"El secreto del éxito es la honestidad. Si puedes evitarla... está hecho" (Groucho Marx)

18 dic. 2015

Guia para votar en las próximas elecciones generales

Como siempre, en mi tarea de educar a cualquiera que no sea yo mismo, les adjunto unas pequeñas instrucciones para que el próximo domingo 20 puedan ir a votar sin más problemas que recordar donde han dejado el DNI. Son técnicas bien fáciles que hasta un niño podría ejecutar. Ahora debería parafrasear a Groucho diciendo “¡Pues tráiganme a un niño!” pero me temo que en este siglo XXI tan políticamente correcto, es una frase sospechosamente pederasta. Así pues, olviden a los niños, olviden a las suegras y dejen de perder el tiempo yendo a votar porque aun tienen ustedes que comprar los regalos de Navidad y el champagne barato para el cuñado. De todas formas, si aun creen que han de defender la unidad de España, la unidad de Catalunya o la Unidad (el numero 1), aquí tienen unas fáciles y rápidas instrucciones.

Técnica “On your fucking face”
1-    Bajar a ver a la portera de la finca (o de la finca más próxima)
2-    De repente, propinarle un bofetón que le rompa las gafas y le deje la cara toda marcada
3-    Preguntarle amablemente a quien va a votar y votar lo contrario.

Técnica Stevie Wonder

1-    Coger todas las papeletas
2-    Sacarse los ojos
3-    Meter una papeleta al azar en un sobre
(Esta técnica también puede hacerse vendándose los ojos en vez de sacárselos con una cucharilla de café, pero no es tan divertido)

Técnica “on fire”
1-    Depositar todas las papeletas en una sartén.
2-     Darles fuego fuerte.
3-     Ir a hacer el vermú con una gran sonrisa dibujada en la cara.

Técnica Manuel Campo Vidal del bipartidismo
1-    Sentarte en una mesa
2-    Poner la papeleta del PP a la izquierda, poner la papeleta del PSOE a la derecha
3-    Quedarte dormido. Despertarte el lunes. Ir a trabajar.

Técnica Monedero
1-    Aleccionar a los demás lo que han de votar
2-    No votar
3-    Salir del colegio electoral haciendo la croqueta

Técnica "La constitución no se toca"
1-   Conectarse a la web de RTVE, buscar los archivos del NO-DO, verlos en bucle durante 24 horas
2-   Limpiar la lagrimita que se te escapa
3-   Ir al colegio electoral y buscar en vano la papeleta de Falange Española de las JONS

Técnica Catalunya Triomfant

1-    Votar por correo a ERC
2-    Hacer un castillo de “tres de vuit” con la familia delante del colegio electoral
3-    Pasar el resto de la jornada electoral en Urgencias

Técnica “Los españoles son muy españoles y mucho españoles son”

1-    Comprar el diario Marca
2-    Buscar el resultado del partido del Celta
3-    Votarte a ti mismo porque eres el mejor mucho español

Técnica Pornotube
1-    Conectarte a Internet la mañana de las elecciones para consultar los periódicos
2-    Darle por error al link de Pornotube
3-    Darte amor a ti mismo como un mono

Técnica CR7
1-   Vestirte con la camiseta oficial del Real Madrid comprada en una tienda de souvenirs por 3 euros
2-   Votarte a ti mismo aunque nunca te hayas presentado unas elecciones
3-   Ir corriendo hasta el centro del colegio electoral y gritar abriendo los brazos en busca de algún fotógrafo

Técnica Paco F Bahamonte
1-   Provocar una guerra civil
2-   Fusilar a todos los que están en las listas de partidos de izquierdas
3-   Ganar las elecciones los próximos 40 años

Técnica "The Pujols"
1-   Reunir a tus 21 hijos
2-   Repartir sobres con papeletas electorales de las elecciones Andorranas
3-   Iros todos a Suiza de finde montados en 22 Ferraris

Técnica Fernando Gilipollas
1-   Beber la noche anterior como si no hubiese un mañana
2-   Dormir la resaca el domingo de elecciones (que vote su **** madre)
3-   Encogerte de hombros durante los próximos 4 años








