llamé la atención del camarero, maitre, señora de la limpieza, transexual cantador de coplas o quien fuera que fuese el tipo que nos había servido la comida. Bueno, que nos había traído aquellos platitos.

-Disculpe -dije yo mostrando la que en esos momentos podía ser mi mejor sonrisa- Este plato de costillas de cabrito tiene un problema. No veo las costillas ni aún menos el cabrito.
-¿Ha probado usted a mirar debajo del crujiente de remolacha?
-Diablos, nunca hubiese imaginado que se trataba de un juego. Vamos a ver...

Y diciendo esto levanté con cuidado el diminuto crujiente de remolacha para descubrir un -aun mas diminuto- pedazo de costilla de cabrito. O quizás se tratase de un trozo de regaliz chamuscado, a primera vista era difícil diferenciarlos aunque cuando me lo metí en la boca tampoco conseguí nuevas pistas. 135 euros (mas IVA) costaba aquella adivinanza. Cerca de 1500 euros (mas IVA) costó aquella cena. A mi me costó mucho mas. Ahora no puedo contar los amigos con los dedos de una mano. No porque nadie me haya cortado los dedos sino porque he perdido los únicos amigos que me quedaban.

Lo mejor de la noche en el restaurante de diseño fueron los grasientos bocadillos de panceta que nos comimos en un mugriento bar a la salida de lo que se suponía había sido una cena.



15 ene. 2011

Los concursos televisivos


Desde que tuve el accidente toda mi actividad se limita a ducharme (una vez a la semana) y recoger la correspondencia, quizás por este obligado sedentarismo sea que me he convertido en un adicto a los concursos televisivos -también conocidos como "timoconcursos"- con títulos tan llamativos como "llama y gana" (¿quien no va a llamar?) o "millonario al instante" (como el nescafé pero con dinero). He de decir en mi descargo que tengo demasiado tiempo libre y que ese tipo de concursos suelen presentarlos jóvenes macizas con grandes escotes. Curiosamente cuanto mas grande es el premio mas grande es también el escote. ¿Cual ha sido el resultado? Pues una factura telefónica de 874,56 euros aunque eso si, he ganado una funda de imitación de cuero para el móvil. La funda mas cara de la historia, creo.

Ofendido y un poco mas pobre, esta mañana he decidido llamar a los departamentos de atención al cliente de las diferentes televisiones para expresar una queja de lo que -yo creo- es una estafa digna del mas sutil criminal. Esta es una de las conversaciones que mantuve con la responsable de atención al cliente de una televisión aunque juro por mi zarigüeya (que no es bizca) que todas mis quejas consiguieron similar infertilidad:
-Hola -digo yo intentando forzar un timbre de voz que imponga respeto- llamo por una reclamación respecto a uno de sus concursos nocturnos.
-Si, un segundo, ahora mismo le atiendo.

Pasan 5 minutos y la misma voz me pregunta de nuevo por qué llamo. Le repito de nuevo lo del concurso y ella me repite que espere de nuevo. A la sexta vez que repite el truco le digo que llamo porque he descuartizado a uno de sus presentadores y lo tengo en bolsas de supermercado en el maletero de mi coche. Creo que así consigo llamar su atención.

-Anoche me gasté 32 euros en llamadas en uno de sus concursos "llama y gana" y no gané nada.
-¿Acertó la pregunta?
-No.
-Entonces parece lógico que no haya ganado.
-¿Entonces por qué se llama el concurso "llama y gana"? Debería llamarse "llama y si sabes la respuesta, gana".
-Es solo un título.
-Es una estafa.
-Es solo un título -repite ella con mecánica voz.
-Además, me tuvieron media hora esperando al teléfono mientras la muchacha de la tele decía que nadie le llamaba y que tenía ganas de regalar dinero.
-Es el procedimiento habitual.
-Por ese precio yo diría que es una estafa. Además la muchacha hablaba todo el rato de regalar dinero y cuando salí en antena me hizo una pregunta. Cuando alguien me regala algo no suele obligarme a acertar una adivinanza.
-Ya entiendo señor, pero es una manera de hablar.
-Pero es una mentira.
-Solo se trata de puntos de vista.
-Ya entiendo, como cuando a uno le pegan un tiro en un robo en un banco porque teóricamente se movió aunque estaba petrificado. El criminal en el juicio dice que el tipo se movió. Puntos de vista.
-No acabo de comprenderlo señor.

