"El secreto del éxito es la honestidad. Si puedes evitarla... está hecho" (Groucho Marx)
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10 nov 2014

La mujer del autobús, el amor y un café bien cargado



¿Recuerdan ustedes a Laura? Exacto, esa misma, la adorable mujer del autobús… Puede que alguno/a de ustedes lo hayan olvidado. Yo, en cambio, no he podido apartarla de mi cabeza ni un solo segundo desde que la vi, la tengo grabada en mi cerebro a fuego y por mucho que agite la cabeza con fuerza de un lado a otro... Ahí sigue. De acuerdo, he de reconocer que lo que no puedo olvidar son sus resbaladizas curvas y el hecho de que se trata de una hembra que me ha dirigido la palabra en tres días diferentes, hecho este que que no suele suceder muy a menudo en mi universo. Mi madre me habló dos veces en toda su vida, la primera fue para decir "no muerdas" y la segunda para decir "conduce mas despacio gilipolllas, o me caeré de la moto".

La enterramos con el casco aun puesto.

¿Recuerdan que quedé con Laura para tomar un café? Pues por fin llegó el glorioso día. Y allí estaba yo, esperándola con mis mejores galas de un traje de polyester comprado en los chinos. Me gustaría definir a Laura cuando bajaba del autobús, pero es complicado ya que su peculiar atractivo, por muy apropiados que sean los adjetivos, es imposible de capturar. Laura está buena, eso es un hecho. Esta muy buena. Pero es que además es guapa, inteligente y simpática. Pero eso no es lo mejor de todo porque lo que más me gusta de Laura es que me dirige la palabra.

Laura bajó del autobús vestida con pantalones tejanos y un grueso jersey rosa asomando por debajo de un chaquetón de color crema. Hermosa, terriblemente hermosa. Como en las anteriores ocasiones. Lo que he dicho antes, vamos... que esta muy buena.

Di un paso atrás para evitar enamorarme de ella y lancé mi mano a modo de saludo para evitar un incómodo beso que convirtiese la cremallera de mi pantalón Golcce & Dabanna de 5 euros en tienda de campaña del Decathlon. Laura me estrechó la mano sorprendida. Le dije que fuésemos a tomar un café. Yo nunca tomo café, pero mejor eso a despertar al insaciable borracho que llevo dentro. 

 -¿Cómo ha ido su semana, querida? –pregunté.
 -Bien –dijo ella- ¿Y tú?
 -Bueno, he tenido semanas peores. Por cierto ¿cree usted en el amor?

Lo sé, soy experto en preguntas sin anestesia que dejan noqueadas a las otras personas, pero precisamente eso era lo que pretendía con Laura, quemar innecesarias etapas y pasar directamente a la etapa reina. De joven fui un experimentado ciclista, lástima que mi sobrepeso truncase mi carrera deportiva y la bicicleta al mismo tiempo.

 -Pues claro que creo que el amor –dijo ella- ¿Y tú?

Hay dos tipos de personas en este mundo: las que utilizan el sexo para llegar al amor y las que utilizan el amor para conseguir sexo. El primer ejemplo suele darse en el universo femenino y el segundo en el masculino. La razón es bien simple: una mujer puede conseguir lo que quiera valiéndose del sexo, incluido el amor. En cambio un hombre habla de amor cuando en realidad lo único quiere decir es “empotrar” y eso es lo único que desea conseguir.  Lógicamente todo esto no son más que generalizaciones. Estoy seguro que en alguna remota isla del Pacífico hay algún hombre o alguna mujer que no se comportan así.

Volví a mirar a Laura. ¿Quién era yo? ¿De los que utilizan el sexo para llegar al amor? ¿O de los que utilizan el amor para llegar al sexo? Me hice varias veces la pregunta y siempre obtuve la misma respuesta:  ¿A quién coño le importa cuando todas las respuestas incluyen la palabra “sexo”?

Lo del amor, como daño colateral, podía soportarlo.

 -Creo en el amor –dije finalmente- pero no demasiado. Creo en la gente que me hace sentir bien. No se si es amor realmente,  la mayoría de las veces lo malinterpreto.
 -¿Cómo sabes que te has enamorado de alguien? –preguntó ella.

No quise contestar la verdad. Sé que me he enamorado de alguien cuando deseo fornicar con alguien. Básicamente porque deseo fornicar con todas. ¿Qué diferencia hay entre el simple fornicio y el fornicio basado en el amor? La respuesta es la misma de antes: ¿a quién coño  le importa mientras haya fornicio?

