"El secreto del éxito es la honestidad. Si puedes evitarla... está hecho" (Groucho Marx)

25 nov. 2015

El amor verdadero es una auténtica mierda

 ¿Se ha enamorado ustedes alguna vez? No me refiero a esas tonterías de besos robados a un transexual en un descampado en plena medianoche, tampoco hablo de sentir mariposas en el estómago durante una orgía bisexual que incluye cabras y enanos. Hablo de amor de verdad, ese tipo de amor que mueve montañas y evita guerras. El amor incondicional de Cleopatra por Marco Antonio o el amor ciego de Isabel Preysler por cualquier viejo rico famoso. Un amor que escapa de la cotidianeidad y busca una empresa mucho mas grande que la vida misma. Pero nadie ha experimentado nunca ese tipo de amor porque solo es real en la ficción de las novelas de Danielle Steele o en las películas de Isabel Coixet. A pesar de ello, nos esforzamos en la búsqueda de algo que aseguran es hermoso y da gustillo (sin darnos cuenta que el amor horizontal es aun mas bonito y da mucho mas gustillo). El problema llega cuando confundes amor con gastritis o con el mareo propio de un viaje en barco (como decía Goucho Marx). ¿Que es el amor? Yo no soy el mas indicado para decir eso pues los gordos sin autoestima nos enamoramos hasta de las farolas (aunque estén apagadas o rotas). Pero quizás sirva de ejemplo la historia que les voy a narrar a continuación.

La conocí en un bar de carretera y se llamaba Svetlana. ¡Un momento! ¡No saquen ustedes conclusiones precipitadas! De acuerdo, ella era una meretriz de club de carretera pero se trataba de un bar de carretera galardonado con el Condón De Oro de la revista "Meretrices Ilustrated" y también con el prestigioso "Cinco Gintonics" de la revista "National Bares de Lucecitas". El local en concreto se llama "El descensor del amor" y está ubicado al borde de una carretera nacional cerca de Barcelona. Era un majestuoso local de una planta con paredes de conglomerado y techo de uralita. Pero no juzguen a un libro por su portada, en su interior se criaban las mejores jacas del hipódromo. ¿Acaso con mis palabras parezco un machista que está a favor del turismo sexual? ¡No es cierto eso! Estoy a favor del turismo sexual, de las drogas blandas, de las drogas duras, del alcohol, del sexo gratuito y de que le peguen fuego a la discografía completa de Sergio Dalma.

Svetlana, mi amor, permanecía recostada con sus discretos 1,95 y pechos de 110, contra la barra del local, esperando el amor de la misma manera que los perros esperan las perras o esperan el pienso con sabor a pato. Cuando yo entraba en "El ascensor del amor", Svetlana me lanzaba una de esas sonrisas Profiden que enamoran hasta a los homosexuales mas radicales y abría sus brazos para que yo hundiese mi cabeza entre sus glandular mamarias cual infante recién nacido. Hablar (y solo hablar) con la diosa rusa de largas piernas costaba un whiskycola cada media hora (uno para ella y otro para mi) y las bebidas en aquella choza del placer costaban aproximadamente 50 euros cada una. Es lo que tiene el amor tarificado, es seguro pero no barato. Y además Svetlana, como Mariano Rajoy, apenas sabia pronunciar las palabras en castellano.

Se preguntarán ustedes si en algún momento, el exagerado amor vertical que yo sentía por Svetlana cambió a un plano horizontal y un entorno mas mullido. La respuesta es la misma en todos los casos: ¿acaso en el amor no hay sexo? El amor mullido de Svetlana costaba 750 euros la hora (servicios especiales aparte) así que un día después de mucho ahorrar (y robar bombillas a la comunidad de vecinos para revenderlas), decidí que había llegado el momento de descubrir lo que debía ser el amor mas allá de novias de colegio o intentar meterle mano a mi cuñada en la cena de navidad. Armado de valor, tomé la arriesgada decisión de cambiar el whiskycola por whisky a secas para armarme aun mas de valor. Después de media docena de whiskys (había robado muchas bombillas) y armado del invisible valor que acompaña a los tontos y a los borrachos, subimos a la habitación de Svetlana. Y digo subimos porque aunque el local era de una sola planta, estaba construido en la ladera de una montaña. Tomé asiento en una silla de mimbre mientras Svetlana se disponía a quitarse la ropa sensualmente frente a mi al ritmo del himno de Rusia interpretado por la Banda Central Militar del Ministerio de Defensa de la Federación Rusa (el CD de Joe Cocker estaba rayado...).

A los que se preguntan si finalmente si encontré el amor entre los brazos de la diosa Svetlana les he de confesar algo: cuando vayan a un bar de carretera nunca pidan whisky del bueno porque cuanto mas caro parece, mas falso es. La media docena de whiskys de garrafón crearon tal terremoto en mis ya castigados intestinos que cuando Svetlana se disponía a sacarse la ultima prenda de ropa que cubría su dorado triángulo, fue cuando la parte inferior de mi intestino dijo basta a tal contención (cual presa en película de desastres) y expulsé de manera nada elegante varios días de pizzas, empanadillas congeladas de atún y whisky de garrrafon a manera de aspersor de jardin sobre mi diosa rubia.  Hay mujeres a las que les excita la escatología aunque a juzgar por los puñetazos que comenzó a darme Svetlana, creo que ella no era de esas mujeres.

Y es que el amor verdadero es una auténtica mierda.