25 nov. 2015

El amor verdadero es una auténtica mierda

 ¿Se ha enamorado ustedes alguna vez? No me refiero a esas tonterías de besos robados a un transexual en un descampado en plena medianoche, tampoco hablo de sentir mariposas en el estómago durante una orgía bisexual que incluye cabras y enanos. Hablo de amor de verdad, ese tipo de amor que mueve montañas y evita guerras. El amor incondicional de Cleopatra por Marco Antonio o el amor ciego de Isabel Preysler por cualquier viejo rico famoso. Un amor que escapa de la cotidianeidad y busca una empresa mucho mas grande que la vida misma. Pero nadie ha experimentado nunca ese tipo de amor porque solo es real en la ficción de las novelas de Danielle Steele o en las películas de Isabel Coixet. A pesar de ello, nos esforzamos en la búsqueda de algo que aseguran es hermoso y da gustillo (sin darnos cuenta que el amor horizontal es aun mas bonito y da mucho mas gustillo). El problema llega cuando confundes amor con gastritis o con el mareo propio de un viaje en barco (como decía Goucho Marx). ¿Que es el amor? Yo no soy el mas indicado para decir eso pues los gordos sin autoestima nos enamoramos hasta de las farolas (aunque estén apagadas o rotas). Pero quizás sirva de ejemplo la historia que les voy a narrar a continuación.

La conocí en un bar de carretera y se llamaba Svetlana. ¡Un momento! ¡No saquen ustedes conclusiones precipitadas! De acuerdo, ella era una meretriz de club de carretera pero se trataba de un bar de carretera galardonado con el Condón De Oro de la revista "Meretrices Ilustrated" y también con el prestigioso "Cinco Gintonics" de la revista "National Bares de Lucecitas". El local en concreto se llama "El descensor del amor" y está ubicado al borde de una carretera nacional cerca de Barcelona. Era un majestuoso local de una planta con paredes de conglomerado y techo de uralita. Pero no juzguen a un libro por su portada, en su interior se criaban las mejores jacas del hipódromo. ¿Acaso con mis palabras parezco un machista que está a favor del turismo sexual? ¡No es cierto eso! Estoy a favor del turismo sexual, de las drogas blandas, de las drogas duras, del alcohol, del sexo gratuito y de que le peguen fuego a la discografía completa de Sergio Dalma.

Svetlana, mi amor, permanecía recostada con sus discretos 1,95 y pechos de 110, contra la barra del local, esperando el amor de la misma manera que los perros esperan las perras o esperan el pienso con sabor a pato. Cuando yo entraba en "El ascensor del amor", Svetlana me lanzaba una de esas sonrisas Profiden que enamoran hasta a los homosexuales mas radicales y abría sus brazos para que yo hundiese mi cabeza entre sus glandular mamarias cual infante recién nacido. Hablar (y solo hablar) con la diosa rusa de largas piernas costaba un whiskycola cada media hora (uno para ella y otro para mi) y las bebidas en aquella choza del placer costaban aproximadamente 50 euros cada una. Es lo que tiene el amor tarificado, es seguro pero no barato. Y además Svetlana, como Mariano Rajoy, apenas sabia pronunciar las palabras en castellano.

Se preguntarán ustedes si en algún momento, el exagerado amor vertical que yo sentía por Svetlana cambió a un plano horizontal y un entorno mas mullido. La respuesta es la misma en todos los casos: ¿acaso en el amor no hay sexo? El amor mullido de Svetlana costaba 750 euros la hora (servicios especiales aparte) así que un día después de mucho ahorrar (y robar bombillas a la comunidad de vecinos para revenderlas), decidí que había llegado el momento de descubrir lo que debía ser el amor mas allá de novias de colegio o intentar meterle mano a mi cuñada en la cena de navidad. Armado de valor, tomé la arriesgada decisión de cambiar el whiskycola por whisky a secas para armarme aun mas de valor. Después de media docena de whiskys (había robado muchas bombillas) y armado del invisible valor que acompaña a los tontos y a los borrachos, subimos a la habitación de Svetlana. Y digo subimos porque aunque el local era de una sola planta, estaba construido en la ladera de una montaña. Tomé asiento en una silla de mimbre mientras Svetlana se disponía a quitarse la ropa sensualmente frente a mi al ritmo del himno de Rusia interpretado por la Banda Central Militar del Ministerio de Defensa de la Federación Rusa (el CD de Joe Cocker estaba rayado...).