 -Sé que me he enamorado porque no puedo quitarme a esa persona de la cabeza –dije- como una de esas cintas de embalar que se te pega en los dedos y no consigues desprenderte de ella sin evitar que se te enganche en otro dedo. Y acabas como un idiota agitando las manos con fuerza en el aire sin conseguir separarte del maldito trozo de cinta.
 -Eso no es amor. Tampoco podemos quitarnos de la cabeza a la gente que odiamos.
 -Pero a la gente que odio no quiero abrazarla y besarla.

Me quedé en silencio. ¿De verdad había dicho eso yo? Miré el café que acababa de tomarme. ¿Me habrían echado droga de esa que convierte a los hombres de verdad en tertulianos del corazón? No… yo no soy de esos. Yo soy un hombre que se rasca el paquete y mira el escote de las mujeres. Yo soy un hombre de verdad lo que significa que no hablo de sentimientos ni siento ganas de abrazar a una mujer despues del fornicio (aun menos antes). Mis únicas aficiones son los bares, el fútbol y los escotes de las hembras.

Yo no quería enamorarme si eso significaba dejar de ser un hombre de verdad.

 -Es bonito lo que dices –dijo ella sonriendo.

¿Qué estaba pasando? ¿Ser sentimental funcionaba? Años y años de complejas técnicas para conseguir ligar y ahora acababa de descubrir que comportarse como un gay funcionaba mejor que  cualquier otra técnica. Y cuando algo funciona...

 -Es que tengo alma de osito de caramelo bañado en sirope de fresa, colocado sobre una nube de algodón y cientos de nubes de colores -dije.
 -No te pases…
 -¿Quedaremos otro día?
 -No se… ya te dije que mi vida es de lo más complicada –comenzó Laura- y no quiero complicármela aun mas. Además, siento decirte que no me trago toda esa palabrería, tu lo que quieres es meterte debajo de mi falda. ¿Me equivoco?

No, no se equivocaba. Pero al mismo tiempo estaba completamente equivocada.

-Claro que quiero meterme debajo de su falda, querida. Cualquier hombre con dos de dedos de frente y dos nueces en los pantalones querría  tal hazaña. Pero es que además desde que la vi a usted en el autobús, hace unas semanas, no puedo dejar de pensar en su sonrisa.
 -Dame tiempo.
 -Claro. ¿Quedamos mañana?
 -Acabo de decirte que me des tiempo, pedazo de idiota… -dijo ella.
 -¿Un abrazo al menos? -dije abriendo los brazos cual Moisés frente a las aguas del Mar Rojo.
 -Por supuesto que no. 
 -¿Por qué no?
 -Es bien simple: no me fío de ti.

Nos despedimos dándonos la mano y ella volvió a subir al autobús para alejarse de mí, de allí. Y fue entonces, en ese mismo momento, que supe que, además de desear a una mujer por su cuerpo, también puedes desearla por quien es.

Di unos pasos hacia atrás, mareado y caí  en uno de los asientos de la parada de autobús. De repente todo me daba vueltas,  me dolía el pecho y un sudor comenzaba apoderarse de todo mi cuerpo. Escuchaba  voces de personas a mi alrededor aunque  creo que durante un tiempo perdí el conocimiento. Alguien me ayudó a estirarme en el suelo y otro me levantó las piernas. Una camarera salió del bar con un vaso de agua mientras una dulce abuelita me ventaba aire ayudada de un periódico.

 -¿Qué le ha sucedido, joven? –preguntó poco después la abuelita cuando ya me hube recuperado.
 -Creo… creo… creo… que me he enamorado  -dije avergonzado.


2 nov 2014

La mujer del autobus, un pene descomunal y Pocoyó

Hace no demasiado, en un autobús conocí a una mujer llamada Laura quien aseguraba que la gente no cambia y, como consecuencia, parecemos destinados a no poder reescribir nuestras vidas sin volver a equivocarnos. En primer lugar eso de que la gente no cambia es un argumento equivocado, miren ustedes a Michael Jackson (que nació negro y murió blanco) o a Mariano Rajoy (que era tonto y ahora es presidente del gobierno). Y respecto a lo de volver a equivocarse recuerdo una vez que me besé furtivamente con una corista de mediana edad a la que le sobraban unos cuantos kilos y le faltaban unos cuantos dientes. Fue un error porque, aunque le faltaban la mitad de los dientes, comía cebollas como quien come manzanas. Imaginen su aliento. Me equivoqué al besarla y me equivoqué 37 veces seguidas al hacerlo. Pero es que quien se niegue el placer, sea del tipo que sea, se está negando un fascículo de la enciclopedia de la felicidad. Aunque la felicidad huela a cebolla.

