"El secreto del éxito es la honestidad. Si puedes evitarla... está hecho" (Groucho Marx)

17 sept. 2015

La nueva vecina (2)


En primer lugar quiero agradecer a todos los lectores por sus amables comentarios en anterior entrada donde pedía consejos para seducir a mi nueva vecina. Con sus palabras queda claro que saben ustedes tanto de seducción como yo de Dinámica Termoplastica aplicada al estudio del Romanticismo Literario en la Alemania del Siglo XVIII. Supongo que la culpa es mía porque debería haber imaginado que alguien que lea este blog y se atreva a escribir un comentario, de entrada muy normal no debe ser. De todas formas, voy a continuar con mi plan de irresistible seducción para conseguir derribar (literalmente) la pared medianera que nos separa y convertir nuestros respectivos pisos en el hogar del amor.

El siguiente paso consistió en comenzar el camino de la seducción por donde mejor se conquista a una personas, ese lugar llamado estómago o buche o panza (o barriga cervecera en mi caso). Así pues, como la ventana de mi cocina da a un patio interior donde ella tiene la  ventana de un pasillo, puse todos mis conocimientos en cocinar un delicioso plato cuyo aroma se deslizase por el aire cual hermoso halcón de ala plateada y se introdujese en todas las cuevas de su piso, al tiempo que en sus fosas nasales. Por desgracia, mi sabiduría culinaria solo es comparable a mis conocimientos de la Dinámica Termoplastica aplicada al estudio del Romanticismo Literario en la Alemania del Siglo XVIII. Lo único que conseguí fue llenar su casa de humo de sardinas quemadas con la inevitable llamada a los bomberos (los vecinos creyeron que mi piso se estaba incendiando) y el escenario final fue mi cocina repleta de musculosos hombres armados con mangueras y llenando mi cocina de agua. Supongo que tan homoerotico final no debió impresionar a mi vecina quien asistió atónita al momento, asomada al patio. Lo único que pude hacer fue sonreír y encogerme de hombros mientras ella cerraba de golpe la ventana.

De acuerdo, el primer capitulo de la novela de amor había acabado convirtiéndose en una escena de película de los hermanos Marx, no obstante, como el amor es un libro de muchos capítulos, comencé a escribir el segundo en la forma de estudiar a mi vecina por la calle, contemplando sus rutinas e incluyéndome sutilmente en su vida. Por desgracias su rutina incluía ir al gimnasio, comprar frutas y verduras e ir a comer a un restaurante vegetariano (donde no sirven ni alcohol), ir a museos y pasear a ritmo de corredora olímpica. Actividades todas que mi condición de hombre mesetario me impedían emprender. Además de fracasar también conseguí que mi vecina me denunciase a la policía porque durante dos semanas la seguía a todos lados (incluidos los baños de señoras del exclusivo gimnasio Lesbos). Ahí fue donde descubrí que era guapa pero no era miope.

El tercer capítulo de nuestra historia de amor consistiría en poner música a todo volumen para que ella la escuchase y se diese cuenta que, a pesar del juicio pendiente por acoso, yo era alguien en quien confiar. Ella trabajaba en algo relacionado con la música así que rebusqué entre mis viejos vinilos algo de música clásica pero no encontré nada. No obstante, como la música siempre será música y siempre será algo hermoso, me dediqué durante tres días seguidos (con sus correspondientes noches) a pinchar a todo volumen discos de Luis Aguilé, Parchís y Locomía con los altavoces enfocado en el balcón hacia su dormitorio. Por desgracia, esta hermosa iniciativa musical solo contribuyó a que ella me pusiese una segunda denuncia por contaminación acústica. Del amor al odio dicen que hay un solo paso ¿no? Debía volver a intentarlo.

Mi siguiente iniciativa fue mucho mas directa y consistió en hacerme con unas bonitas flores, con una botella de buen vino también y plantarme frente a su puerta para pedir sinceras disculpas por lo sucedido en el acto de tender puentes de amistad que a su vez nos llevasen por la autopista del amor y a su vez la llevase a ella a retirar las denuncias. Para todo esto debía solo debía armarme de valor, no obstante, como el valor no es precisamente la cualidad que mejor me distingue, fuí antes al bar a tomar una cerveza que me empujasen a emprender tan definitiva acción. El problema es que una primera cerveza fue seguida de otra, después llegó un amigo y nos tomamos otras dos, después tres cervezas mas para relajar la musculatura perineal y esta particular sucesión alcohólica de Fibonacci se prolongó en el tiempo hasta que a las cuatro de la mañana aporreaba yo la puerta de mi amada, totalmente borracho, con unas flores rotas de plástico que había encontrado en un contenedor (donde me había detenido a vaciar la vejiga) y un tretrabick del mejor vino que uno puede comprar en una gasolinera. Por supuesto que me gané la tercera denuncia aunque debo reconocer sin vergüenza que esta vez quizás fuese mucho más que merecida.