A los que se preguntan si finalmente si encontré el amor entre los brazos de la diosa Svetlana les he de confesar algo: cuando vayan a un bar de carretera nunca pidan whisky del bueno porque cuanto mas caro parece, mas falso es. La media docena de whiskys de garrafón crearon tal terremoto en mis ya castigados intestinos que cuando Svetlana se disponía a sacarse la ultima prenda de ropa que cubría su dorado triángulo, fue cuando la parte inferior de mi intestino dijo basta a tal contención (cual presa en película de desastres) y expulsé de manera nada elegante varios días de pizzas, empanadillas congeladas de atún y whisky de garrrafon a manera de aspersor de jardin sobre mi diosa rubia.  Hay mujeres a las que les excita la escatología aunque a juzgar por los puñetazos que comenzó a darme Svetlana, creo que ella no era de esas mujeres.

Y es que el amor verdadero es una auténtica mierda.



22 oct. 2015

Como hacer feliz a una mujer en 500.001 sencillos pasos



Hace tiempo (demasiado ya) conocí a una mujer de nombre francés aunque ella no fuese francesa. También era (y supongo que sigue siendo) una de las mujeres más hermosas que he conocido nunca aunque no fuese modelo ni tampoco actriz. Intenté seducirla, como lo he intentado sin descanso (de lunes a domingo) con todas las mujeres que se han cruzado en mi vida, la diferencia es que esta (después lo supe) me interesaba realmente. Era alta y delgada sostenida sobre dos hermosas piernas, su cuerpo era el que toda mujer más joven deseaba y toda mujer mayor añoraba. Pero no me enamoré de ella por eso. Tampoco por sus gruesos labios ni su hermosa nariz ni aun menos por su corte de pelo que dejaba caer un largo mechón de pelo castaño ocultando uno de sus hermosos ojos. Era la mujer aparentemente perfecta y después de haber hablado con ella supe que lo que había dentro de ella era aun mejor que lo que podía adivinar fuera. No hablo de su hígado ni tampoco de sus pulmones, me gustan las series de forenses pero no hasta ese punto. Porque resulta que la mujer de nombre francés que no era francesa sí que era inteligente. Siempre he sostenido la teoría de que cualquier mujer, por muy tonta que sea, siempre será más lista que el gilipollas que suscribe este texto. No obstante la mujer de nombre francés aunque no era francesa era realmente inteligente. Y ya saben ustedes que a los hombres lo que más nos asusta de una mujer es que tenga un gran cerebro o unos pechos pequeños. Por suerte ella solo cumplía uno de mis miedos pues sus pechos eran deliciosamente medianos. 

Intente seducirla, a fe mía que lo intenté, varias veces, pero todas y cada una de esas veces ella me rechazó como si yo fuese una multa de aparcamiento. De acuerdo, no soy delgado, no soy guapo, no tengo un pene de 35 centímetros ni tampoco una cuenta corriente en Suiza (segunda residencia de la mayoría de nuestros políticos). Puede que a algunas mujeres yo les parezca divertido o inteligente pero eso solo es consecuencia del alcohol (que ellas ingieren) y también de una sorprendente capacidad mía para recordar citas de filósofos griegos (que intercalo cada dos frases). Mis trucos suelen funcionar bastante bien a pesar de que mi porcentaje de éxito no llega al 1% (aunque solo es debido a que aun no llegué a las 100 mujeres). 

Soy un prodigio de la perfección hecha (abundante) carne... ¿Entonces porque ninguna mujer me dirige la palabra más allá de la tercera cerveza? No digo ya la mujer de nombre francés que no era francesa sino cualquier otra mujer más terrenal e incluso menos apetecible. 

Creo que mi problema siempre ha sido el sujeto. Y no hablo ahora de ese tipo raro que duerme en el rellano de mi escalera y huele fuerte sino que me refiero al sujeto quien actúa. Siempre espero que ellas actúen, me limito a desplegar apenas trescientos o cuatrocientos trucos de prestidigitador sentimental y aguardo a que  caigan rendidas a mis pies con sabañones. Quizás debería ser un poco mas insistente, ya saben, como esos tipos a los que un juez les regala un papel en cuyo encabezamiento pone “orden de alejamiento”. Al menos a ellos les rechazan de manera oficial con papel del estado.