Sigamos con la mujer  del autobús que me encontré hace unos días. La primera vez que la vi discutimos sobre si la gente cambia o no y en la segunda ocasión apenas pude hablar con ella por culpa de un maldito teléfono móvil. Pero como no hay dos sin tres, he de informarles a todos ustedes, mi queridos animales de compañía, que ayer volví a ver a Laura, bajando del mismo autobús de siempre, vestida con una magnifica falda corta que dejaba al aire unos maravillosos y potentes muslos y un jersey tan apretado que podía adivinar los lunares de sus descomunales pechos a través de la lana cual Sandro Rey en sus mejores tiempos (si es que alguna vez los tuvo).

La mejor manera de abordar el fracaso es hacerlo caminando directamente hacia él, con convicción y firmeza. Así lo hice, interponiendome entre Laura y su destino. Cosa que, teniendo en cuenta el diámetro   de mi cintura, fue de lo más fácil.

 -Hola, ¿se acuerda usted de mi?
 -¡Cómo olvidarte!
 -Pues cerrando así los ojos con fuerza y...
 -Era solo una expresión, gilipollas.
Sonreí para mis adentros, en concreto para el hígado y el corazón. Ella se acordaba de mi apellido. O me estaba insultando. Sea como fuere, ella se acordaba de mi. Ya es mas de lo que esperaba de mi reencuentro con Laura.

 -¿Puedo invitarla a tomar una copa?
 -Mejor no, en serio. No quiero ofenderte pero ya hemos pasado por esto.
 -De acuerdo, solo una hipótesis... ¿y si yo tuviese un pene de 35 centímetros de largo?
 -No tienes un pene de 35 centímetros.
 -¿Que parte no ha entendido usted del término "hipótesis"?
 -¿Por qué insistes tanto cuando sabes que no quiero repetir errores?
 -Porque me vuelve usted loco, querida.
 -Pero no me conoces de nada.

Acababan de cazarme de un certero disparo al corazón. ¿Debía confesar entonces que lo que me volvía loco eran sus impresionantes muslos y sus descomunales pechos? Por supuesto, eso me atraía demasiado, pero también el resto. Una mujer no es solo unos pechos y unas piernas, hemos de aprender a mirar mas allá del placer, mirar a la persona en toda su dimensión. Y eso era precisamente lo que yo estaba haciendo con Laura. Una mujer que no era solo muslos y pechos... porque Laura también tenía un culo de infarto.

 -Lo que no puede ser, no debe ser -sentenció ella.
 -Déjeme conocerla...
 -Si te dejase conocerme deberíamos compartir tiempo, debería dejar a mi familia o a mis otros amigos para dedicarme a ti... y se que no funcionaría. Mi vida es demasiado complicada.
 -Es porque soy gordo ¿verdad?
 -No, es porque eres tonto. Ya hemos hablado en dos ocasiones antes y siempre te has comportado como un salido que solo quiere meterse entre mis pechos.

La verdad es que Laura no iba demasiado desencaminada. ¿Pero cuantas veces han encontrado ustedes al amor de su vida después de meter la cabeza entre sus pechos o sus piernas?

 -Puedo cambiar -afirmé yo convencido.
 -También hemos hablado de eso, gilipollas. La gente no cambia.
 -Quizás, si me da usted una oportunidad y acepta a sacrificar un poco de su escaso tiempo por mi... obtendrá su recompensa y al mismo tiempo podré demostrarla a usted que he cambiado. Le prometo que no la defraudaré, la prometo que no la deseo solo por su impresionante cuerpo.

La mujer me miró sin saber que decir. Esa es otra de las tácticas que mejor funcionan: prometer hasta meter y una vez metido, olvidar lo prometido. ¡Eh, no me juzguen ustedes! ¡Soy hombre! Y ya saben que obsesión tenemos los hombres por el Pocoyó que tiene toda mujer entre las piernas.

