"El secreto del éxito es la honestidad. Si puedes evitarla... está hecho" (Groucho Marx)
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15 oct 2013

La de los ojos verdes

Aunque últimamente haya estado algo silencioso no les voy a permitir comenzar argumentar que eso se deba a que haya catado mujer que me aparte del escarnio público que significa este blog. No he catado mujer, lo he intentado con todas mis fuerzas y mis mejores armas pero no he conseguido llegar más allá de unos breves preliminares. Quizás porque mis fuerzas y mis armas no son las de antaño. Pero lo he intentado, en varias citas de las que ahora pasaré a narrar la ultima. Una cita que, aunque rodeados de vinos, no acabó en la cata de la mujer. Pero no nos avancemos, recuerden que las mayores decepciones necesitan siempre de los mejores preámbulos. Vamos a ello: la conocí como se conocen a todas las mujeres interesantes que no tarifiquen el amor por horas: en internet. Obviaré su nombre porque sé que a Amalia no le haría ninguna gracia que lo relevase. Por internet conoces a muchas mujeres aunque, en mi caso, siempre acabo descubriendo que son hombres que desean empotrarme cual armario de los años 60. No obstante, para mi alegría y posterior erección, la persona que apareció por la boca del metro era una mujer. Y que mujer… ojos verdes, cuerpo de escándalo, pelo rubio, cuerpo de escándalo, maravillosa sonrisa, cuerpo de escándalo, y unas graciosas gafas de hipster, además de un cuerpo de escándalo. Me pellizqué varias veces en el antebrazo después de que ella me saludase con dos besos, en realidad me pellizque tan fuerte que la próxima semana tengo cita para que un cirujano plástico me reconstruya el antebrazo, imaginen como era aquella mujer. Caminamos unos cientos de metros hasta una bodega de diseño donde el vino se paga a precio de oro líquido y te ponen tanta cantidad como un par de gotas de la lluvia más liviana. La mujer se sentó frente a mí, o yo frente a ella, nunca se la diferencia. Poco después apareció de la nada una especie de sumiller de dudosa sexualidad que nos hizo sentir que el mejor vino que habíamos tomado en nuestras vidas venía en un tetra brick. Siempre es un placer ir a un sitio caro, pagar el triple de lo que algo vale y que encima te hagan sentir un idiota. Pero eso poco importaba puesto que la mujer de maravillosos ojos verdes valía cualquier suerte de humillación. Estuvimos hablando un rato mientras las copas de vino desfilaban una tras otra, en realidad medias copas de vino a precio de botella entera. Pero nosotros reíamos y sonreíamos y reíamos y volvíamos a sonreír mientras las delicadas copas de vino chocaban entre sí. Y fue entonces, inmerso en esa especie de júbilo alcohólico, que recordé que soy más pobre que las ratas y que todo el dinero que llevaba en el bolsillo era un botón de nácar y media docena de cascaras de pipas. Muchos de ustedes pensaran que aquella cita había comenzado tan espectacularmente bien como espectacularmente mal iba a acabar. Pero sepan ustedes que están leyendo las palabras de un genios y los genios siempre encontramos ventajas donde otros ven adversidades. Mi plan era sencillo: seguir pidiendo una copa tras otra hasta que ella estuviese tan borracha que pagase la cuenta y acabase en mi cama sin darse cuenta. Dos pájaras de un tiro. Olviden todo eso que emborrachar a una mujer para conseguir sexo es un acto que degrada la condición femenina. No hay nada malo en eso. Lo que verdaderamente denigra a la mujer es que un hombre de mi condición no le haga el amor cada noche. O al menos eso me repito cada día cual mantra sexual. Cuatro horas y veinticuatro copas de vino más tarde nos dirigíamos tambaleantes hacia la salida y justo cuando la encargada estaba imprimiendo la factura más larga de la historia de los idiotas que quieren fornicar con mujeres de ojos verdes, mi acompañante se llevó la mano a la boca y salió corriendo a vomitar.  Pero antes de anticiparnos a lo sucedido sepan ahora ustedes que también hay rubias inteligentes. Dos horas más estuve esperando a que la de los ojos verdes volviese al local, cosa que nunca sucedió. Puede que la rubia de ojos verdes se oliese mi jugarreta y saliese corriendo, puede que se cruzase con un adonis que se aprovechase de la borrachera de ella, puede que simplemente se perdiese por las calles de la ciudad, Pero fuese el motivo que fuese lo que la impidiese volver a mis brazos, las consecuencias eran las mismas. Desde ese día debo acudir cuatro horas al día para  lavar las copas y los lavabos del local pero lo que nadie sabe es que lo hago con el mismo trapo, la venganza es un plato que se sirve húmedo. ¿La moraleja de hoy? El alcohol no es malo, lo malo es tener que pagar por beberlo.