"El secreto del éxito es la honestidad. Si puedes evitarla... está hecho" (Groucho Marx)

29 sept. 2014

La mujer del autobús, le gente que cambia y un escalador en peligro






Esta historia comienza cuando, no hace demasiado, me topé con una dama en un autobús. Ya saben ustedes que todas las hembras me huyen (y cuando no huyen, mi desafortunado embrujo las obliga a huir), no obstante esta permaneció a mi lado en el autobús. Me gustaría creer que llamé su atención, la realidad fue que el autobús estaba abarrotado de gente y no había ningún otro espacio libre. Era una mujer de mediana edad, rondando los cuarenta, extrañamente atractiva, de rostro firme y poderoso, pelo castaño ondulado y un cuerpo por el que, durante siglos, los hombres heterosexuales han conquistado imperios y se han alisado el pelo. Un cuerpo con unas curvas que no hubiese podido defender ni el mismísimo Fernando Alonso. Una MUJER, así, en mayúsculas. Lo cual representaba un problema porque a mí me cuesta hablar con mujeres hermosas (no porque me cueste hablar sino porque son mujeres y además son hermosas).
 
-Hola, me llamo Fernando -dije tímidamente.
-Hola
-¿Tu tienes nombre?
-Pues resulta que si... y si dejas de mirarme el escote puede que hasta te lo diga.
 
Por unos momentos  valoré si era más trascendental seguir mirándole el escote o saber su nombre aunque finalmente la lógica se impuso e imaginé que si ella me decía su nombre, eso significaba un primer paso para volver a mirarle el escote en sucesivos fascículos semanales.

 -Me llamo Laura.
-¿De dónde vienes Laura? ¿O a dónde vas?
 -Vengo del trabajo y voy a casa.
 -Yo vengo de casa y voy a dar una vuelta en autobús.
 -¿Das vueltas en un autobús abarrotado de gente?

Estuve a punto de confesar la verdad que no es otra que el hecho de gastar mis tardes en autobuses atiborrados de humanidad para conseguir el oscuro milagro de rozar mi piel con las pieles de sexo contrario. Pero no lo confesé. La gente no suele mirar con buenos ojos a los que nos restregamos contra otros en las multitudes. Contra otras, mejor dicho.
 
-Me gusta pasear en autobús, me gusta ver la ciudad. Me gusta, simplemente.
-Está bien.

Aquel "está bien" había sonado al "déjame en paz, gordo sudoroso de los cojones" de siempre. No obstante, la historia escrita dice que no se ha ganado una batalla sin arrojo así que me esforcé un poco e intenté apartar mi vista de aquel escote que habría hecho las delicias de los aficionados al alpinismo, para devolver mi mirada a sus ojos (que tampoco era un mal par de partes de su cuerpo).

El siguiente paso consistía en sacar un tema sobre el que pudiésemos hablar. En un primer momento barajé la posibilidad de sacar mi miembro viril pero el tamaño del mismo no da para una gran conversación. Así pues saqué un tema que hace tiempo me ronda por la cabeza junto a restos de loción capilar caducada y media docena de moscas. Un tema que atenaza la experiencia vital de cualquier ser humano que se precie de reflexionar algo más que las rodillas en una clase de aerobic.

-¿Crees que la gente cambia, Laura? -pregunté.
-¿A qué te refieres?

Como concepto, Dios nuestro señor creó el ser humano para que su organismo cambiase la casaca mientras su alma continuaba impertérrita, ajena al discurrir de los años. Dicen unos que quien es un grandioso hijo de la gran puta lo será siempre. En cambio otros dicen que la gente evoluciona, madura, aprende de sus errores y moldea su alma para poder soñar por las noches sin que las pesadillas les visiten. Yo opino que en muchas cosas podemos cambiar, excepto en lo esencial. Si somos rubios, por mucho que nos tiñamos el pelo, seguiremos siendo rubios. Podemos cambiar pero la esencia sigue ahí. Por definición un político es un ser mentiroso y corrupto pero en tiempos de elecciones cambia para parecer amable y generoso. Ahí radica el secreto, cambiamos (o hacemos ver que cambiamos) para seducir a los otros pero en esencia seguimos siendo hijos de puta, mentirosos, corruptos... y rubios. ¿A qué viene todo esto? Bueno, siempre que veo una mujer hermosa imagino si sería capaz de cambiar para parecer mejor persona y seducirla. Y siempre llego a la misma conclusión: haría cualquier cosa por follar.
 
