"El secreto del éxito es la honestidad. Si puedes evitarla... está hecho" (Groucho Marx)

30 jul. 2012

Curso de cocina para solteros




En esta vida no son demasiados los motivos que arrastren a un hombre heterosexual hasta una cocina. Y aun menos a a prender a cocinar. Si un hombre sin ánimo de pasar a la posteridad se apunta a un curso de cocina lo hará simplemente para estar rodeado del tipo de mujeres que se apuntan a los cursos de cocina o bien porque quieren estar rodeados de hombres que se creen mujeres que se apuntan a los cursos de cocina. Solo falta un pony y una cabra que se apunten a cursos de cocina y ya tenemos todo el catálogo de gustos sexuales cubiertos. Porque desengáñense queridos amigos y amigas, solo hay un motivo para apuntarse a un curso de cocina: meterse algo caliente en la boca. Y no me refiero a lo que se cocina. Sobre todo si el curso al que me apunté yo se denominaba "cocina para solteros". Toda una invitación al amor libre. O al menos así yo lo interpreté cuando me inscribía en el convencimiento de que a un curso de cocina para solteros acude gente soltera. ¿Y que hace la gente soltera? Pues fornicar unos con otros. Esto es así y todo el mundo lo sabe. O deberían saberlo.

El curso sucedía dos días a la semana, dos horas seguidas durante tres semanas. Para aquellos a los que se les resiste el manejo de la calculadora les iluminaré diciendo que eso significaba doce horas rodeado de mujeres solteras. ¿Acaso no es eso el nirvana de todo hombre de irregular suerte con el sexo opuesto? El curso se organiza en torno a una mesa donde los pretendiente... quiero decir... los asistentes preparan los ingredientes acorde a las explicaciones del sargento instructor que era una encantadora y pequeña mujer con todo el carácter de una rabiosa y grande, como una reducción de concentrado de carne. Lo mejor era atender a lo que decía y rogar porque no te cayese una bronca o te clavase un cuchillo en el muslo. Para aprender hay que sufrir, cortarte en los dedos, quemarte con el aceite o lavar platos y más platos. Aquello era como un campamento de instrucción con sus barracones de madera y sus literas de oxidado hierro.

Una vez preparados los ingredientes, el sargento instructor los cocinaba con la ayuda de quien conociese el funcionamiento de un horno o de una vitroceramica sin acabar con quemaduras de tercer grado. Los procesos que discurren de lo crudo a lo procesado y finalmente cocinado duraban alrededor de hora y media con lo que la última media hora nos sentábamos todos alrededor de la mesa para probar las delicatessen que habíamos preparado. Y es ahí donde comenzaba la parte más interesante del curso, o al menos la única parte que me interesaba a mi: la media hora del ligoteo. El problema en estos sitios es el de siempre. Los chicos se sientan con los chicos y las chicas con las chicas. Y por mucho que tomes asiento junto a una chica, la chica habla con otra chica o con la profesora antes de dignarse en dirigirte la palabra a ti, ese pobre hombre que viste un nada digno delantal de cocina de su abuela. Porque esa es otra ¿para cuando un delantal de cocina de cuero tejano con remaches y franela a cuadros? Los delantales de cocina se diseñan exclusivamente para mujeres o para borrachos en una despedida de soltero. Y de esta guisa, con el delantal y comiendo arroz con carne en un plato de plástico, intentábamos ligar con ellas. Pero resulta que tampoco. Porque que ellas si que han venido a aprender a cocinar, no como tú. Así pues, yo tomaba asiento entre dos hombres de dudosa sexualidad, los tres con cortes en las manos por la gracia y obra de nuestra ineptitud a la hora de cortar cebolla y bebíamos vino o cerveza mientras cenábamos lo que acabamos de cocinar, lo cual, para haberlo hecho nosotros, no estaba especialmente mal. Pero ni aunque hubiesen servido billetes de quinientos euros en salsa allemande me habría sentido mejor.

Yo me había apuntado a ese curso para fornicar, no para comer. Comer lo puedo hacer solo y en mi casa. O solo y en un bar. O solo y en comedor social.