¿Y ahora que? Tengo tres denuncias, la vecina no me quiere ni ver y la guardia urbana me ha incautado el tocadiscos. Necesito ayuda y es por eso que vuelvo a requerir de sus consejo, queridos lectores, aunque en esta ocasión espero que sean un poco más inteligentes que la vez anterior. De acuerdo... lo que acabo de explicar no me convierte en la persona mas idónea para para hablar de estrategias inteligentes. Pero necesito ayuda desesperadamente. También necesito un tocadiscos. Y necesito los apuntes de primer curso de Dinámica Termoplastica aplicada al estudio del Romanticismo Literario en la Alemania del Siglo XVIII.


5 sept. 2015

La nueva vecina (1)



Este septiembre, mes de los coleccionables, acabo de añadir a mi colección de "vecinas comestibles" a un  nuevo ejemplar de esas que viven pared contra pared y puerta con puerta. Por desgracia, después de conocerla, lamento que no sea también una de esas vecinas que viven cama con cama. Siempre he sido terriblemente torpe para calcular la edad de cualquier objeto de decoración así que me aventuraré a decir que mi nueva vecina tiene entre 18 y 46 años, mes arriba, mes abajo. Es morena, tiene el pelo corto como si acabase de salir de una peluquería de la primera temporada de “Sálvame” y gasta gafas de intelectual asexuada aunque gracias a Dios (y también a la genética) mi vecina tiene un cuerpo que conseguiría que los mas radicales de Podemos pactasen con los más casposos del Partido Popular. También gracias a Dios (y a un arquitecto) mi piso tiene tres ventanas frente al suyo. Así que ya pueden ustedes imaginarme que, desde el momento de su muda, yo voy de una ventana a otra cual émulo del Flash televisivo. Pero tranquilos, lo de la muda no va porque ella sea una víbora. Tampoco me he embutido yo en un traje rojo con un rayo dibujado en el pecho. Más bien me gustaría a mí ser la víbora que serpentea por sus pechos cual descontrolado rayo. De acuerdo, es un juego de palabras de mierda, pero cuando la sangre se concentra en los genitales, al cerebro le falta gasolina para juntar palabras de manera ocurrente.

¿Cómo contactar con ella? Ustedes seguramente me aconsejarían que acuda a su puerta, de unos golpecitos y me presente como su vecino. Vale, pero resulta que no les he pedido ningún consejo. Lo primero que he hecho ha sido bajar a los buzones a ver si aparecía su nombre en alguno de ellos... tampoco. Lástima, saber el nombre de una persona te garantiza que en menos de 10 minutos podrás ver alguna foto suya en en alguna playa y convenientemente desvestida. Gracias señor Zuckerberg por habernos ahorrado a los hombres horas y horas de picar piedra para desvelar el tesoro que se esconde bajo las prendas del imperio Zara. ¿Cuál sería el siguiente paso? Un momento… guárdense sus consejos de nuevo. Esta es una pregunta retórica (que para quien no lo sepa es el tipo de preguntas que lanzamos al viento los que no tenemos amigos de carne y hueso). 
 
Mi siguiente paso fue plantarme frente a su ventana completamente desnudo y untado de mantequilla y mermelada todo el cuerpo con un cartel colgado del cuello que decía “bienvenida vecina, soy tu desayuno”. Si ustedes conocen mi cuerpo entenderán porque al día siguiente la vecina hubiese colocado unas gruesas cortinas en todas las ventanas. ¿Qué problema tienen las mujeres con la mantequilla y la mermelada? ¡Era mantequilla y mermelada light! Ella se lo pierde, amor y desayuno en el mismo pack no te lo ofrecen todos los días.

También he intentado hacerme el encontradizo en el rellano pero ella sale a primera hora hacia el trabajo y va tan dormida que todas las veces me ha aparado propinándome un golpe con un casco de moto como si yo fuese un molesto mosquito. Y mosquito no soy. Supongo que las seis de la mañana no es el momento más adecuado para las artes del amor. Alguna vez me la he encontrado en la entrada del edificio, junto a los buzones, recogiendo su correspondencia. Siempre que ha sucedido eso hago el famoso paso de moonwalker del negro que quería ser blanco (algo que siempre funciona) pero ella me mira con desprecio y se va sin decir nada. Creo que lo de la mantequilla y mermelada no ayudó a generar un ambiente propicio para la confianza. 

¿Y ahora qué? Se aceptan sugerencias (que no consejos) porque han de saber que depende de ustedes que esta historia continúe con éxito horizontal (además de exceso de lubricante). Por eso he titulado este texto "La nueva vecina (1)". Vayamos todos a por el 2 (aunque solo me la beneficiaré yo, o eso espero).