Creía conocer los 500.000 pasos para hacer feliz a una mujer gracias a un viejo libro que compré a un vecino africano. Quizás el problema es que para hacer feliz a la mujer de nombre francés que no era francesa necesitaba un truco más. O fue eso o bien es que el libro estaba escrito en un desconocido dialecto de una tribu desaparecida en el siglo XIX y yo no me había enterado de nada. 

Que también puede ser.


17 sept. 2015

La nueva vecina (2)


En primer lugar quiero agradecer a todos los lectores por sus amables comentarios en anterior entrada donde pedía consejos para seducir a mi nueva vecina. Con sus palabras queda claro que saben ustedes tanto de seducción como yo de Dinámica Termoplastica aplicada al estudio del Romanticismo Literario en la Alemania del Siglo XVIII. Supongo que la culpa es mía porque debería haber imaginado que alguien que lea este blog y se atreva a escribir un comentario, de entrada muy normal no debe ser. De todas formas, voy a continuar con mi plan de irresistible seducción para conseguir derribar (literalmente) la pared medianera que nos separa y convertir nuestros respectivos pisos en el hogar del amor.

El siguiente paso consistió en comenzar el camino de la seducción por donde mejor se conquista a una personas, ese lugar llamado estómago o buche o panza (o barriga cervecera en mi caso). Así pues, como la ventana de mi cocina da a un patio interior donde ella tiene la  ventana de un pasillo, puse todos mis conocimientos en cocinar un delicioso plato cuyo aroma se deslizase por el aire cual hermoso halcón de ala plateada y se introdujese en todas las cuevas de su piso, al tiempo que en sus fosas nasales. Por desgracia, mi sabiduría culinaria solo es comparable a mis conocimientos de la Dinámica Termoplastica aplicada al estudio del Romanticismo Literario en la Alemania del Siglo XVIII. Lo único que conseguí fue llenar su casa de humo de sardinas quemadas con la inevitable llamada a los bomberos (los vecinos creyeron que mi piso se estaba incendiando) y el escenario final fue mi cocina repleta de musculosos hombres armados con mangueras y llenando mi cocina de agua. Supongo que tan homoerotico final no debió impresionar a mi vecina quien asistió atónita al momento, asomada al patio. Lo único que pude hacer fue sonreír y encogerme de hombros mientras ella cerraba de golpe la ventana.

De acuerdo, el primer capitulo de la novela de amor había acabado convirtiéndose en una escena de película de los hermanos Marx, no obstante, como el amor es un libro de muchos capítulos, comencé a escribir el segundo en la forma de estudiar a mi vecina por la calle, contemplando sus rutinas e incluyéndome sutilmente en su vida. Por desgracias su rutina incluía ir al gimnasio, comprar frutas y verduras e ir a comer a un restaurante vegetariano (donde no sirven ni alcohol), ir a museos y pasear a ritmo de corredora olímpica. Actividades todas que mi condición de hombre mesetario me impedían emprender. Además de fracasar también conseguí que mi vecina me denunciase a la policía porque durante dos semanas la seguía a todos lados (incluidos los baños de señoras del exclusivo gimnasio Lesbos). Ahí fue donde descubrí que era guapa pero no era miope.

El tercer capítulo de nuestra historia de amor consistiría en poner música a todo volumen para que ella la escuchase y se diese cuenta que, a pesar del juicio pendiente por acoso, yo era alguien en quien confiar. Ella trabajaba en algo relacionado con la música así que rebusqué entre mis viejos vinilos algo de música clásica pero no encontré nada. No obstante, como la música siempre será música y siempre será algo hermoso, me dediqué durante tres días seguidos (con sus correspondientes noches) a pinchar a todo volumen discos de Luis Aguilé, Parchís y Locomía con los altavoces enfocado en el balcón hacia su dormitorio. Por desgracia, esta hermosa iniciativa musical solo contribuyó a que ella me pusiese una segunda denuncia por contaminación acústica. Del amor al odio dicen que hay un solo paso ¿no? Debía volver a intentarlo.