 -Esta mañana, al salir de casa -comencé- estaba pensando si la gente cambia o no con el paso de los años.
 -La gente no cambia.
 -¿Así de rotunda? -dije intentando no devolver la vista a esa otra rotundidad que eran sus carnes.
 -Claro. El que es idiota lo será siempre.
 -Pero puede aprender.
 -Puede ser más culto pero seguirá siendo un idiota.
 -Yo soy gordo y puedo cambiar, podría ser flaco.
 -Eso es algo físico. Cuando hablamos de cambiar es algo mas intimo, algo que forma parte de nosotros.

¿De qué diablos estaba hablando aquella mujer? ¿Cambiar algo íntimo? ¿Hablaba de compresas o tampones? A veces me cuesta entender a las mujeres porque habitan un universo que me es del todo desconocido. Pero hay que reconocer que algunas mujeres tampoco lo ponen fácil con sus complejos discursos. A los perros y a las cosas hay que llamarlas por su nombre.
 
 -Yo he hecho cosas terribles –comencé- He engañado, he robado, he mentido o he manipulado… todo por conseguir placer de cualquier tipo. Pero he cambiado. Ahora soy mejor persona. Tuve un accidente con mi burro José. Me caí de él y me rompí un brazo en pedazos. Al salir del hospital descubrí que era mejor persona.
 -¿Tienes un burro?
 -¿Tu no?
 -Conozco a muchos pero nunca he tenido a uno... pero escucha una cosa, tu no has cambiado. Te has adaptado y has asumido que todo eso no sirve de nada porque te hace peor persona.
-No me importa ser peor persona si puedo tener una mejor vida.
-Entonces no crees que las personas pueden cambiar. Te engañas a ti mismo creyendo que has cambiado.

De improviso Laura se avecinó hacia mí y yo cerré los ojos mientras mis labios formaban un beso invisible que se quedó colgado en el aire. Laura nunca me besó. Laura simplemente se había movido para bajar del autobús. Cuando abrí los ojos, confuso por que aquella mujer no me hubiese besado, la observé al otro lado del espejo, alejándose de todos nosotros.

Por una mujer así yo podría cambiar. 

O al menos hacer ver que he cambiado (soy hombre, tampoco pongamos el listón demasiado alto).


Para su información, sepan ustedes que la Calle de los cambios (cuya foto acompaña este post) existe y se ubica en la ciudad de Valencia.



27 sept. 2014

Humor y política


En los últimos días, en mis perfiles de Twitter y Facebook, he intentado ejercita el arte de escribir, siempre con humor, sobre lo que está sucediendo en mi país: Catalunya. Siempre he observado cualquier tipo de política desde la peculiar óptica del humor por la sencilla razón que observo el mundo con humor. Y el mundo es sexo, árboles, política y también Jorge Javier Vázquez. Y es bien sano reírse de todo eso. Mas bien diría que es necesario. Primera regla: no permitan ustedes que nadie les diga sobre que deben reir y sobre que no deben reír.