Y de esta manera continuamos discutiendo hasta que después de dos horas hablando con aquella mujer por teléfono me doy cuenta de que el número de reclamaciones al que he llamado también omienza por 905. Ahora lo entiendo todo...


10 ene. 2011

El señor doctor


Hace tres semanas, cuando salí del hospital después del accidente, tuve que ir a visitar al que sería mi doctor en Barcelona a partir de ese momento. Créanme que estuve rezando horas y horas para que fuese una doctora joven y atractiva pero en vez de eso me tocó un doctor mayor y nada atractivo.  No se de que me asombro. Siempre me sucede lo mismo. 

¿Ustedes también tienen la mala costumbre de enfermar e ir al doctor? ¿Se han dado cuenta de cómo nos tratan los doctores cuando nos visitan? Como si lo único malo que tuviesen fuese la ortografía. Tomas asiento en una incómoda silla de plástico al otro lado de la mesa mientras el doctor garabatea cosas en un papel como si tu enfermedad fuese que te has vuelto completamente invisible después de haber ingerido dos docenas de pepinillos en vinagre. Pasado un rato de incomodo silencio el doctor levanta la cabeza, te mira y entonces suelta un “¿que pasa?” que a ti te suena como si estuvieses frente a un juez que va a llevarte a prisión. o frente a un yonky que te pide unas monedas a la salida del supermercado. Entonces desparramas encima de la mesa todo lo que llevas, radiografías, informes, recetas, el abono del bono-bus y dos monedas de cinco céntimos que encuentras en el fondo de uno de los bolsillos del abrigo. Entonces el médico (o doctor, que desconozco la diferencia) mira y lee todo con cuidado, se guarda la tarjeta del bono-bus pero te devuelve los diez céntimos al tiempo que dice -con una sonrisa mas falsa que tus 1000 amigos del Facebook-:

-Entonces es fractura múltiple de húmero y metacarpianos de la mano. ¿Es eso?

Sientes ganas de contestar “no, me aburría y como pasaba por delante me he dicho, entra a buscar a un desconocido para invitarle a unos gin-tonics, ah... y el cabestrillo lo llevo porque es tendencia, igual que las radiografías que está usted mirando”. Pero en lugar de eso simplemente asientes con la cabeza.

-Una fractura complicada ¿eh? -pregunta el doctor.

Y a mi que narices me pregunta. ¿Pero llevo yo la bata blanca? ¿Llevo yo una plaquita con el nombre de “Doctor Martínez” cosida en el pecho? ¿He gastado yo cinco años de mi vida en una universidad estudiando medicina? ¿Verdad que la respuesta a todas esas preguntas es “no”? ¿Entonces para que me preguntas a mi, alma de cántaro? A no ser que ese médico haya confundido los auriculares del iPod que cuelgan de mi cuello por un fonendoscopio. Porque entonces si que tengo un problema.

Pero en vez de reprochar nada vuelvo a asentir con la cabeza. 

A continuación el doctor dice que me quite el cabestrillo que vamos a mover el brazo. Lo intenta e inmediatamente mil agujas se clavan en mi cerebro y debo morderme la lengua para no gritar.

-¿Duele? -pregunta impávido el doctor.

Debería pegarle a él una patada en los huevos y después retorcérselos mientras le preguntan “¿duele?”. Pero vamos a ver... ¿desde cuando una fractura no duele si la mueves como si agitases una banderola al paso de las carrozas en el desfile del orgullo gay? O una bandera patria en el desfile del día de las fuerzas armadas (¿en que diablos estaría pensado?).

-Duele un poco -contesto yo intentando no llorar.
-Es bueno que duela, eso significa que los músculos se están distendiendo.