Mi siguiente iniciativa fue mucho mas directa y consistió en hacerme con unas bonitas flores, con una botella de buen vino también y plantarme frente a su puerta para pedir sinceras disculpas por lo sucedido en el acto de tender puentes de amistad que a su vez nos llevasen por la autopista del amor y a su vez la llevase a ella a retirar las denuncias. Para todo esto debía solo debía armarme de valor, no obstante, como el valor no es precisamente la cualidad que mejor me distingue, fuí antes al bar a tomar una cerveza que me empujasen a emprender tan definitiva acción. El problema es que una primera cerveza fue seguida de otra, después llegó un amigo y nos tomamos otras dos, después tres cervezas mas para relajar la musculatura perineal y esta particular sucesión alcohólica de Fibonacci se prolongó en el tiempo hasta que a las cuatro de la mañana aporreaba yo la puerta de mi amada, totalmente borracho, con unas flores rotas de plástico que había encontrado en un contenedor (donde me había detenido a vaciar la vejiga) y un tretrabick del mejor vino que uno puede comprar en una gasolinera. Por supuesto que me gané la tercera denuncia aunque debo reconocer sin vergüenza que esta vez quizás fuese mucho más que merecida.

¿Y ahora que? Tengo tres denuncias, la vecina no me quiere ni ver y la guardia urbana me ha incautado el tocadiscos. Necesito ayuda y es por eso que vuelvo a requerir de sus consejo, queridos lectores, aunque en esta ocasión espero que sean un poco más inteligentes que la vez anterior. De acuerdo... lo que acabo de explicar no me convierte en la persona mas idónea para para hablar de estrategias inteligentes. Pero necesito ayuda desesperadamente. También necesito un tocadiscos. Y necesito los apuntes de primer curso de Dinámica Termoplastica aplicada al estudio del Romanticismo Literario en la Alemania del Siglo XVIII.


5 sept. 2015

La nueva vecina (1)



Este septiembre, mes de los coleccionables, acabo de añadir a mi colección de "vecinas comestibles" a un  nuevo ejemplar de esas que viven pared contra pared y puerta con puerta. Por desgracia, después de conocerla, lamento que no sea también una de esas vecinas que viven cama con cama. Siempre he sido terriblemente torpe para calcular la edad de cualquier objeto de decoración así que me aventuraré a decir que mi nueva vecina tiene entre 18 y 46 años, mes arriba, mes abajo. Es morena, tiene el pelo corto como si acabase de salir de una peluquería de la primera temporada de “Sálvame” y gasta gafas de intelectual asexuada aunque gracias a Dios (y también a la genética) mi vecina tiene un cuerpo que conseguiría que los mas radicales de Podemos pactasen con los más casposos del Partido Popular. También gracias a Dios (y a un arquitecto) mi piso tiene tres ventanas frente al suyo. Así que ya pueden ustedes imaginarme que, desde el momento de su muda, yo voy de una ventana a otra cual émulo del Flash televisivo. Pero tranquilos, lo de la muda no va porque ella sea una víbora. Tampoco me he embutido yo en un traje rojo con un rayo dibujado en el pecho. Más bien me gustaría a mí ser la víbora que serpentea por sus pechos cual descontrolado rayo. De acuerdo, es un juego de palabras de mierda, pero cuando la sangre se concentra en los genitales, al cerebro le falta gasolina para juntar palabras de manera ocurrente.

¿Cómo contactar con ella? Ustedes seguramente me aconsejarían que acuda a su puerta, de unos golpecitos y me presente como su vecino. Vale, pero resulta que no les he pedido ningún consejo. Lo primero que he hecho ha sido bajar a los buzones a ver si aparecía su nombre en alguno de ellos... tampoco. Lástima, saber el nombre de una persona te garantiza que en menos de 10 minutos podrás ver alguna foto suya en en alguna playa y convenientemente desvestida. Gracias señor Zuckerberg por habernos ahorrado a los hombres horas y horas de picar piedra para desvelar el tesoro que se esconde bajo las prendas del imperio Zara. ¿Cuál sería el siguiente paso? Un momento… guárdense sus consejos de nuevo. Esta es una pregunta retórica (que para quien no lo sepa es el tipo de preguntas que lanzamos al viento los que no tenemos amigos de carne y hueso). 
 
Mi siguiente paso fue plantarme frente a su ventana completamente desnudo y untado de mantequilla y mermelada todo el cuerpo con un cartel colgado del cuello que decía “bienvenida vecina, soy tu desayuno”. Si ustedes conocen mi cuerpo entenderán porque al día siguiente la vecina hubiese colocado unas gruesas cortinas en todas las ventanas. ¿Qué problema tienen las mujeres con la mantequilla y la mermelada? ¡Era mantequilla y mermelada light! Ella se lo pierde, amor y desayuno en el mismo pack no te lo ofrecen todos los días.