Quien quiera negar cualquier cosa que suceda en el mundo se está negando a sí mismo y quien además no sepa reírse de uno mismo, está predestinado al egocentrismo y, por ende, a la intolerancia. Además de hacer humor con el nacionalismo catalán, hago humor sobre la Intereconomía (y la ultraderecha), sobre Pablo Iglesias (y Podemos), sobre Mariano (y el PP), sobre Zapatero (y el socialismo), sobre Toni Cantó (y UPyD)… he hecho humor sobre cualquier cosa que me cause gracia. Y como consecuencia de todo ello me llegan mensajes de todo tipo criticándome sobre el hecho de hacer humor sobre todo esto. Parece que en el humor podemos reírnos sobre cualquier tendencia política menos la nuestra, pero eso no es humor, eso es el menosprecio propio de la gente carente de argumentos que pone motes a los políticos y los agrupa a todos en tendencias tendenciosas. El humor no es eso. El humor consiste en reírte de todo y de todos, independientemente de cuál sea tu pensamiento. Y para hacer eso has de comenzar por reírte de ti mismo, incluso de tu propia ideología, sea cual sea.


Les podría mostrar a ustedes decenas de mensajes que me llegan criticando que haga humor con el nacionalismo de uno y otro lado, con las ideologías de uno y otro lado o con los programas de televisión de uno u otro canal. Siempre hay un tonto dispuesto a ofenderse, siempre. Y esa es la grandeza del ser humano que vive en esta democracia tan endeble como es la nuestra. Vemos películas y series de televisión donde personas de otros países cuentan con humor sus diferencias políticas, nos reímos con ello y admiramos su capacidad para hacer el humor en la ideología. No obstante, si eso lo hacemos en nuestro país, la bilis y el remordimiento atenazan nuestras mandíbulas y un poso de espuma blanca se escapa por nuestros labios. Nuestra democracia es tan nueva (en comparación a muchas otras) que no somos capaces ni tan siquiera de reírnos de nosotros mismos. Somos incapaces de tomar distancia.
Soy catalán y Catalunya es mi país y eso no impide que me ría del proceso que hemos desencadenado. Pero también soy español y España también es mi país (lo quiera o no) y eso tampoco impedirá que me ría de un gobierno incapaz de escuchar a los que no piensan como ellos. Y me rio de ambos a carcajada limpia, desde la más honda de las burlas, me rio de los dirigentes de ambos países y hago humor de sus continuos despropósitos. Porque además de gordo, feo, torpe y calvo… soy un completo gilipollas que contempla el mundo desde el prisma del humor. Y el mundo es la derecha, la izquierda, el centro e incluso el vecino del sexto que se viste de mujer los viernes por la noche.

Ríanse ustedes con cualquier cosa que les haga gracia, aunque crean que ataca sus mas férreas convicciones, porque ese es el ejercicio mas sano de autocrítica que existe. El humor no entiende de ideologías, el humor, como concepto, es asexuado, apolítico y apátrida. Somos los seres humanos quienes prostituimos el humor. ¿Saben por qué el humor es tan necesario en este país que nos ha tocado vivir?  Porque ya hay suficientes políticos en el otro lado de la balanza. Así de simple.



21 sept. 2014

El aerobic lo carga el diablo





¿Sabían ustedes que la catedral donde más se fornica es en los gimnasios? También en los clubs de intercambio aunque en los clubs de intercambio todo sucede en ese lugar físico mientras que en los gimnasios el sexo sucede físicamente antes o después de acudir al local.  Pero este texto no va sobre los clubs de intercambio sino sobre los gimnasios. Si quieren saber más de clubs de intercambio me preguntan por correo, prometo ser discreto y hacerme pasar por sus cornudos maridos.