 -Un café, diez minutos -dijo ella suspirando como quien acaba de perder mil millones en la bolsa- dentro de una semana. Aquí mismo, a esta hora. A la primera que me mires el escote o hagas cualquier comentario sobre mi cuerpo, no volveré a dirigirte la palabra.

De repente, el Sol comenzó a lucir bien fuerte en lo alto, las nubes se separaron de golpe y los pájaros revolotearon a nuestro alrededor. La esperanza es una manera de felicidad futura que se contagia del presente.

 -Prometido -dije apartándome y dejándola pasar.

Esta vez estaba dispuesto a no equivocarme porque, queridos míos, las segundas (terceras y cuartas) oportunidades no están para repetir errores sino para evitar caer en esos mismos errores. Y yo estaba dispuesto a conseguir conocer a Laura y que ella me conociese y que este mutuo conocimiento ablandara nuestros corazones... y de paso si aflojaba su tanga, pues casi que mejor.

¿Que cómo se que ella llevaba tanga? Puestos a imaginar, mejor tanga que braga-faja. ¿No?


1 oct 2014

La mujer del autobús (de nuevo) y la adicción a los teléfonos móviles





¿Recuerdan ustedes mi último texto sobre una hermosa mujer llamada Laura con la que me topé en el autobús y con la que tuve una discusión sobre si la gente cambia o no? Puede que ustedes no la recuerden pero yo no conseguía quitármela de mi cabeza lo cual desencadenaba que mi cuerpo estuviese en tensión ante la expectativa de volverla a ver (aclarar que unas partes estaban más tensas que otras). A partir del momento en que conocí a Laura, dediqué todas las horas posibles a vivir en aquel autobús en el convencimiento que ella volviese a aparecer. Como bien saben ustedes, quien suscribe es un nombre sin demasiada suerte, es más, si algo puede salir mal, tengan por seguro que yo seré el protagonista. No obstante algo debí hacer bien en otra vida porque el karma (o la justicia poética) hicieron que dos semanas más tarde, aquella curvilínea diosa subiese al autobús. En un primer momento ella no reparó en mi pero cuando comencé a saltar y a hacer gestos con los brazos a escasos diez centímetros de su cuerpo, Laura reparó en el gordo que se agitaba frente a ella.

-Hola, ¿te acuerdas de mí? -pregunté levantando mi ceja derecha en un soberbio gesto que afloja la ropa interior de cualquier fémina heterosexual.
-No.
-Tuvimos una interesante discusión sobre si la gente cambia.
-Ah si... pero no recuerdo que fuese interesante.
-Para mí la conversación fue interesante porque usted es interesante.
-¿Que quieres realmente? -dijo ella alejándose de mí.
-Charlar, simplemente.
-Siempre que un tipo como tu dice que simplemente quiere charlar es que simplemente quiere acostarse conmigo.
-No descarto esa idea, señorita. Pero no es el caso que nos ocupa ahora mismo. Solo pretendo hablar con usted.
-¿Por qué?

Podría haberle contestado con mil mentiras diferentes, no obstante, cuando el amor comienza a rondar por los aledaños de los corazones, la sinceridad es el único lenguaje. No porque el amor sea algo sincero sino porque es más fácil mantener una mentira que una verdad. Justo cuando iba a decirle la verdad, un móvil con una extraña melodía infantil surgió del interior del bolso de la mujer. Laura se dio la vuelta y comenzó a hablar. Cualquiera en mi lugar se habría echado a llorar porque mi adorada acababa de rechazarme de manera soberbia, no obstante yo disfruté de aquel momento como nunca antes hubiese pensado pues la espalda de mi Diosa finalizaba en un culo de auténtico infarto. Por desgracia cuando ella dejo de hablar y se dio rápidamente la vuelta me cazó haciendo radiografía de tan gloriosa anatomía.

-¿Me estabas mirando el culo? –preguntó ella
-No, bueno si, en realidad no mucho, solo un poco. Vale… si… pero no imaginaba nada malo, bueno un poco sí.
-Cuando acabes de hacer el ridículo avisa.
-He acabado.

En ese mismo instante una nueva vibración volvió a interponerse entre nosotros. No hablo del amor sino del móvil de ella que volvió a sonar. Esta vez contestó de frente a mí, sin dejar de mirarme a los ojos y por unos momentos hubiese jurado que realmente se dirigía a mí de no ser porque hablaba de comprar comida para el gato y yo el único gato que he tenido era de peluche. No quería que volviese a mirarle el culo lo cual no significaba un problema para mi pues Dios nuestro señor, en su infinita sabiduría, había colocado el culo de la mujer a un lado y los pechos al otro.