Pero nunca sucedió el milagro de los peces y el amor horizontal, y esto me lleva a una (espero que) interesante reflexión sobre la utilidad de las cosas. Un cuchillo jamonero sirve para cortar jamón a excepción de momentos puntuales que sirve para acabar con esa molesta cháchara de tu suegra. De la misma manera un curso de cocina sirve para cocinar a excepción de momentos en los que puedes entablar eso que llaman “relación casual” que acaba con dos personas desnudas rellenando un pollo de corral a media noche entre risas y copas de chardonnay blanco. Si quieren ustedes aprender a cocinar, apúntense a un curso de cocina o observen atentamente como cocina esa abuela a quien robaron el delantal. Si quieren ustedes conocer las mieles del amor horizontal acudan a bares de carretera con neones. Ese es mi consejo de hoy.






27 jul. 2012

Yo no quiero ser Mario Vaquerizo




De dos años a esta parte parece que todo el mundo quiere ser Mario Vaquerizo, incluso los que ni entienden ni comparten el surrealismo en el que está inmerso este peculiar personaje, incluso quienes ni le conocen. Porque reconozcamos que es difícil negarse a un encanto que radica en vaya usted a saber donde coño radica. Puestos a analizar, nada de lo que nos ofrece este personaje es atractivo en sustancia, pero el conjunto funciona como un reloj de maquinaria suiza. Todo el mundo quiere ser anoréxico, vivir en una permanente fiesta, ser el rey del glam, tener una mujer estupenda, amigos famosos, ser un rockstar y salir en la tele. Y aunque no lo quieran todo, al menos si sueñan con una parte. Por eso le envidian, pero no solamente por eso. Le envidian porque, desde que irrumpió en televisión hace dos años, ejerce una fascinación que nadie puede entender. Y siguen observándolo en la vana esperanza de comprender el motivo. Pero nada.

Y a pesar de todo eso yo no quiero ser Mario Vaquerizo. Aunque tampoco me hagan ustedes mucho caso (como suele ser lo acostumbrado) pues hasta la segunda temporada del reality “Mario y Alaska” no me di cuenta que Mario era un hombre y que no estaba viendo un reality sobre un matrimonio de señoras que besan a otras señoras.

Y resulta que no quiero ser Mario Vaquerizo porque nunca cabría en unos pantalones de pitillo talla 32 (ni tras 10 años de dieta), nunca conseguiría una mujer estupenda (ni tan solo una no estupenda), no podría vivir en una permanente fiesta (a las 10 estoy durmiendo abrazado a mi osito de peluche), no se que coño es eso del glam, soy incapaz de retener a mi lado a mis amigos (quizás debido a cierto problema de higiene que define mi personalidad), no se cantar y si saliese en la tele, como dicen que engorda, ninguna cámara dispondría de la tecnología necesaria para abarcarme.

Para ser Mario Vaquerizo (o querer serlo) hay que tener unas mínimas características de las que yo carezco. Una de las características que iluminan al envidiado Mario es la de no pensar demasiado, la de no darle demasiadas vueltas a las cosas. Y conste que no es una crítica al susodicho. Puedo asegurar –con cierto orgullo- que pocos libros he leído en mi vida y casi ninguno sin fotos. Pero si que he leído el libro que escribió no hace demasiado Mario Vaquerizo titulado "Haciendo majaradas" y por fin puedo afirmar con orgullo que tú, Mario, serás más guapo y delgado que yo, más famoso, mas rockstar, mejor marido y amante… pero definitivamente hay días que puedo escribir mejor que tú. Y es solo por eso que ya no quiero ser Mario Vaquerizo. Aunque me fascines y te envidie con todas mis fuerzas.


24 jul. 2012

Hombres, coches deportivos, ego.




