
Aviso: el siguiente texto puede resultar ofensivo para aquellas mujeres que creen que la película "Princesa por sorpresa" está basada en hechos reales. No es que sea machista y crea que solo hayan visto la película mujeres. Se de buena tinta de dos hombres que la vieron y ahora viven juntos en una preciosa casita de caramelo.
La siguiente historia ilustra de manera adecuada el grado de gilipollez que adorna mi exiguo cerebro (con algo de serrín a modo de relleno), es totalmente real y a aquel que crea que he exagerado iré y le partiré las dos piernas y luego le romperé el yeso y le robaré las muletas.
Comienza el día en que quedé para cenar -nuevamente- con "morena amiga de mi amigo". Quienes desconozcan quien es pueden consultar posts anteriores tampoco es necesario para entender lo sucedido, mis desgracias no suelen estar encadenadas, vienen solas porque si como si estuviesen esperando en fila su turno para martirizar mi cotidianidad.
A lo que vamos: era de noche y había quedado para cenar con la amiga de mi amigo pero -como no podía ser de otra manera- cenamos paella. ¿Podía haber dicho "no quiero cenar paella"? Solo son cuatro palabras y no resulta demasiado complicado ponerlas en orden, incluso para un completo gilipollas como yo. Aquella noche había hecho la promesa de decir "si" a todo a ver si "la amiga de mi amigo" se contagiaba de esta sutil táctica. Por supuesto, soy de los que no aprenden, sobretodo cuando delante tengo dos pechos bamboleantes pidiendo ser mordidos. Pierdo la razón y me convierto en una baboso animal que solo sabe repetir "si". Ella preguntó si quería cenar paella y lo siguiente que recuerdo es estar sentado en la taza del lavabo de caballeros apretando con fuerza para sacar lo mejor de mi.
Maldita paella.
Llegados a este punto me saltaré los detalles e iré a la mayor de las tragedias que llega en forma de pregunta: ¿Qué hay peor que llegar corriendo con un apretón al lavabo y descubrir que no hay papel higiénico? Correcto: solucionar el apretón y descubrir DESPUÉS que no hay papel higiénico. Y de esta guisa, con los pantalones por las rodillas comencé a mirar alrededor para encontrar algo con lo que limpiar aquel desaguisado que había manchado mis honorables posaderas. A mi alrededor solo había paredes llenas de grafitis del estilo "Si cagas silbando, la mierda saldrá bailando" o "En este humilde rincón, hasta el más hombre se baja el pantalón" y claro está, mi propia ropa a la altura de tobillos y pecho. ¿Qué otra cosa podía hacer aparte de utilizar mi propia ropa para limpiarme? Pero solo la ropa interior. Aunque soy un completo gilipollas reconozco que no habría sido una buena idea volver a la mesa con la camisa o los pantalones manchados de cierta sustancia marrón sospechosamente parecida a lo que en realidad era. Así pues, en una acrobacia digna del Circ Du Soleil, procedí a quitarme los pantalones para después quitarme los calzoncillos de los meses impares con tan mala suerte que resbalé en un sospechoso líquido amarillento que había en el suelo y acabé sentado en los mismos pantalones que pasaron de ser azules a marrón-azulados. Nuevo inconveniente. ¿Y si acababa de limpiarme con los pantalones y volvía a la mesa sin ellos? La amiga de mi amigo no era tan tonta y habría notado la diferencia. El gilipollas ahora lleva pantalones, el gilipollas ahora no lleva pantalones. ¿Dónde están los pantalones del gilipollas? Esa no es manera de tratar a una mujer, lo reconozco, así que sumergí los pantalones en el agua del lavabo para limpiarlos sin recordar que antes debería haber tirado de la cadena. De repente en los pantalones ya no quedaba rastro de azul: todo era marrón. Y mi futuro de color negro. Ya no cabía preguntarme "¿que podía hacer?", ahora solo cabía decir "la he cagado". Aquí es donde esta expresión adquiere el sentido mas amplio de la palabra. Así pues acabé de limpiarme con los pantalones y decidí salir por un pequeño ventanuco que había junto a la cisterna. Cuando estaba a punto de conseguirlo -llevaba medio cuerpo fuera del edificio con la imposibilidad de volver atrás- comprobé que mi memoria y los nervios se habían aliado para jugarme una mala pasada. No recordaba que el restaurante estaba en la terraza de un edificio de doce plantas. No me quedó mas remedio que acabar de salir, encaramarme a la cornisa y... me había dejado la cartera en los pantalones. ¿Podían salir mas cosas mal? Esperen y verán... pero antes debía volver a por la cartera porque estaba decidido a invitar a cenar a aquella mujer como primer paso de una noche de sexo (no se entender el sexo sin pagar). Así que había que volver a por la cartera. Imposible volver a entrar así que no me quedó mas remedio que alargar la mano por la ventana y asir los olorosos pantalones.
Sepan ustedes que la escena que viene a continuación merecería pasar a los anales del conocimiento gilipollesco: al conseguir recuperar los pantalones perdí el equilibro y comencé a dar trompicones por la cornisa intentando no caer hasta finalizar mi escatológica danza frente a los ventanales del restaurante donde doscientos cuatro comensales (incluida la amiga de mi amigo) pudo ver a un completo gilipollas en calzoncillos con unos pantalones cagados en la mano haciendo esfuerzos por no caer y con una paloma en el hombro derecho observándoles a todos con ese rápido y característico movimiento de cabeza.
Debo aclarar que la amiga de mi amigo sigue siendo amiga de mi amigo.
Solo de él.