¿Desde cuando es bueno que algo duela? Los doctores te hablan como si fuesen verdugos o torturadores profesionales. ¿Han escuchado alguna vez que un doctor pida perdón? Yo tampoco. Y otra cosa... ¿por que ellos nos tutean y nosotros les hablamos de “usted”? ¿Pertenecemos los pacientes a una casta inferior?

Entonces el doctor vuelve a su mesa y dice:

-Probablemente será un año de recuperación y nunca recuperará la movilidad completa. Eso si no hay que volver a operar.

Ahí estamos, fantástico ejercicio de psicología. Me dan ganas de preguntarle si, transcurrido el año, moriré entre agónicos espasmos pero en vez de eso vuelvo a asentir sumisamente con la cabeza. ¿Y que harán si no me recupero al 100%? ¿Me devolverán parte del dinero? Porque si yo voy a un restaurante y no me sirven el postre tampoco me lo cobran.

-Ahora te haremos unas radiografías y te presentaré a los fisioterapeutas.

Yo vuelvo a asentir agradecido. Creo que si me hubiese dicho “ahora te cortaremos el brazo con una sierra mecánica y lo echaremos a los perros” habría reaccionado igual.

Entonces lo entiendo todo.

Los doctores son como los gilipollas un viernes noche en una discoteca. Somos tanques que arrasamos sin piedad con preguntas sin sentido esperando que la otra persona esté confusa y obtener nuestro objetivo. Vuelvo a mirar al señor doctor. Alto, de unos cincuenta años, calvo y con bigotito pasado de moda. Entonces es cuando empiezo a rezar para que el objetivo del médico conmigo no sea el mismo que el mio con las mujeres en la discoteca.

Al menos me consuela saber que mis planes de fornicio nunca salen bien. Espero que los planes del Doctor Martínez respecto a mi salgan igual de mal. El único doctor que quiero en mi espalda es el proctólogo y en la revisión anual. Nadie mas.

Seguiremos informando. Bueno, seguiré informando, que aquí no hay nadie mas, que diablos...

7 ene. 2011

Furor vegetariano


Sucedió el miércoles pasado a mediodía, mal presagio de lo que me esperaba la noche de reyes. Ni carbón me trajeron. Y eso que durante dos meses en el hospital me he portado como un angelito. Me encontraba yo el miércoles comiendo una grasienta hamburguesa en el bar de la esquina cuando en el tercer bocado me abordó una muchacha llamando mi atención golpeándome en el hombro herido sin reparar que el cabestrillo significaba que algo no funcionaba en esa parte de mi anatomía. Como movido con un resorte invisible me di rápidamente la vuelta para golpearla con mi mano libre y un bote de ketchup cuando la muchacha soltó de repente una pregunta que me hizo olvidar el dolor del hombro.

.¿Por que acaricias a un perro pero te comes una vaca? -pregunto ella señalándome con un dedo acusador y uña sucia.
-¿Disculpe?

La mujer deslizó encima de mi mesa una especie de panfleto con la misma frase que acababa de escupirme acompañada del lema "Go vegan".

-¿Qué o quién es un "vegan"?
-Menuda incultura. Hazte vegetariano, el mundo iría mejor.
-Yo no tengo perro, en realidad no tengo a nadie a quien acariciar. ¿O acaso está sugiriendo que me coma a un perro? A juzgar por el sabor de esta hamburguesa creo que ya lo estoy haciendo.

La mujer tornó su expresión hacia una mueca de terrible enfado. En ese mismo momento acudió a mi rescate Anselmo, el dueño del bar y responsable de manufacturar las peores hamburguesas de toda Barcelona.

-¿Algún problema, gilipollas? -preguntó Anselmo.
-Gilipollas tu puñetera madre -contestó la defensora de los perros y las vacas.
-Se refiere a mi -dije yo intentando poner paz-. Mi apellido es "Gilipollas". No pasa nada Anselmo, la situación está controlada.
-Deja de molestar a mis clientes, hippie -masculló Anselmo antes de volver a la barra.

