"El secreto del éxito es la honestidad. Si puedes evitarla... está hecho" (Groucho Marx)

27 oct. 2012

Los padres de nuestros hijos



Hace unos días, en plena Puerta del Sol, los viandantes contemplaban, entre el estupor y la carcajada, como Bob Esponja y Hello Kitty se enzarzaban en sorprendente lucha por conseguir el mejor lugar de la plaza. Lógicamente el mejor lugar significa el lugar donde conseguir mayor remuneración por no hacer nada. Antes de entrar en la pelea en si debemos tener en cuenta que cualquier análisis inteligente que queramos hacer del hecho se desmonta en la premisa que son dos adultos disfrazados de dibujos animados, un acto solo permitido para la lujuria en la intimidad de nuestro dormitorio. Un adulto nunca (y digo NUNCA) debería salir a la calle vestido de dibujo animado. Que para algo hemos conseguido el estatus de adulto, coñe. Partiendo de la premisa que quienes se ocultaban bajo los disfraces carecían de toda dignidad, entonces podemos entender que se líen a ostias para conseguir el mejor lugar en la plaza. Pero entonces reflexionen ustedes sobre una cosa: los disfraces eran de gomaespuma... ¿y que se consigue dando un puñetazo con una mano de gomaespuma en un rostro de gomaespuma? Pues poca cosa, por eso parece que la discusión duró mas de lo previsto, porque ninguno de los contrincantes caía al suelo con la nariz rota. Así pues, si se trata de un espectáculo inofensivo yo propondría nuevos combates como Charlot Vs Calamardo o Spiderman Vs. Pluto. Un gran negocio para la comunidad de Madrid, tomen nota. Personalmente hubiese pagado por ver a Sanchez Drago peleándose con Perez Reverte o habría pagado aun mas por ver a una neumática moza peleándose con otra neumática moza vestidas ambas con unos minúsculos bikinis de lamé dorado. Porque rezconozcamoslo, ver a Bob Esponja y a Hello Kitty peleándose tiene tanto de apasionante como unas elecciones en Galicia. Por lo visto, el año pasado Dora La Exploradora y Minnie Mouse protagonizaron un suceso similar también en la Puerta del Sol. Así pues, queridos amigos madrileños, descarten de sus agendas esos caros viajes a Eurodisney o a Port Aventura, simplemente lleven a sus hijos a la Puerta del Sol a ver los magníficos combates que allí suceden. Tan curiosa estampa enseñará mas a sus hijos sobre la vida real que cientos de libros de texto.


15 oct. 2012

El gilipollas del Gintonic

Vivimos los albores del apasionante Siglo XXI en los que el hombre ha alcanzado las mas altas cotas convirtiéndose en un ser estratosférico o en un presidente de un país aunque no sepa pronunciar la letra R. Y a pesar de ello siguen habiendo otros aspectos en los que fuimos, somos y siempre seremos unos auténticos trogloditas de esos que (bendita costumbre) arrastraban a las mujeres del pelo. Por mucho que la ciencia, la tecnología, el pensamiento o los gorros de piscina evolucionen, nosotros seguiremos comportándonos como animales de feria. Porque eso es lo que somos. Decía Eduard Punset, ese divulgador científico al que parece que le ha peinado el viento, que la civilización evoluciona a mayor velocidad que el cerebro humano. Y así nos va como nos va,. La mejor muestra de ello es el Gintonic, esa bebida que antaño era tan simple como el cerebro de un Ministro de Educación pero que ahora ha evolucionado a unos niveles que ni la física cuántica es capaz de explicar. Porque por mucho que me lo expliquen soy incapaz de entender que pinta el cardamomo, la canela o los granos de café, flotando en un gintonic a no ser que estén destinados a doblar el precio de nuestra consumición. Por ahí van los tiros, creo yo. Antes nos servían un gintonic de Larios, en vaso de tubo, con tónica Schweppes y adornado todo por una mueca desganada del camarero. Ahora se enfría la copa con los hielos adecuados, se retira el agua sobrante, se vierte con cuidado la ginebra premium (con mas elementos botánicos que el gel de ducha de Paco Porras) con un vaso medidor, después se vierte una tónica de calidad (o sea, la cara de cojones) con una cuchara circular, finalmente se tuerce la piel del limón para que deje caer las gotas del aceite, se bordea la copa con la piel para dejar un regusto cítrico y se decora con todos los floripondios que tengas a mano y que van desde una fresa a un pomelo pasando por un ramo de margaritas. Y ustedes se preguntarán si todo eso sirve para algo. Pues si, para que nos claven 15 euros por un gintonic que a nuestros padres les costaba 100 pesetas. ¿Sirve de algo toda esta complicación? Puede que si, puede que no, pero lo que es incuestionable es que nos gusta complicar lo simple casi tanto como simplificar lo complejo. Es como pretendiésemos que un político o un banquero fuesen honestos. Deberían serlo pero su genética se lo impide. Con el gintonic sucede lo mismo, debería ser simple pero nuestra genética lo complica. Hagan una prueba, compren tónica marca blanca, una botella de Larios y hielo de cubitera, preparen un gintonic al uso. Después repitan el proceso con tónica y ginebra de calidad siguiendo el ritual anteriormente descrito. Ahora denle a un amigo a probar (a ciegas) las dos bebidas. Les recomiendo que si es a ciegas le ayuden a riesgo de verter todo el líquido fuera del receptáculo bucal. Después pregúntenle que le ha parecido. Si es capaz de distinguir, ustedes son el gilipollas del gintonic por pagar 14 euros por algo que vale 4 euros. Si no es capaz de distinguirlo, entonces él es el gilipollas del gintonic. Sea como sea, siempre hay un gilipollas del gintonic.