"El secreto del éxito es la honestidad. Si puedes evitarla... está hecho" (Groucho Marx)

3 jul. 2015

Un día en las carreras

Hace poco un conocido me invitó a unas carreras de karts (karts indoor) que se celebraban en las afueras de la ciudad. Acepté imaginando que echaríamos una buena tarde sentados en una grada viendo a niñatos dándose ostias unos contra otros mientras bebíamos cerveza y lanzábamos hermosos eructos al cielo. Cual fue mi sorpresa cuando descubrí que la proposición incluía gastar muchos euros para conducir aquella especie de troncomovil homologado. De espectador a protagonista en unas pocas frases (lo que siempre hemos soñado cuando vemos una porno). Para quien desconozca lo que es un kart, se trata de una especie de auto de choque que, efectivamente, va chocando contra todo solo que a una endiablada velocidad que te invita (nada) amablemente a sacar el hígado por la boca al salir de la primera curva mientras gritas "¡Decidle a mis hijos que les quise mucho!". La cámara de tortura la conformaba una suerte pista de scalextric gigante con una buena noticia de regalo: tenían un luminoso bar donde atendían unas lustrosas señoritas con pantalones tan cortos como el currículum de un estudiante de bellas artes. Después de registrarte y escoger un apodo te dan un carnet de corredor que supongo es como una súper licencia de F1 solo que esta es para que idiotas sin futuro se estampen contra un puñado de neumáticos en la primera curva. Yo escogí como apodo "follador" sin saber que anunciaban a los corredores de cada tanda por los altavoces al tiempo que mostraban nuestras fotos en unas gigantescas pantallas de vídeo. Sin palabras.

Lo primero que te obligan a ponerte es un ridículo gorrito de baño para mantener la cabeza higiénicamente a salvo de las cabezas de otros cientos de corredores que se han calzado el mismo casco pues de todos es sabido, entre los corredores aficionados de karts es común la proliferación de piojos, pulgas y extraños cortes de pelo. Yo, además del profiláctico gorrito me coloqué un protector dental de boxeador, una huevera de aluminio y un condón con sabor a fresa. Lo reconozco, soy gilipollas pero gilipollas corredor de karts precavido vale por dos (aunque por mi tamaño ya valgo por dos... o sea, valdría por cuatro). También hay a disposición de los que se creen Fernando Alonso, unos cuantos monos de cuero, zapatillas y guantes. No me los puse porque imaginé que alguien de mi tamaño intentando salir de un mono de cuero en pleno verano debe ser tan fácil como resolver un puzzle de diez piezas de Peppa Pig.

Una vez explicado el funcionamiento del dichoso cochecito y las dichosas normas del circuito, nos metimos en nuestros respectivos bólidos (mas bien yo me encajé dolorosamente en lo que parecía una sillita de bebé) al tiempo que el resto de corredores (quienes no tendrían mas de quince años) tomaban asiento en otros bólidos de juguete. Sonreí para mis adentros imaginando que aquellos mocosos nunca habían conducido en toda su breve vida y, por lo tanto, la gloria del podio estaba tan solo al alcance de mi pie apoyado en el pedal del gas. El comienzo de todo aquello debería haberme dado alguna pista de que la realidad siempre es diferente de lo que nos muestran en Telecinco, En la linea de salida, en vez de dos docenas de espectaculares pitgirls enfundadas en cortísimos pantaloncitos y ajustadas camisetas, había un tipo con cara de no haber acabado la siesta y que nos repetía "cuidado con las luces" como si estuviésemos todos inmersos en el remake de "Poltergeist".

De la carrera no puedo contar demasiado porque en la primera curva mis cervicales decidieron ir por un lado y mi cabeza por otro lado en un crujido digno de la separación de los continentes. Yo intentaba no vomitar y controlar aquel diabólico cochecito mientras los niños me adelantaban, golpeaban y mostraban el dedo corazón en común ritual que escapa a mi entendimiento. Las normas del circuito decían que si algún corredor iba mas rápido que tú te mostrarían una bandera azul para que le cedieses el paso. Mi carrera fue un maravilloso desfile de banderas azules al tiempo que todos adelantaban en una especie de juego que yo no acababa de comprender.
 
Diez minutos mas tarde, la tortura finalizó y volvimos a los boxes mientras yo barrutaba si cabía la posibilidad de haberme dejado algún empaste dental en la pista. Me ayudaron a salir del tortuoso vehículo, vomité encima de un comisario de pista, me ayudaron a llegar a la salida, vomité en una maceta... y si creen ustedes que mi tortuoso paso por esta versión infantil de la Formula 1 finalizó aquí, deben que saber que al acabar la carrera ponen un vídeo con los ganadores y los tiempos. No subí al podio (evidente) pero los espectadores pudieron contemplar a los tres ganadores encaramados en el podio y a través de pantallas gigantes de vídeo donde también se veía a quien suscribe vomitando dentro de un casco junto a ellos. Para mayor desgracia era el casco de uno de los corredores de la siguiente tanda quien se lo encajó con rapidez en la cabeza sin reparar en el puré de ADN gilipollas que guardaba en su interior y comenzó a deslizarse por sus mejillas y su cuello.  

Vomité en la calle, vomité en el autobús de vuelta a casa, vomité en casa y sigo vomitando mientras escribo esto y mientras mis cervicales aun siguen dando vueltas por el dichoso circuito buscando la salida. ¿Quieren un consejo? Uno bueno, en serio, y gratis: cojan su carné de identidad, miren el año en el que han nacido, calculen la edad que tienen (la calculadora ayuda) y ni se les ocurra emprender ninguna empresa propia de alguien con la mitad de edad que ustedes. Sus cervicales y su estómago se lo agradecerán.