Finalmente Laura acabó de hablar y volvió a guardar el móvil en el bolso no sin antes perder más de cinco minutos consultando y tecleando en la pantalla.

-Yo no tengo teléfono móvil –informé.
-¿Cómo puede ser eso?
-No tengo a nadie quien me llame ni nadie a quien llamar.
-Un móvil es algo más que un simple teléfono…
-Bueno, yo creo que…

Una nueva llamada a su móvil interrumpió lo que iba a ser mi soliloquio sobre la adicción a los móviles. Cuando mi diosa hubo acabado, transcurridos más de diez minutos donde ella parecía hablar con otro hombre (del que inmediatamente me sentí celoso), ella se despidió rápidamente y descendió del autobús dejándome triste, solo y gordo. Lo de gordo sucede siempre pero en esos momentos quise culpabilizarla también de mi peso.

¿Qué problema tienen muchas personas con el teléfono móvil? Cada día cojo el metro o el autobús y veo la práctica totalidad de viajeros consultando sus teléfonos móviles, como si la vida estuviese únicamente en sus pantallas y no a su alrededor. En el cine, al acabar la película y encenderse las luces, lo primero que hacen los espectadores es consultar sus teléfonos móviles. En los restaurantes los enamorados cenan a la luz de las velas con sus teléfonos móviles encima de la mesa como otra parejita mas. Caminar por la calle se ha convertido en un deporte de riesgo porque hay personas, ajenas a los obstáculos, que caminan sin fijarse en nada ni en nadie, consultando sus teléfonos móviles. 

Y ahora mi adorada Laura, acababa de demostrar que también era una adicta a los teléfonos móviles. 

¿Puede el amor sobreponerse a las adicciones? Supongo que si, por unos momentos, en aquel autobús rodeado de personas tecleando en sus teléfonos, imaginé que quizás algún día volvería a ver a Laura, a su móvil se le habría agotado la batería y el amor nacería entre nosotros.


29 sept 2014

La mujer del autobús, le gente que cambia y un escalador en peligro






Esta historia comienza cuando, no hace demasiado, me topé con una dama en un autobús. Ya saben ustedes que todas las hembras me huyen (y cuando no huyen, mi desafortunado embrujo las obliga a huir), no obstante esta permaneció a mi lado en el autobús. Me gustaría creer que llamé su atención, la realidad fue que el autobús estaba abarrotado de gente y no había ningún otro espacio libre. Era una mujer de mediana edad, rondando los cuarenta, extrañamente atractiva, de rostro firme y poderoso, pelo castaño ondulado y un cuerpo por el que, durante siglos, los hombres heterosexuales han conquistado imperios y se han alisado el pelo. Un cuerpo con unas curvas que no hubiese podido defender ni el mismísimo Fernando Alonso. Una MUJER, así, en mayúsculas. Lo cual representaba un problema porque a mí me cuesta hablar con mujeres hermosas (no porque me cueste hablar sino porque son mujeres y además son hermosas).
 
-Hola, me llamo Fernando -dije tímidamente.
-Hola
-¿Tu tienes nombre?
-Pues resulta que si... y si dejas de mirarme el escote puede que hasta te lo diga.
 
Por unos momentos  valoré si era más trascendental seguir mirándole el escote o saber su nombre aunque finalmente la lógica se impuso e imaginé que si ella me decía su nombre, eso significaba un primer paso para volver a mirarle el escote en sucesivos fascículos semanales.

 -Me llamo Laura.
-¿De dónde vienes Laura? ¿O a dónde vas?
 -Vengo del trabajo y voy a casa.
 -Yo vengo de casa y voy a dar una vuelta en autobús.
 -¿Das vueltas en un autobús abarrotado de gente?

Estuve a punto de confesar la verdad que no es otra que el hecho de gastar mis tardes en autobuses atiborrados de humanidad para conseguir el oscuro milagro de rozar mi piel con las pieles de sexo contrario. Pero no lo confesé. La gente no suele mirar con buenos ojos a los que nos restregamos contra otros en las multitudes. Contra otras, mejor dicho.
 
-Me gusta pasear en autobús, me gusta ver la ciudad. Me gusta, simplemente.
-Está bien.