Que no les engañen, a los hombres no nos gustan los coches potentes para compensar nuestra supuesta falta de hombría, si eso fuese cierto competiríamos por potentes ordenadores o potentes televisores de plasma o quizás por una potente mujer. De acuerdo, es una desafortunada comparación, La realidad es que competimos por tener todo pero no para compensar nuestra evidente falta de hombría sino porque nuestro cerebro aun pertenece a la época Neardenthal y siempre buscamos cazar el dinosaurio más grande que el vecino. Ahí radica nuestra fascinación por los coches potentes: la envidia hacia nuestros vecinos. Y gracias a esa envidia existen decenas de constructores de superdeportivos, potentes ordenadores de diseño, gigantescos televisores y cirujanos plásticos.

Y como todo tonto necesita un escenario, una soleada mañana de Junio de hace no demasiado, después de armarme de valor gracias a un grasiento bocadillo de panceta y media docena de copas de anís, me dirigí a un concesionario de coches deportivos de importación con todo mi capital en el bolsillo (que se resumía a diez euros) y la infantil esperanza que me dejasen probar uno de aquellos supercoches en plena calle y ligar con alguna mujer en algún semáforo. Porque la segunda función de un superdeportivo, aparte de ser mas rápido que el resto, es también la de conseguir mujeres mas rápidamente que el resto, como un gigantesco imán con patas de goma. Solo tienes que detenerte con tu coche en un semáforo y todas las miradas se posarán en el escudo de tu coche, ascenderán por el pulido metal del capó y cuando atraviesen el parabrisas y se fijen en tu rostro, poca cosa les importará ya. ¿Por qué creen sino que todas esas magnificas rubias acompañan a esos carcamales en coches deportivos? Distorsión de la realidad, se llama.

Para fingir ser alguien con dinero hay que vestir como tal así que le pedí a mi vecino gay su traje de los domingos y aunque me iba un poco estrecho (40 kilos de diferencia se notan incluso en las manos del mejor sastre) me miré en el espejo y decidí que ir a un concesionario de coches de lujo vestido con un traje de lamé rosa y camisa con chorreras de pianista de crucero geriátrico podía funcionar, sobre todo si conseguía salvar el detalle de las sandalias con calcetines de tergal.

En el concesionario de coches de lujo me recibió un tipo elegante y con un fino bigotito que en vez de cederme el paso se plantó frente a mi majestuosa persona con los brazos cruzados en actitud desafiante. No importaba, recuerden lo que se consigue con el dominio del lenguaje (también de la lengua).

 -Estimado señor –comencé fingiendo un leve acento de Cambridge que como no tengo ni idea de lo que es me limité a imitar a Doña Croqueta- entiendo que mi apariencia le invite a impedirme el paso pero usted y yo sabemos que si hace eso, además de perder una posible e importante comisión, demostrará que no tiene usted ni idea de cuál es la última moda de ropa en los ambientes más selectos de este peculiar mundo que nos ha tocado vivir.

El tipo me examinó y se hizo a un lado. La duda, cuando hay de por medio una recompensa, siempre es mala consejera.  Primera fase del plan completado con éxito.

Dentro había todo tipo de coches, Ferrari, Porsche, Masserati, Jaguar, Bentley o Mercedes. Pero donde haya un Aston Martin que se quiten los demás. ¿Que niño, adulto o presentador del tiempo de Telecinco no ha soñado alguna vez con ponerse a los mandos del coche de James Bond?

-Un Aston Martin DB9 –comenzó el vendedor mientras yo daba vueltas alegremente alrededor del coche como un tertuliano de Intereconomia alrededor de la cabra de la legión- 12 cilindros, 6000 centímetros cúbicos y 450 caballos. De cero a cien en 4,6 segundos y supera los 300 kilómetros por hora.
-Si, si, lo que tu digas. ¿Puedo probarlo?
-Claro señor, puede concertar una cita con nosotros y podrá probarlo un fin de semana en un circuito habilitado a tal efecto.

Abrí la puerta del coche y, dado que el tipo no ofrecía resistencia alguna, deposité mis enormes posaderas en aquel asiento de autentico cuero de vaca escocesa criada con pastos vírgenes. Coloqué mis manos sobre el volante e imaginé que era el agente secreto mas famoso del mundo después de haberse comido unas cuantas de esas vacas.