También he intentado hacerme el encontradizo en el rellano pero ella sale a primera hora hacia el trabajo y va tan dormida que todas las veces me ha aparado propinándome un golpe con un casco de moto como si yo fuese un molesto mosquito. Y mosquito no soy. Supongo que las seis de la mañana no es el momento más adecuado para las artes del amor. Alguna vez me la he encontrado en la entrada del edificio, junto a los buzones, recogiendo su correspondencia. Siempre que ha sucedido eso hago el famoso paso de moonwalker del negro que quería ser blanco (algo que siempre funciona) pero ella me mira con desprecio y se va sin decir nada. Creo que lo de la mantequilla y mermelada no ayudó a generar un ambiente propicio para la confianza. 

¿Y ahora qué? Se aceptan sugerencias (que no consejos) porque han de saber que depende de ustedes que esta historia continúe con éxito horizontal (además de exceso de lubricante). Por eso he titulado este texto "La nueva vecina (1)". Vayamos todos a por el 2 (aunque solo me la beneficiaré yo, o eso espero).




19 ago. 2015

Encuentros gilipollas en la quinta fase



Después de este merecido paréntesis vacacional vuelvo a ustedes con energías y vestuario renovados para compartir algunas de las aventuras que me han sucedido en las últimas semanas. Han de saber antes que en el idioma gilipollas “paréntesis vacacional” significa “sofá, ventilador y pizza”, lo de siempre, vamos. La única diferencia es que ni me levantaba del sofá para escribir en este blog. Quizás habría debido decir “paréntesis virtual”. Que se yo… tanta pizza ha convertido mi cerebro en pepperoni con anchoas.

Lo que les voy a contar, mis queridos animales de compañía, es tan real como la honestidad de un político o los 35 cms de media del pene hispano y sucedió a finales de Julio cuando caminaba yo por los alrededores de una playa nudista convenientemente ataviado con bañador, prismáticos, cámara de fotos y kleenex. Lo que se conoce como senderismo vacacional, vaya. Sucedió cuando me adentré entre unos juncos para obtener mejor visión de los preciosos animalicos que permanecían en el paraje, cuando una mujer llamó mi atención apareciendo casi de la nada también entre los juncos.

 -¡Eh no estoy haciendo nada malo! –comencé a protestar antes que ella abriese la boca- ¡No soy un voyeur ni vengo aquí a tocarme mientras contemplo con mis prismáticos a las mujeres desnudas cada día de Martes a Domingo de 10 a 12 de la mañana siempre que no llueva! ¡Yo no soy uno de esos degenerados!

Entonces me di cuenta que la mujer iba vestida como con una especie de traje de látex dorado. Y lo más curioso de todo es que a pesar de aquella vestimenta y de sufrir mas de 35 grados de temperatura, yo sudaba como un cerdo y ella no tenía ni una perla de sudor en todo su rostro. Había que ser muy extraterrestre para no fallecer de un golpe de calor de esa manera a esa hora y allí.

 -Soy una alienigena arribada de una distante agrupación nebulosa con el fin de adjudicarte una dádiva de nuestro poblado –dijo ella.

Una extraterrestre, maldita sea, había acertado algo por primera vez en mi vida y no era la quiniela ni la lotería primitiva.

 -Vale… ¿podrías hablar como si no fueses un manuscrito encontrado hace cinco siglos?

La mujer era hermosa como una muñeca hinchable e igual de cercana y humana. Hablaba de manera mecánica y me miraba por encima de mi sudorosa calva.

 -Una extraterrestre que te traigo un regalo -dijo finalmente ella con esa expresión de fastidio que no conoce de constelaciones.
 -Ah vale, entonces acepto –contesté deslizando mi bañador piernas abajo- ¿Prefieres encima o debajo? Aunque como buen caballero te advierto que si escoges abajo, las cañas estas se clavarán en tu alienígena trasero.
 -No voy a copular contigo, ente plastiforme con base de carbono.
 -¿Eso ha sido un insulto o un halago?      
            