Aquel "está bien" había sonado al "déjame en paz, gordo sudoroso de los cojones" de siempre. No obstante, la historia escrita dice que no se ha ganado una batalla sin arrojo así que me esforcé un poco e intenté apartar mi vista de aquel escote que habría hecho las delicias de los aficionados al alpinismo, para devolver mi mirada a sus ojos (que tampoco era un mal par de partes de su cuerpo).

El siguiente paso consistía en sacar un tema sobre el que pudiésemos hablar. En un primer momento barajé la posibilidad de sacar mi miembro viril pero el tamaño del mismo no da para una gran conversación. Así pues saqué un tema que hace tiempo me ronda por la cabeza junto a restos de loción capilar caducada y media docena de moscas. Un tema que atenaza la experiencia vital de cualquier ser humano que se precie de reflexionar algo más que las rodillas en una clase de aerobic.

-¿Crees que la gente cambia, Laura? -pregunté.
-¿A qué te refieres?

Como concepto, Dios nuestro señor creó el ser humano para que su organismo cambiase la casaca mientras su alma continuaba impertérrita, ajena al discurrir de los años. Dicen unos que quien es un grandioso hijo de la gran puta lo será siempre. En cambio otros dicen que la gente evoluciona, madura, aprende de sus errores y moldea su alma para poder soñar por las noches sin que las pesadillas les visiten. Yo opino que en muchas cosas podemos cambiar, excepto en lo esencial. Si somos rubios, por mucho que nos tiñamos el pelo, seguiremos siendo rubios. Podemos cambiar pero la esencia sigue ahí. Por definición un político es un ser mentiroso y corrupto pero en tiempos de elecciones cambia para parecer amable y generoso. Ahí radica el secreto, cambiamos (o hacemos ver que cambiamos) para seducir a los otros pero en esencia seguimos siendo hijos de puta, mentirosos, corruptos... y rubios. ¿A qué viene todo esto? Bueno, siempre que veo una mujer hermosa imagino si sería capaz de cambiar para parecer mejor persona y seducirla. Y siempre llego a la misma conclusión: haría cualquier cosa por follar.
 
 -Esta mañana, al salir de casa -comencé- estaba pensando si la gente cambia o no con el paso de los años.
 -La gente no cambia.
 -¿Así de rotunda? -dije intentando no devolver la vista a esa otra rotundidad que eran sus carnes.
 -Claro. El que es idiota lo será siempre.
 -Pero puede aprender.
 -Puede ser más culto pero seguirá siendo un idiota.
 -Yo soy gordo y puedo cambiar, podría ser flaco.
 -Eso es algo físico. Cuando hablamos de cambiar es algo mas intimo, algo que forma parte de nosotros.

¿De qué diablos estaba hablando aquella mujer? ¿Cambiar algo íntimo? ¿Hablaba de compresas o tampones? A veces me cuesta entender a las mujeres porque habitan un universo que me es del todo desconocido. Pero hay que reconocer que algunas mujeres tampoco lo ponen fácil con sus complejos discursos. A los perros y a las cosas hay que llamarlas por su nombre.
 
 -Yo he hecho cosas terribles –comencé- He engañado, he robado, he mentido o he manipulado… todo por conseguir placer de cualquier tipo. Pero he cambiado. Ahora soy mejor persona. Tuve un accidente con mi burro José. Me caí de él y me rompí un brazo en pedazos. Al salir del hospital descubrí que era mejor persona.
 -¿Tienes un burro?
 -¿Tu no?
 -Conozco a muchos pero nunca he tenido a uno... pero escucha una cosa, tu no has cambiado. Te has adaptado y has asumido que todo eso no sirve de nada porque te hace peor persona.
-No me importa ser peor persona si puedo tener una mejor vida.
-Entonces no crees que las personas pueden cambiar. Te engañas a ti mismo creyendo que has cambiado.

De improviso Laura se avecinó hacia mí y yo cerré los ojos mientras mis labios formaban un beso invisible que se quedó colgado en el aire. Laura nunca me besó. Laura simplemente se había movido para bajar del autobús. Cuando abrí los ojos, confuso por que aquella mujer no me hubiese besado, la observé al otro lado del espejo, alejándose de todos nosotros.

Por una mujer así yo podría cambiar. 

O al menos hacer ver que he cambiado (soy hombre, tampoco pongamos el listón demasiado alto).


Para su información, sepan ustedes que la Calle de los cambios (cuya foto acompaña este post) existe y se ubica en la ciudad de Valencia.