-Me refiero a probarlo ahora –dije mientras movia el volante de un lado a otro como hacen todos los niños dentro del coche-, en la calle, con todas esas rubias con faldas cortas.
-Me temo que eso no es posible.
-Pierden ustedes una venta. ¿Qué precio tiene en descapotable?
-Alrededor de 200.000 euros, señor.

Y fue precisamente ahí donde no pude reprimir una risa que surgió del interior mismo de mi flexible estómago. La risa se convirtió en carcajada y la carcajada en arcadas que acabaron tapizando el interior del Aston Martin con restos de bocadillo de panceta y anís. Creo que ahí fue donde mi perfecto plan se desmontó pues lo siguiente que recuerdo fue que un tipo me acompañaba amablemente al exterior de la tienda ayudándose de la física, su pie y mi trasero.

Todas mis historias tienen moraleja y aun estoy buscándole la moraleja a esta. Puede que, al fin y al cabo, no tenga moraleja pero conseguí sentarme en un Aston Martin DB9 y eso, para alguien como yo, ya es más que suficiente.


12 jul. 2012

8 jul. 2012

Como lucir un sombrero




Los sombreros no están hechos para los hombres y tampoco para todas las mujeres. Es más, se ha de tener una privilegiada testa para poder lucir con orgullo un sombrero, seamos del género que seamos. Dicen que lucir sombrero es de hombres de dudosa sexualidad pero yo opino todo lo contrario, porque hay que ser muy hombre para vestirse con complementos de mujer. En el edificio donde trabajo hay un centro comercial donde un tipo vende sombreros. El pobre desgraciado empezó vendiendo sombreros de moderno, de esos de Frank Sinatra con estampados escoceses, luego se pusieron de moda las boinas guais que no dejan de ser boinas de viejo por las que pagas cinco veces más de las que pagaría tu viejo. Ahora vende todo tipo de modelos, en especial  gorras con visera para romperte las piernas de manera elegante mientras haces piruetas en monopatín. Y ni un solo puñetero día he visto a nadie comprar ni un solo sombrero en esa diminuta tienda. Cada día paso por delante del melancólico encargado del penoso comercio y cada día el muchacho intenta que me pruebe una gorra. Y cada puñetero día de cada puñetera semana de cada puñetero mes, el sombrero que escoge para mi cae de manera tan adecuada como Belén Esteban en un congreso de físicos moleculares. La cabeza del hombre no se hizo para llevar sombreros y solo unas pocas mujeres tienen cabeza para lucirlos. Literalmente. Y yo no soy mujer (al menos hasta que consiga todo el dinero para la operación).

El otro día, en un restaurante de diseño de esos donde los cubiertos vienen con manual de instrucciones, vi a un moderno comiendo con un sombrero estampado. El tipo iba mal afeitado, llevada una camiseta descolorida y su pantalón tenía más rotos que los presupuestos del estado. Calzaba unas deportivas y no tenía más complementos que unas gafas de pasta negra. Y a pesar de ir como un pordiosero estaba cenando en un restaurante sin que un tipo de dos metros lo lanzase contra el asfalto del callejón trasero. Porque la ropa que llevaba aquel tipo costaba más dinero que invitar a cenar a Falete.

La evolución darwiniana nos ha llevado a vestir como pordioseros a precio de oro. Y  todo eso para que los sombreros nos queden tan bien como si nos hubiese caído una maceta en la cabeza. Somos tan modernos… yo no, claro. Yo sigo fiel a mi vieja camiseta Abanderado modelo Imperio de 1882, fiel a mis sandalias de rejilla con calcetines grises de tergal, fiel a mis pantalones cortos de colores y fiel a mi inseparable mariconera de polipiel. Ah, y a veces llevo una gorra, una de esas que regalan los talleres mecánicos. “Rectificados Martínez”, reza mi gorra. Pero es una gorra, no un sombrero. Y no me costó dinero. 

Si se pretende lucir un sombrero con dignidad, lo mejor es no comprarse ningún sombrero. Ese es mi sabio consejo de hoy.