***POST DECIDIDAMENTE ESCATOLÓGICO***
La siguiente historia ilustra de manera adecuada el grado de gilipollez que adorna mi exiguo cerebro (con algo de serrín a modo de relleno), es totalmente real y a aquel que crea que he exagerado iré y le partiré las dos piernas y luego le romperé el yeso y le robaré las muletas.
Comienza el día en que quedé para cenar -nuevamente- con "morena amiga de mi amigo". Quienes desconozcan quien es pueden consultar posts anteriores tampoco es necesario para entender lo sucedido, mis desgracias no suelen estar encadenadas, vienen solas porque si como si estuviesen esperando en fila su turno para martirizar mi cotidianidad.
Si ustedes son fieles lectores (cosa que mi ego agradece de manera efusiva) entonces recordarán los efectos secundarios de la paella en mi organismo. El resto de desagradecidos desorejados pueden recordar leyendo el post "Ese es mi chico").
A lo que vamos: era de noche y había quedado para cenar con la amiga de mi amigo pero -como no podía ser de otra manera- cenamos paella. ¿Podía haber dicho "no quiero cenar paella"? Solo son cuatro palabras y no resulta demasiado complicado ponerlas en orden, incluso para un completo gilipollas como yo. Aquella noche había hecho la promesa de decir "si" a todo a ver si "la amiga de mi amigo" se contagiaba de esta sutil táctica. Por supuesto, soy de los que no aprenden, sobretodo cuando delante tengo dos pechos bamboleantes pidiendo ser mordidos. Pierdo la razón y me convierto en una baboso animal que solo sabe repetir "si". Ella preguntó si quería cenar paella y lo siguiente que recuerdo es estar sentado en la taza del lavabo de caballeros apretando con fuerza para sacar lo mejor de mi.
Maldita paella.
Llegados a este punto me saltaré los detalles e iré a la mayor de las tragedias que llega en forma de pregunta: ¿Qué hay peor que llegar corriendo con un apretón al lavabo y descubrir que no hay papel higiénico? Correcto: solucionar el apretón y descubrir DESPUÉS que no hay papel higiénico. Y de esta guisa, con los pantalones por las rodillas comencé a mirar alrededor para encontrar algo con lo que limpiar aquel desaguisado que había manchado mis honorables posaderas. A mi alrededor solo había paredes llenas de grafitis del estilo "Si cagas silbando, la mierda saldrá bailando" o "En este humilde rincón, hasta el más hombre se baja el pantalón" y claro está, mi propia ropa a la altura de tobillos y pecho. ¿Qué otra cosa podía hacer aparte de utilizar mi propia ropa para limpiarme? Pero solo la ropa interior. Aunque soy un completo gilipollas reconozco que no habría sido una buena idea volver a la mesa con la camisa o los pantalones manchados de cierta sustancia marrón sospechosamente parecida a lo que en realidad era. Así pues, en una acrobacia digna del Circ Du Soleil, procedí a quitarme los pantalones para después quitarme los calzoncillos de los meses impares con tan mala suerte que resbalé en un sospechoso líquido amarillento que había en el suelo y acabé sentado en los mismos pantalones que pasaron de ser azules a marrón-azulados. Nuevo inconveniente. ¿Y si acababa de limpiarme con los pantalones y volvía a la mesa sin ellos? La amiga de mi amigo no era tan tonta y habría notado la diferencia. El gilipollas ahora lleva pantalones, el gilipollas ahora no lleva pantalones. ¿Dónde están los pantalones del gilipollas? Esa no es manera de tratar a una mujer, lo reconozco, así que sumergí los pantalones en el agua del lavabo para limpiarlos sin recordar que antes debería haber tirado de la cadena. De repente en los pantalones ya no quedaba rastro de azul: todo era marrón. Y mi futuro de color negro. Ya no cabía preguntarme "¿que podía hacer?", ahora solo cabía decir "la he cagado". Aquí es donde esta expresión adquiere el sentido mas amplio de la palabra. Así pues acabé de limpiarme con los pantalones y decidí salir por un pequeño ventanuco que había junto a la cisterna. Cuando estaba a punto de conseguirlo -llevaba medio cuerpo fuera del edificio con la imposibilidad de volver atrás- comprobé que mi memoria y los nervios se habían aliado para jugarme una mala pasada. No recordaba que el restaurante estaba en la terraza de un edificio de doce plantas. No me quedó mas remedio que acabar de salir, encaramarme a la cornisa y... me había dejado la cartera en los pantalones. ¿Podían salir mas cosas mal? Esperen y verán... pero antes debía volver a por la cartera porque estaba decidido a invitar a cenar a aquella mujer como primer paso de una noche de sexo (no se entender el sexo sin pagar). Así que había que volver a por la cartera. Imposible volver a entrar así que no me quedó mas remedio que alargar la mano por la ventana y asir los olorosos pantalones.
Sepan ustedes que la escena que viene a continuación merecería pasar a los anales del conocimiento gilipollesco: al conseguir recuperar los pantalones perdí el equilibro y comencé a dar trompicones por la cornisa intentando no caer hasta finalizar mi escatológica danza frente a los ventanales del restaurante donde doscientos cuatro comensales (incluida la amiga de mi amigo) pudo ver a un completo gilipollas en calzoncillos con unos pantalones cagados en la mano haciendo esfuerzos por no caer y con una paloma en el hombro derecho observándoles a todos con ese rápido y característico movimiento de cabeza.
Debo aclarar que la amiga de mi amigo sigue siendo amiga de mi amigo.
Solo de él.