En esos momentos todos los clientes eramos una vieja desdentada que se había desmayado en su silla después del noveno carajillo de anís y yo. Observé a la vegetariana, no era fea, todo lo contrario,  en realidad me hubiese vuelto también vegetariano al instante de no ir vestida ella con unos extraños pantalones con la entrepierna a la altura de los tobillos, siete camisetas agujereadas superpuestas y un pelo con rastas que parecía hacer meses que huía del agua. Pero había un error, las siete camisetas escotadas no eran capaces de ocultar un profundo escote que mostraba gran parte de dos grandes razones para seguir siendo carnívoro. Como decía el maestro Groucho Marx, "estos son mis principios pero si no le gustan tengo otros". Yo carezco de principios, sobretodo frente a una mujer escotada. Pero aquella mujer parecía haber nacido enfadada. Algo me decía que no tenía yo ninguna posibilidad de yacer y frotar mi zanahoria con la vegetariana.

-Tiene cara de enfadada -continué- debería comer mas carne roja.
 -No como carne.
-¿Tampoco huevos?
-Go vegan -repitió ella cerrando el puño de manera amenazadora.
-¿No come ni huevos ni salchicha? Que desperdicio de mujer...

Tan poco sutil -y evidentemente obsceno- comentario no pareció hacer gracia a la vegetariana quien solo tuvo que adelantar el puño, el cual impactó en mi ojo derecho. O fue mi ojo derecho el que impactó en su puño. Aun no estoy muy seguro. Sea como fuere he descubierto que, en según que momentos, prefiero comerme una hamburguesa de perro a una vegetariana irascible. Definitivamente el 2011 no me está sentando nada bien.

3 ene. 2011

Propósitos para el 2011


Todo blog carente de originalidad que se enorgullezca de ello debe acabar el año con un melancólico post sobre el feliz año nuevo y -tras una obligada resaca- estrenar año con un post sobre los propósitos para los 365 días que se presentan por delante. En los años bisiestos no se formulan propósitos, hasta el mas borracho conoce esto. Atendiendo a que mi originalidad va de capa caída y ya hice un post sobre la llegada del 2011, voy a continuar adentrándome en el mundo de los tópicos y enumerar, para vergüenza pública, mis (des)propósitos para el 2011. Evidentemente ni uno solo tiene porqué ser cumplido. Todo el mundo sabe también que los propósitos de año nuevo son ficción fruto de la culpabilidad de la resaca. Como cuando decimos "te quiero" a alguien antes de acostarnos con él o con ella. Pura ficción.


Mis propósitos para el 2011
-Dejar de ser gigoló amateur y convertirme en gigoló profesional (doblando mis tarifas de 2 euros la hora a 4 euros)
-Adelgazar 87 kilos (y quedarme en solo 100 kgs lo que para un tipo de 1,47 creo que es el peso ideal)
-Aprender a cantar en el karaoke sin escupir sobre las tres primeras filas de mesas.
-Aprender a jugar a las damas sin comerme literalmente las fichas (estando a dieta puede que resulte difícil)
-Dejar de fumar 4 paquetes de cigarrillos al día (con 3 paquetes y medio podré aguantar)
-Encontrar el amor (aunque cueste 100 euros la hora y sea en un bar de carretera)
-Apuntarme al gimnasio
-Borrarme del gimnasio a los diez minutos de haberme apuntado.
-Perfeccionar mi imitación de “Freud comiendo un yogur frente a Marlene Dietrich".
-Fornicar con todas ustedes... o con alguna de ustedes... o simplemente fornicar (aunque sea conmigo mismo)
-Aprender a tocar algún instrumento musical o a alguna top.model noruega.
-Dejar de expulsar ventosidades sumergido en la bañera para hacerme creer a mi mismo que tengo un jacuzzi (sobretodo después de comer fabada o callos).

Bueno, ya soy como ustedes, por fin he conseguido elevarme a los altares del aburrimiento con mis dos últimos post. ¿Estaré dejando de ser gilipollas? A lo mejor el accidente me ha cambiado. Si en mi siguiente post hablo sobre gatitos o sobre niños... pégenme un tiro en la nuca. Háganme ese favor, a mi y al mundo.