La alienígena obvió mi pregunta y me hizo entrega de una especie de casco lleno de cables que sacó de vaya usted a saber dónde. Los alienígenas debían haber perfeccionado las mochilas transparentes, sin duda. Menuda tecnología...

 -Esto es un transpondedor de emociones básicas –dijo la alienígena-. Este es el regalo que nuestro pueblo hace a tu raza.
 -Lo siento, no tengo moto. Me quitaron el carné por estacionar mi scotter en la barra de un club de carretera. ¿No tendrás alguna otra de esas mochilas invisibles que te sobre? Eso si que sería un buen regalo y me vendría de perlas para cargar con todo esto cuando vengo a la playa y que nadie piense que soy un voyeur que coge el autobús 27 y hace transbordo al 42 para venir a de Martes a Domin...
 -¡Es un transpondedor! -interrumpió la muñeca de plástico visiblemente enfadada- ¿No sabes para qué sirve?

Vengan del planeta que vengan las mujeres parece que siempre causo el mismo impacto en ellas: sorpresa, hastio, ira y misterio. Lo del misterio es porque misteriosamente todas desaparecen al cabo de un rato.
 
 -Hay mañanas en que me levanto y no sé ni para qué sirve la toalla del baño, querida. Creo que habéis ido a escoger al humano menos capacitado.
 -Un tranpondedor de emociones básicas es un adminiculo que te colocas en la cabeza y te obliga a expresar las emociones más básicas sin ningún tipo de filtro ni moral ni educacional.  Nos hemos dado cuenta que el principal problema de vuestra raza son vuestros dirigentes, los que tienen el poder económico o social. Imagina que utilizáis esto con vuestros dirigentes… ¡podríais saber que piensan realmente!
 -¿Y cómo funciona?

La alienígena plantó el caso en mi cabeza y de repente mi boca se abrió y solté toda la sinceridad que guardaba dentro de mí.

-¿Sabes una cosa? –comencé acercándome a ella- Lo que en realidad quiero es que acabe esta cháchara interestelar para arrancarte la ropa a mordiscos y comerte el (censurado) y lamerte los (censurado) y después meter mi (censurado) en tu (censurado) y coger un tarro de mermelada y untarte los (censurado) para después comerme la mermelada directamente de tu alienígena (censurado) y después (censurado) (censurado) (censurado) (censurado) (censurado) (censurado) y además (censurado) (censurado) (censurado) (censurado) (censurado) (censurado) (censurado) (censurado) y finalmente (censurado) (censurado) (censurado) (censurado) (censurado) (censurado) (censurado) (censurado) (censurado) mirando las estrellas.

Como no podía ser de otra manera, la alienígena desapareció con la misma facilidad con la que aparecían las cosas de su mochila invisible y nunca más volví a saber de ella. Supongo que volvió a su planeta de tías buenas de látex o quizás le regaló el caso  a algún otro pobre ingenuo motorista.

Al parecer nuestro mundo no está preparado aun para una invasión de la sinceridad más absoluta.


3 jul. 2015

Un día en las carreras

Hace poco un conocido me invitó a unas carreras de karts (karts indoor) que se celebraban en las afueras de la ciudad. Acepté imaginando que echaríamos una buena tarde sentados en una grada viendo a niñatos dándose ostias unos contra otros mientras bebíamos cerveza y lanzábamos hermosos eructos al cielo. Cual fue mi sorpresa cuando descubrí que la proposición incluía gastar muchos euros para conducir aquella especie de troncomovil homologado. De espectador a protagonista en unas pocas frases (lo que siempre hemos soñado cuando vemos una porno). Para quien desconozca lo que es un kart, se trata de una especie de auto de choque que, efectivamente, va chocando contra todo solo que a una endiablada velocidad que te invita (nada) amablemente a sacar el hígado por la boca al salir de la primera curva mientras gritas "¡Decidle a mis hijos que les quise mucho!". La cámara de tortura la conformaba una suerte pista de scalextric gigante con una buena noticia de regalo: tenían un luminoso bar donde atendían unas lustrosas señoritas con pantalones tan cortos como el currículum de un estudiante de bellas artes. Después de registrarte y escoger un apodo te dan un carnet de corredor que supongo es como una súper licencia de F1 solo que esta es para que idiotas sin futuro se estampen contra un puñado de neumáticos en la primera curva. Yo escogí como apodo "follador" sin saber que anunciaban a los corredores de cada tanda por los altavoces al tiempo que mostraban nuestras fotos en unas gigantescas pantallas de vídeo. Sin palabras.

