"El secreto del éxito es la honestidad. Si puedes evitarla... está hecho" (Groucho Marx)

30 abr. 2014

La de las rastas

       Conste por delante de cualquier otra vigorosa afirmación que a mí las mujeres me gustan, cualquier tipo de mujer, incluso las mujeres de los concejales de urbanismo. Soy como el que sale a cazar perdices con una ametralladora y dispara a todo lo que se mueve. Si las mujeres no me gustasen, seguramente me gustarían los hombres. Soy una persona dotada de múltiples adiciones entre las que destaca el sexo. Como dice el chiste malo: "En la guerra, todo agujero es trinchera". Para mí siempre es época de guerra, con la diferencia que he escogido luchar contra un ejército de amazonas que contra el coro gay de un crucero de lujo. Me gustan las mujeres, no puedo negarlo, pero esta es solo una opción, ojalá me gustasen los helados de dos sabores. Por eso, cuando conozco a una mujer y esta me parece un ser repugnante, es entonces cuando me debato entre tomar una decisión con el estómago o con los genitales. Como ustedes observarán, soy tan romántico que nunca tomo una decisión con el corazón, el cual siempre se me ha antojado el órgano más inútil del cuerpo humano después de las uñas de los pies.
        Conocí a Ester frente a "La Carbonería" (véase foto), una casa okupa que había en el barrio. Ester era una mujer pequeña, peinada con unas rastas llenas de mugre, decenas de pendientes agujereando todo su rostro, iba vestida con mallas tal que hubiese acabado de despertar de una noche durmiento en el maletero de un coche y junto a ella siempre paseaba un perro flaco que había conocido épocas mejores. La conocí porque me pidió dinero, claro. Lo que no se es porque seguimos hablando porque yo no llevaba un euro encima. Estoy acostumbrado a que las mujeres que me piden dinero dejen de hablar conmigo si no les doy unos cuantos cientos de euros aunque eso es porque las mujeres que comienzan a hablar conmigo duermen en bares con luces de neón a pie e carreteras secundarias.
        Mientras paseábamos seguidos por el perro pulgoso, Ester me contó que era hija de unos millonarios mallorquines pero que había decidido dejar toda aquella opulencia para irse a vivir con gente auténtica: los okupas. Es curioso como los que no tenemos dinero queremos tenerlo y algunos que lo tienen se empeñan en obviarlo. O eso o me mentía vilmente. Como todo el mundo que quiere fornicar o no ser fornicado.
        Ester no tendría mas de veinte años y unas cejas tan pobladas como la permanente de un figurante de "El Planeta de los Simios" pero eso no me tiró para atrás sino todo lo contrario pues al cabo de un rato, ese desencuentro higienico no me impidió abalanzarme sobre ella con aviesas y lascivas intenciones.
         Nos habíamos conocido tres minutos antes. No necesitaba más.
 -¿Que se supone que estás haciendo? -preguntó ella dando unos pasos hacia detrás.
 -Pensaba que habíamos conectado -me excusé yo encogiéndome de hombros.
 -Que hayamos conectado no significa que me la quieras meter a los dos minutos.
 -Te equivocas conmigo. Han pasado tres minutos.
 -¿En serio crees que alguien como yo se liaría con alguien como tú?
        Antes de contestar la observé con detenimiento, vestida como una pordiosera, esquelética, con el pelo sucio y un incipiente bigote encima de los labios. Tenía las uñas rotas y los pies sucios. También miré a su perro y me parecieron ver unas cuantas pulgas haciendo ejercicios malabares entre su pelaje y el de su dueña.
 -Por supuesto que no, seguro que estás esperando a un príncipe azul que viene a buscarte en su yate.
 -¿Me estás tomando el pelo?
 -A ver... mírate y después mírame. ¿Crees que realmente podemos esperar algo mejor?
 -Mi manera de vestir refleja como he decidido vivir.
 -¿Cuanto hace que no te duchas? -pregunté
 -¿Cuanto hace que no te duchas tu? -respondió ella con otra pregunta.
 -Por mucho que haga que no me ducho seguro que me ducho más que tu.
 -¿Entonces me estás diciendo que quieres acostarte con una guarra?
 -Esa es la máxima ambición de mi vida, en efecto. Y si no me cobrase sería ya el Nirvana.
        La muchacha se quedó pensativa y luego habló.
 -Si me das doscientos euros nos acostamos.
 -Si tuviese doscientos euros no me acostaría con una puta piojosa.
        Supongo que llamar "puta piojosa" a una mujer no es la mejor manera de seducirla, pero acababa de llegar a la conclusión que ya que no íbamos a acostarnos, así que decidir escoger el camino del insulto fácil que tan buen sabor de boca deja a la gentuza como yo. Todo es cuestión de encontrar el placer de la manera mas simple posible. Aquella mujer sentía placer rechazándome y yo sentía placer menospreciándola. El placer no siempre consiste en apretar los dientes mientras empujas o eres empujado. También hay placer en el odio o el miedo.
        Si nos dejamos llevar por las apariencias, tanto yo como ella seriamos seres atípicos en un mundo perfecto de slips sin costuras y cigarrillos electrónicos. Pero permítanme hacerles una pregunta: ¿acaso ustedes son mejores?
        Ese día no forniqué con la muchacha okupa pero aprendí una importante lección: no pases mucho tiempo junto a dos animales con pulgas, aunque quieras follarte a uno de ellos.
        Esa noche gasté toda el sueño rascándome por todas las partes más ignominiosas de mi cuerpo.
        Es lo que tienen las pulgas, son tan molestas como una suegra.


