"El secreto del éxito es la honestidad. Si puedes evitarla... está hecho" (Groucho Marx)

17/7/2014

Culos (la ley del tordo)




Quien habla mal de mí a mis espaldas mi culo contempla.” (Winston Churchill)

Todos tenemos un culo, incluso los que no tienen culo, tienen un culo. Los culos son como los políticos, hay de todas las tendencias, formas y maneras pero todos, en el fondo, siguen siendo la misma mierda. En la forma también. Si quieren saber más sobre formas y fondos pueden preguntarle a un proctólogo. Existen concursos para elegir el mejor culo, las revistas del corazón puntúan los mejores culos, las personas nos miramos los culos los unos a los otros en la calle, los anuncios están llenos de culos y en el metro hay gente que huele raro que restriega su culo contra tí. Los culos están ahí, todos los días, mires donde mires. Y lo mejor de todo es que cualquier tipo de culo tiene su público. A unos les gustan los culos gordos, a otras les gustan los culos prietos y a mi vecino del tercero (el que tiene un sorprendente parecido con Freddie Mercury) le gustan los culos peludos asomando por un pantalón de látex mientras alguien tararea "I want to break fee".

En internet podemos encontrar cientos de páginas que nos muestran culos de toda forma y condición, curiosamente la mitad de estas páginas contienen fotos del culo de Rihanna lo que nos lleva a pensar que

1-      Los culos son principalmente admirados por la población masculina heterosexual
2-      Rihanna tiene un culo impresionante.

¿A ustedes les gusta mirar culos ajenos? Seguro que sí, sobre todo porque es imposible admirar el culo propio a no ser que seas actor porno o un contorsionista. Sepan ustedes que miles de personas son tratadas cada día de tortícolis porque quieren saber cómo tienen el culo. Con lo fácil que es que te lo digan los demás… Por cierto, si son ustedes mujeres y quieren saber cómo tienen el culo, aquí me tienen para lo que deseen. Soy de lo mas objetivo y tengo tarjetas con números para puntuar del 1 al 10. Lo pasaremos bien (sobre todo yo).

Mucha gente cree que el lugar donde más se utilizan los culos es en el baño de cualquier casa,  o en el bidet de cualquier club de carretera. Pero no. El lugar donde más se utilizan los culos es en el trabajo. Si señores (y señoras), en cualquier trabajo estamos siempre hasta el culo, el jefe nos da por el culo, estamos todo el día con el culo cuadrado o el jefe de personal nos dice que nos metamos nuestras excusas por el culo. El culo está tan presente en el trabajo como el robo de rotuladores fosforecentes o el café de máquina que sabe a lubricante de camión.

En anatomía se define culo como el conjunto de dos nalgas lo cual resulta curioso porque eso significa que el ser humano economiza por naturaleza y en vez de decir “menudas dos nalgas” dice “menudo culo”. Tengo la teoría de que esto es porque los hombres no podemos admirar muchas cosas al mismo tiempo y con dos pechos ya tenemos suficiente información así que reducimos las nalgas a la mínima expresión de “culo”. Sea como sea, queda claro que un culo es simplemente eso: un conjunto. Pero de la misma persona, porque si en una orgia esta la nalga de un tipo junto a la nalga de otro tipo, eso no es un culo: eso es una guarrería. Organización. Continuándo con la semántica, utilizamos culo para cientos de cosas ajenas al culo en sí, como “ese peinado te queda como el culo”, “voy de culo”, “vete a tomar por el culo”, “gafas de culo de vaso”, “confundir el culo con las témporas” o “te voy a dejar el culo como un bebedero de patos” (aunque esta última creo que si se refiere al culo).

Culo, trasero, pandero, pompis, posaderas, retaguardia, culamen… todo diferente pero todo lo mismo. Está la espalda, las piernas, están las manos o los pies, están los hombros o incluso los pechos. ¿Y en que nos fijamos? En el culo. Lo cual define a nuestra sociedad como “culoadicta”, para lo bueno y para lo malo. El culo nos hace iguales a todos, pobres, ricos y registradores de la propiedad. Por eso precisamente somos culoadictos, porque todos (excepto los que se han sentado encima de una mina) tenemos culo. 

Porque como bien dijo el sabio, el día en que la mierda tenga algún valor, los pobres nacerán sin culo.

11/7/2014

La oriental desorientada



Esta es la historia de una de esas mujeres de ojos rasgados y pelo lacio que conoció a un gilipollas y de este encuentro surgió una bonita historia de amor. Por supuesto, el gilipollas es quien suscribe y la oriental era una japonesa que estaba de paso por mi ciudad. Siempre etiquetamos a los extranjeros de dos formas: los ricos y los pobres. Los ricos son los árabes y los pobres los moros. Los ricos son los japoneses y los pobres los chinos de la tienda de la esquina. No obstante todos son (más o menos) iguales. De la misma manera que sucede con catalanes y españoles, somos los mismos pero nos vemos de maneras diferentes. O no. Que eso tampoco lo tengo claro. Una vez conocí un español que bailaba sardanas y un catalán al que le gustaban las corridas de toros. Gracias a Dios, los dos se curaron y ahora el español trabaja en “La Razón” y el catalán trabaja en un restaurante untando tomate en el pan.