Lo primero que te obligan a ponerte es un ridículo gorrito de baño para mantener la cabeza higiénicamente a salvo de las cabezas de otros cientos de corredores que se han calzado el mismo casco pues de todos es sabido, entre los corredores aficionados de karts es común la proliferación de piojos, pulgas y extraños cortes de pelo. Yo, además del profiláctico gorrito me coloqué un protector dental de boxeador, una huevera de aluminio y un condón con sabor a fresa. Lo reconozco, soy gilipollas pero gilipollas corredor de karts precavido vale por dos (aunque por mi tamaño ya valgo por dos... o sea, valdría por cuatro). También hay a disposición de los que se creen Fernando Alonso, unos cuantos monos de cuero, zapatillas y guantes. No me los puse porque imaginé que alguien de mi tamaño intentando salir de un mono de cuero en pleno verano debe ser tan fácil como resolver un puzzle de diez piezas de Peppa Pig.

Una vez explicado el funcionamiento del dichoso cochecito y las dichosas normas del circuito, nos metimos en nuestros respectivos bólidos (mas bien yo me encajé dolorosamente en lo que parecía una sillita de bebé) al tiempo que el resto de corredores (quienes no tendrían mas de quince años) tomaban asiento en otros bólidos de juguete. Sonreí para mis adentros imaginando que aquellos mocosos nunca habían conducido en toda su breve vida y, por lo tanto, la gloria del podio estaba tan solo al alcance de mi pie apoyado en el pedal del gas. El comienzo de todo aquello debería haberme dado alguna pista de que la realidad siempre es diferente de lo que nos muestran en Telecinco, En la linea de salida, en vez de dos docenas de espectaculares pitgirls enfundadas en cortísimos pantaloncitos y ajustadas camisetas, había un tipo con cara de no haber acabado la siesta y que nos repetía "cuidado con las luces" como si estuviésemos todos inmersos en el remake de "Poltergeist".

De la carrera no puedo contar demasiado porque en la primera curva mis cervicales decidieron ir por un lado y mi cabeza por otro lado en un crujido digno de la separación de los continentes. Yo intentaba no vomitar y controlar aquel diabólico cochecito mientras los niños me adelantaban, golpeaban y mostraban el dedo corazón en común ritual que escapa a mi entendimiento. Las normas del circuito decían que si algún corredor iba mas rápido que tú te mostrarían una bandera azul para que le cedieses el paso. Mi carrera fue un maravilloso desfile de banderas azules al tiempo que todos adelantaban en una especie de juego que yo no acababa de comprender.
 
Diez minutos mas tarde, la tortura finalizó y volvimos a los boxes mientras yo barrutaba si cabía la posibilidad de haberme dejado algún empaste dental en la pista. Me ayudaron a salir del tortuoso vehículo, vomité encima de un comisario de pista, me ayudaron a llegar a la salida, vomité en una maceta... y si creen ustedes que mi tortuoso paso por esta versión infantil de la Formula 1 finalizó aquí, deben que saber que al acabar la carrera ponen un vídeo con los ganadores y los tiempos. No subí al podio (evidente) pero los espectadores pudieron contemplar a los tres ganadores encaramados en el podio y a través de pantallas gigantes de vídeo donde también se veía a quien suscribe vomitando dentro de un casco junto a ellos. Para mayor desgracia era el casco de uno de los corredores de la siguiente tanda quien se lo encajó con rapidez en la cabeza sin reparar en el puré de ADN gilipollas que guardaba en su interior y comenzó a deslizarse por sus mejillas y su cuello.  

Vomité en la calle, vomité en el autobús de vuelta a casa, vomité en casa y sigo vomitando mientras escribo esto y mientras mis cervicales aun siguen dando vueltas por el dichoso circuito buscando la salida. ¿Quieren un consejo? Uno bueno, en serio, y gratis: cojan su carné de identidad, miren el año en el que han nacido, calculen la edad que tienen (la calculadora ayuda) y ni se les ocurra emprender ninguna empresa propia de alguien con la mitad de edad que ustedes. Sus cervicales y su estómago se lo agradecerán.