Para quien suscribe, un gimnasio resulta un hábitat tan natural como un congreso de neurociencia para Belén Esteban. Los gimnasios cuestan dinero, te cansas, sudas y todo huele muy intenso. Si quieren todo eso vayan a un club de carretera.  Los gimnasios son un error del ser humano como Telecinco, el tofu o el yoga. Pero ahí están y ahí acudimos a diario a ser torturados sin el menos respeto por nosotros mismos. Que ustedes hagan el imbecil es algo que no me preocupa. ¿Pero y yo...? ¿Por qué diablos acudí a un gimnasio cuando tengo tarjeta VIP de todos los clubs de carretera en 50 kilómetros a la redonda? Bueno, mi vecina es profesora de aerobic y ya saben que sucede cuando día tras día ves unas diminutas braguitas colgadas en el tendedor frente a tu ventana (y las robas... y las hueles como si fuesen oxigeno enriquecido... y las devuelves). La obsesión es lo que mueve el mundo. ¿Qué habría sido de la pintura sin la obsesión de Van Gogh? ¿O que habría sido de la cocina sin la obsesión de Ferran Adria? ¿Qué habría sido de la literatura sin la obsesión de Hemingway? ¿O que habría sido de la inteligencia sin la obsesión de Rafa Mora? 

El aerobic consiste en enfundarse en mallas e imitar los movimientos de una profesora al ritmo de una música que haría sangrar los oídos al mismísimo Bethoveen. ¿De qué sirve esto? Se supone que te pone en forma y es un buen ejercicio cardiovascular aunque lo segundo lo dudo porque transcurridos 30 segundos de mi primera clase de aerobic acabé en el hospital donde tuvieron que hacerme un triple bypass coronario.

Pero las obsesiones no entienden de ataques al corazón así que tres meses después y con un corazón reforzado volví a la clase de aerobic de mi vecina. Las clases de aerobic están siempre llenas de mujeres y algún que otro hombre de dudosa sexualidad. Pero eso es lo de menos porque mi objetivo era mi vecina. Las gordas y el maricón eran objetivos secundarios.

La segunda clase de aerobic fue mejor que la primera, al menos aguanté dos minutos antes de caer al suelo sufriendo miles de calambres y un ataque de tos que me llevó a perder el conocimiento. La buena noticia es que, cuando abrí los ojos, mi vecina sostenía mi mano mientras me observaba preocupada.

Conseguí una cita con ella, aunque fuese una cita en una camilla del centro de salud más próximo al gimnasio pero era una cita y ella aun iba enfundada en unas mallas que se ceñían a su cuerpo como una segunda piel.

 -Te amo –dije sin poder evitarlo.
 -Estás confuso, tienes que descansar.
 -Yo era quien robaba tus braguitas y luego las dejaba en tu buzón. Debes saberlo, soy un hombre sincero y creo que la sinceridad es la única manera de comenzar una relación de sentimiento...

Entonces mi vecina me propinó una nueva bofetada que me devolvió a la inconsciencia. Para que luego hablen de que el aerobic es sano.

Ahora, cuando me ve en el rellano, escupe a mis pies mientras se santigua y lanza una maldición gitana. ¿Lo peor de todo? Ya no cuelga sus braquitas en el tendedero.

El aerobic lo carga el diablo, definitivamente.