20 abr. 2014

Crítica de "Evoluzión", de Goyo Jiménez




Como bien saben ustedes (o deberían si tienen carné de fans), en este blog, en ocasiones, escupo en forma de frases, críticas de conciertos o películas. Incluso he criticado al gobierno o esa fea manía que tiene mi vecino de colgar los calzoncillos frente a la ventana de mi comedor. Vivir es España y no criticar es como vivir en Estados Unidos y no pegarle un tiro a tu vecino.

Hoy les voy a ofrecer la crítica del espectáculo teatral que vi anoche: “Evoluzión” de Goyo Jiménez. Vaya por delante decir que odio a cualquier persona más graciosa que yo y es por ese motivo que odio profundamente a este señor alto, clavo y con barba que se llama Goyo Jiménez. Le odio por eso y porque tiene el pene mas grande que yo (aunque esto segundo sea bastante fácil).

“Evoluzión” como concepto teatral no está mal aunque habría ganado si, durante las casi dos horas de monólogo, detrás de Goyo hubiesen una docena de coristas moviendo sus pezoneras en el sentido de las agujas del reloj. La escenografía de “Evoluzión” se resume a un escenario negro con una silla negra y un señor blanco vestido de negro. Puede que “Evoluzión” no gane un premio de artes escénicas en lo que se refiere a vestuario o escenografía pero tampoco importa demasiado porque este minimalismo escénico nos permite centrarnos en el señor calvo con barba que dice tonterías encima de un escenario.

Soy un gran defensor de decir tonterías, todos las decimos en cualquier fiesta donde bebemos mas mojitos de la cuenta o en la cena de navidad donde ingerimos un whisky tras otro y acabamos peleándonos con nuestro cuñado. Es decir, asocio tonterías a alcohol. No obstante, cuando alguien completamente sobrio como (presumo) Goyo sale a  un escenario vacío y se enfrente a cientos de personas que han pagado una pasta gansa por verle, hay que ser muy valiente, muy idiota o muy inteligente.

Pero resulta que Goyo es un tipo terriblemente inteligente, de eso no cabe duda, combinando reflexión con un texto inteligente, algunos momentos de expresiva comicidad y mucho humor. El problema de aquellos que pretenden hacer humor en cualquier país es que se limitan no salir de las cómodas fronteras de lo que se espera de ellos. Gracias a Dios y posiblemente al dinero, Goyo ha sabido traspasar esas fronteras y regalarnos un espectáculo inteligente donde no hay mas normas que sentarte en tu butaca y sintonizar con lo que el artista nos regala desde su espectáculo. La inteligencia del autor se nota ya en sus textos, con diferentes capas para agradar a cualquier tipo de público, desde el admirador de Los Morancos hasta el que tiene orgasmos múltiples leyendo a Sartre.  Y estos diferentes niveles de humor los intercala inteligentemente con registros que van desde un tipo que se dirige a un auditorio para hablarles de la vida (el prólogo) hasta un cómico que se mueve por el escenario con un control de su cuerpo realmente notable (el momento GPS es irrepetible). 

El espectáculo habla del origen del hombre (o de la humanidad) y pasa por diferentes fases donde el autor ridiculiza nuestros actos más cotidianos para hacernos reflexionar sobre lo que somos y, sobre todo, lo ridículos que somos. Es decir, Goyo consigue la increíble hazaña que nos riamos de nosotros mismos, paguemos por ello y acabemos aplaudiéndole a rabiar. Y encima lo hace con una inteligencia y una modestia inusuales en el panorama teatral actual.

Si son ustedes asiduos lectores de este blog sabrán que no suelo hacer publicidad de absolutamente nada que no sea mis legendarias aptitudes sexuales. Pero deben ir a ver el espectáculo “Evoluzión” de Goyo Jiménez por muchos motivos pero sobre todo porque es humor inteligente y tanto la inteligencia como el humor escasean mucho en nuestros días.

¿Mi resumen de “Evoluzión”? Goyo Jiménez es un gran follador porque es calvo y tiene un coche potente (en el caso de anoche… más grande que un Megane).

Vayan a verlo y lo entenderán... totalmente recomendable.