Dicho esto voy a narrar mi encuentro con esta oriental (japonesa) a la cual encontré mas perdida que mis (antaño gloriosos) adbominales, en el centro de Barcelona. Tan y tan delgada, tenía la piel tan blanca y  el pelo tan lacio y frágil que parecía que de un momento a otro fuese a esfumarse como un fantasma de esos de ojos grandes y negros. Pero no, era real y además era una mujer. Bingo: es el doble de lo que suelo conseguir. La susodicha me preguntó por el lugar donde estaba la Sagrada Familia y le respondí que yo era familia de Antonio Banderas. Me preguntó cómo llegar a la Plaza Real y le contesté que yo la convertiría en una princesa. Me preguntó dónde estaba la playa y le contesté que me gustaba verme reflejado en el océano de sus ojos azules. Por desgracia ella solo hablaba inglés (además de japoneso, supongo) y yo en inglés solo se decir “’i’m toreador” así que aquella oriental no pudo admirar mi maravillosa prosa. No obstante, el hecho de que yo fuese “toreador” pareció llamarle la atención. “I’m el gordo de Antequera, mas famous toreador of todos los times”. La mujer me enseñó una guía donde se veía una plaza de toros. Primer inconveniente: ¿cómo decirle a aquella oriental desorientada que en mi ciudad ya no se celebraban corridas de toros? Y aunque se celebrasen tampoco podría habérselo dicho (lástima que el esperanto nunca haya despegado). ¿Cómo hacerme pasar por famoso torero sin traje ni plaza ni toros? Donde ustedes ven inconvenientes yo veo oportunidades. “Tu go casa mía, yo show video de mis corridas”. Reconozco que la frase escondía un peligroso doble sentido, pero cuando poco interpretas, nada malinterpretas.

Esta historia finalizó cuando, en el comedor de mi casa, le puse a la oriental desorientada el video “Torero X” protagonizado por el famoso matador Rocco Siffredi, un clasico donde el italiano estoca con certeza a cuanto animal se le ponga por delante. La oriental desorientada salió corriendo de casa mientras gritaba pidiendo por la policia o quizás pidiendo a gritos una pizza de pepperoni con doble de queso y sin pepinillos. Nunca he sido muy bueno para los idiomas. Supongo que la oriental desorientada pensó que “Torero X” iba a ser una película de toreros mutantes aunque, a juzgar por el tamaño del estoque de Rocco, debo reconocer que la magnitud de todo aquello no era proporcionalmente humano.

Yo acabé de ver la película, por supuesto. Como bien saben la felicidad siempre está al alcance de nuestras manos.

6/7/2014

El hombre que nunca supo que era gay




Cuando comencé esta andadura cibernética para narrar mis (decepcionantes) experiencias con personas del sexo contrario, nunca pensé que acabaría también contando las historias de otros hombres. Para ser sinceros, me gusta la película “Espartaco” y a veces se me van los pies cuando escucho a Fangoria, pero de ahí a untarme aceite con una persona de mi mismo sexo, hay un largo camino. No tengo nada contra los gays, de hecho conozco a un amigo que tiene un primo que conoce a un camarero que una vez le sirvió un Aquarius de limón a un gay y asegura que son bellísimas personas. Incluso yo (como algunos saben) he tenido alguna desagradable experiencia con un camionero de Soria que me ha hecho dudar de mi propia heterosexualidad. Pero las dudas, como las almorranas después de cenar en un mejicano, siempre están ahí acechándonos. 

Hoy voy a hablar de otro hombre que no soy yo, o sea, de un hombre de verdad. O al menos eso parecía. La historia de “el hombre que nunca supo que era gay” es una historia absolutamente real, tan real como la honestidad de un político o la feminidad de Carmen de Mairena y me fue contada no hace demasiado (en realidad ayer mismo) por una mujer que se dignó a entablar conversación (aun desconozco el motivo).

Hay muchos tipos de hombres en el mundo, casi tantos como casillas en la declaración de la renta. Esta es la historia de un hombre que tenía a su lado a una de esas mujeres por las que se han conquistado países, escalado montañas o se han impreso postales de gatetes besándose. Y a pesar de ello, era incapaz de conseguir algo por lo que el resto de los mortales suspiramos: satisfacerla carnalmente. De acuerdo, la carnalidad no forma parte del todo en una relación sentimental, el sexo apenas es el 99,99% del amor. Pero también es la amalgama que cimienta la relación. Si no follas cada cinco minutos ¿para qué estar con alguien? Soy hombre, no me lo tengan en cuenta...