15 sept. 2014

La gran mentira






La mentira es necesaria. Vaya por delante esta frase lapidaria antes de comenzar cualquier argumento. El mundo se divide entre los que mentimos mucho, después están aquellos que simplemente mienten y finalmente hay algunos otros extraños seres que siempre dicen la verdad, huelen a colonia cara y sufren las consecuencias del resto. Los que mentimos (sea mucho o poco) siempre iremos un paso por delante de los que dicen la verdad. No hablo de moralidad, hablo de ventaja. Hay quien asegura que la sinceridad es una virtud y la mentira es un defecto. Primer error del tamaño de la réplica en látex del pene de Nacho Vidal. Los hombres (como género masculino) hemos entendido perfectamente que si queremos algo hemos de mentir y si queremos que se perpetúe hemos de perpetuar la mentira. Pongamos como ejemplo los infieles: pocos son los infieles que confiesan su infidelidad. Los infieles viven en la mentira perpetua hacia quien carga con los cuernos y así ha de ser siempre. La infidelidad es la base que sustenta, cual poderoso pegamento, cualquier matrimonio y la mentira es lo que sustenta la infidelidad. Porque, en efecto, el matrimonio es una gran mentira y como tal así la hemos de mantener para que la sociedad no se desmorone como un castillo de naipes y todo esto siga su lento, inexorable (e hipócrita) camino. Imaginen ustedes llegar al trabajo y que una compañera les pregunte si les gusta su nuevo peinado (que en realidad parece un gato atropellado encima de su cabeza). En efecto, ustedes siempre tirarán de la mentira ya sea por no ofender o para evitar una bronca que acabe en nuestro coche con las cuatro ruedas pinchadas. Las mentiras piadosas también son necesarias para todos los tipos de convivencia. ¿Cuántas veces un hombre ha dicho a una mujer "me quedo pero solo a dormir, tranquila, no pasará nada entre nosotros"? Me quedo solo a dormir pero a medianoche mis manos recorrerán tu cuerpo y mi misil intercontinental intentará alcanzar el monte que corona tus caderas cual gran danés en celo. Y es que, además de que es necesario mentir, es aun más necesario que nos mientan. Cuando compramos un coche sabemos que el vendedor nos mentirá para que compremos el coche más caro pero queremos que nos mienta porque nuestro ego necesita un coche mejor que el de nuestro vecino. Mentimos y nos mienten a diario. Y eso, además de necesario, es divertido.


¿Y los que siempre dicen la verdad? Pobre de aquel (o de aquella) que siempre diga la verdad porque está destinado a sufrir las consecuencias para el resto de su vida. La verdad puede que reconforte nuestra alma pero golpea sin piedad nuestras vidas. Decir siempre la verdad es fácil, asumir sus consecuencias es un tormento. La mentira facilita nuestras vidas. Si la verdad fuese moneda de cambio el mundo sería infinitamente peor, créanme, porque la mentira crea un mundo falso y fácil de vivir. Como los anuncios de compresas, vamos. Yo he mentido, mucho, miento casi más que hablo. Miento a las mujeres con las que me quiero acostar (que son todas), miento a mis jefes, miento a los inspectores de hacienda y a los agentes de la guardia urbana, miento a mi familia y a mis vecinos, miento al médico de cabecera y a quien me vende los diarios. Miento porque quiero vivir en un mundo falsamente feliz donde los problemas no existen si los escondes bajo toneladas de mentiras. Y esto, amigos, además de divertido, también es necesario. ¿Acaso no sabían que todos ellos también nos mienten a nosotros?

 

La mejor manera de explicar que todo es mentira es explicar la paradoja del mentiroso con la frase "esta frase es falsa". Ahora les pregunto... ¿he dicho una verdad o una mentira con esta afirmación?  Si la frase es verdad entonces lo que dice ("esta frase es falsa") es cierto lo cual nos lleva a la conclusión de que cuando dice que es falsa es que debe ser falsa lo cual es una contradicción en sí misma. Si la frase es  mentira, entonces lo que afirma cuando dice "esta frase es falsa" es falso. Ya que afirma que la frase es falsa, entonces la oración debe ser verdadera, una nueva contradicción. Vale, tomémonos un descanso, ha sido un ejemplo difícil de entender. Pero mola hacerse el intelectual.



Si revisan mis textos en mis aventuras con las mujeres verán que siempre miento, miento cuando digo lo que soy y miento cuando digo lo que busco. Ahora permítanme una pregunta... ¿acaso son ustedes tan inocentes para imaginar que las mujeres no saben que las estoy mintiendo? La mentira solo es mentira cuando el otro desconoce por completo la verdad. Ahí está el secreto, ahora piensen en ello y piensen también en que quien suscribe tiene un miembro viril que mide 35 centímetros. De verdad de la buena.


Las imágenes que acompañan este post corresponden a fotogramas de películas de ese gran maestro de la mentira y el humor que fue Billy Wilder (por orden: "El gran carnaval",  "En bandeja de plata", "Un, dos, tres" y "El apartamento")