Al parecer, la mujer con la que hablé anoche, además de guapa, inteligente, divertida y con un pelazo que haría la envidia de todas las hembras (y algún que otro hombre) del planeta, era una mujer a la que le gusta vivir el sexo en toda su plenitud como un servicio de atención al cliente, siempre dispuesto a ayudar durante el día, la noche o los fines de semana. ¿Hay otra manera de vivir el sexo que no sea esta? Personalmente creo que no. Además resulta que la (ex)pareja de esta impresionante dama no parecía atenderla carnalmente con la regularidad que ella merecía.  Al parecer “el hombre que nunca supo que era gay” no era mal tipo pero era un narcisista compulsivo que prefería gastar su tiempo observándose en un espejo a gastar su tiempo paseando por las curvas de aquella espléndida mujer. ¿Qué puede mover a nadie a preferir mirarse en un espejo, coleccionar motos antiguas o leer un libro antes que a fornicar a todas horas con una mujer de la que, además, crees estar enamorado? Todos tenemos traumas, con nuestros padres, madres, hermanos o cura del pueblo demasiado cariñoso. Todos arrastramos carencias que nos convierten a niños grandes pero ningún trauma o carencia podría justificar que nadie desatendiese una mujer tan extraordinaria como aquella.

Muchos de ustedes se preguntarán porque hablo de un hombre a quien no conozco cuando en realidad debería estar hablando de la mujer que conocí. Los errores ajenos son más fáciles de describir que los propios. Aquella mujer era la mujer que cualquier hombre ha soñado en algún momento de su vida y, no obstante, “el hombre que nunca supo que era gay” era incapaz de verlo en el sentido carnal más amplio.

¿Era él realmente gay? Posiblemente no. Pero sepan ustedes, queridos animales de compañía, que si alguna vez encuentran a alguien por quien realmente merece sudar más de lo necesario (como la mujer que conocí anoche), nunca se comporten como una dulce bailarina que apenas transpira. Es la mayor estupidez que puede cometer cualquiera. A follar, que el mundo se va a acabar. Y si no, mejor dedíquense al macramé en la soledad de sus oscuros apartamentos. El amor, en gran medida, consiste precisamente en eso. 

Me refiero a follar, no al macramé.


2/7/2014

¡Gordo! ¡Flaco!



Leo en un blog de lo más interesante, un magnifico texto sobre la gente que critica a los demás por su físico (entre otros temas) y me ha hecho reflexionar (que no es volver a flexionarme porque la primera vez ya no llego).

El físico ajeno es lo primero que nos llega a los ojos, por muchos espejos que haya delante de nosotros, cualquiera que no sea nosotros mismos puede ver nuestro cuerpo mejor que nosotros mismos. Dicen algunas personas que prefieren a los/las simpáticos/as a los/as guapos/as. En primer lugar evitaré ser políticamente correcto porque la coletilla del “os/as” resulta tan incómodo como pesar 186 kilos e intentar atarse los cordones de los zapatos. Vivimos en un mundo donde la moneda que más se cotiza es la que se ve, no la que se intuye ni se escucha ni tampoco se lee.  Como decía Groucho Marx: “¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?"

La primera vez que fui a un dietista me hizo desnudar completamente, me obligó a subir a una báscula que crujió bajo mi pesó y me dijo que debía volver a la semana siguiente. “¿Volver para qué?”, protesté. “¡Si ya estoy aquí!”. No voy a criticar a los dietistas, pues ignoro para que sirven, pero con aquel conseguí perder tres kilos, cinco meses y más de novecientos euros. Si la genética te hizo ser gordo o delgado, puedes ser menos gordo o menos delgada pero la genética de Falete no le convertirá en Cristiano Ronaldo por muchos nutricionistas que se coma. 

Pero el problema no es querer ser como no se puede ser (o si se puede pero con un esfuerzo sobrehumano), el auténtico problema es que queremos que los demás sean como no pueden (o no quieren) ser y si no lo son, les criticamos. “Cada día estas más gordo, hombre”. “Come un poco mujer, que estás en los huesos”. ¿Quién no ha escuchado nunca una de esas frases? Nos empeñamos en juzgar, criticar o alimentar inseguridades ajenas con la inconsciencia de quien juega a la ruleta rusa con una pistola automática. ¿Saben por qué? Porque criticar nos hace sentir mejor que aquellos a quienes criticamos. Cuanto mas critiquemos mejor nos creemos. Curiosa manera de perder el tiempo. Nos encanta etiquetar a los demás para criticar también. La envidia es el deporte en el que España siempre es campeona del mundo, año tras año, sin rivales a su altura. Los delgados critican a los gordos y los gordos a los delgados. Unos no entienden a otros y los otros no entienden a los de más allá.

Veo la foto que acompaña a este texto (Oliver Hardy & Stan Laurel) y no se me ocurría nunca aconsejar a estos dos genios que adelgace uno o que engorde el otro. Lo único que les diría es: “seguid haciéndome reír”.

No me preocupa ser gordo ni calvo. Me preocuparía ser político o asesino. Cada uno es como la genética le ha hecho y como los bares le han moldeado. No se obsesionen ustedes con ser ballenas varadas en la playa o alambres de ferretería. Somos lo que somos, no lo que los demás ven que somos. Y yo soy un completo gilipollas, gordo eso sí.  Pero más feliz que una perdiz.