"El secreto del éxito es la honestidad. Si puedes evitarla... está hecho" (Groucho Marx)

4 sept 2018

La de las teorías sexuales




La encontré en un bar, maravilloso espacio donde encuentro a la mayoría de las mujeres a quienes pretendo seducir y lugar donde nunca he logrado tal hazaña. Allí estaba ella, sentada, con una grabadora encima de la mesa, saludándome con la mano. Aclararé ahora que el encuentro no fue fortuito pues aquella mujer me había enviado un correo dos días atrás porque había leído mi blog y pretendía entrevistarme para no sé qué tontería de estudio sobre la sexualidad. ¿Qué podía importarme a mí eso? Ella era una mujer que pretendía conversar conmigo y yo no podía dejar pasar tan milagroso acontecimiento que suele darse una vez cada diez o doce años.

Era una mujer morena, de rasgos duros, pero con sonrisa de nube de caramelo, el pelo rizado y un cuerpo que invitaba a empotrar el Titanic contra el primer bloque de hielo que encontrases al ritmo de música de Chimo Bayo. Nos dimos la mano y pedí una cerveza, circunstancia sintomática porque siempre pido el alcohol antes de decir hola. Ella bebía una especie de té de esos que tienen de todo menos té, con cositas flotando y un color cercano al tubo de escape de un Ford Fiesta. Imaginé que el sabor sería parecido.

El arranque sucedió sin anestesia, directa a la yugular, armada de una sinceridad que agradecí al tiempo que me avergonzó. La mujer me confesó que, leyendo mis textos, le parecía el tipo más despreciable, antiguo, machista y asqueroso del planeta tierra. Y era precisamente por eso que pretendía entrevistarme.

El sexo por compasión es un hecho. ¿No? ¿Qué podía perder? Hablemos.

La mujer estuvo explicándome, en un idioma del que no entendía ni una de cada tres palabras, conceptos sobre la sexualidad, la vida y el feminismo. Una introducción que yo escuché de buena gana mientras miraba su escote de reojo e imaginaba si llevaría las axilas depiladas o no.

Lo siento, no doy para más.

-¿Qué tipo de sexualidad es la tuya? -preguntó ella de repente

Reconozco que no entendí la pregunta, pese a ello, me esforcé en contestarla antes las perspectivas de convertir aquella conversación en desapasionado amor horizontal. O lo que es lo mismo: empotre animal. Quizás la única manera de conseguirlo era, por primera vez en mi vida, la sinceridad.

-Soy de los de toda la vida, de los de no quitarme los calcetines, dejar caer los calzoncillos en los tobillos y empujar hasta que no haya un mañana. De los de no llamar al día siguiente a no ser que vislumbre el siguiente empotre.

-No seas animal de feria, me refiero a tus gustos. ¿Eres  heterosexual, homosexual, bisexual, pansexual, asexual, antrosexual, transerótico, alosexual, skoliosexual, grisasexual, sapiosexual, graysexual, metrosexual, lumbersexual, spornosexual, arromántico, demisexual, fraisexual, acoisexual, reciprosexual, sexetariano o…?

-Creo que no me estoy enterando de nada de absolutamente nada -interrumpí-. Lo de los cromos de pokemon me pilló tarde, soy más de la baraja de las familias: familia de esquimales, familia de chinos, familia de…

-Ahora soy yo la que no me entero de nada. Mi lenguaje es el apropiado porque todos deberíamos utilizar un lenguaje acorde a los tiempos que vivimos- Y si no: deberíamos aprender. ¿Acaso no entiendes que el conservadurismo ha dejado de ser un argumento?

Definitivamente, no me estaba enterando de absolutamente nada. ¿Llevaria bragas o tanga?

-¿Y la pregunta era…? -inquirí  mostrando mi sonrisa Sean Connery de película de James Bond.

Por desgracia, hacía 51 años que había olvidado lavarme los dientes y lo único que conseguí fue que ella saltase inmediatamente hacia detrás, como movida por un resorte imposible.

-¿Como vives tú la sexualidad? -preguntó ella.

-Malamente, la mayoría de las veces pagando y siempre rápido.

-El feminismo está luchando por liberar a las mujeres de la antigua práctica del patriarcado que consiste en que los hombres accedan al cuerpo de las mujeres para su placer propio por una paga normalmente muy módica. Las desigualdades económicas, étnicas, raciales y de género dentro de cada sociedad y entre las naciones, con una milenaria cultura misógina, y la mercantilización de la mujer, han normalizado su cosificación. ¿Entiendes lo reprobable de tu postura?

-En mi defensa he de decir que no siempre pago porque no siempre tengo dinero. Para ser honesto, no puedo ni invitarte a un agua del grifo.

-¿Entonces nunca te has acostado por amor? ¿Nunca has respetado a una mujer?

-¿Qué tiene que ver el respeto con el amor? Debe usted saber que cada noche me acuesto por amor. Amor a mi almohada y a no hacer nada más.

-Para unos el amor sin sexo es aceptable, para otros no.

-Entonces soy de los primeros. Pero miren usted, se lo voy a dejar más claro: soy de esas personas que solo mueven un músculo si tienen algo que ganar. Se llama ser vago.

-¿Por qué estás haciendo el esfuerzo de hablar conmigo entonces?

-¡Me ofende usted, señorita! ¡Es evidente! Para estacionar mi autobús del amor en su parking. Porque para encontrar oro hay que picar piedra. Y eso lo sabe incluso alguien como usted.

-No creo que tengas muchas opciones, estoy unos escalones mas arriba de ti y no me refiero a lo físico ni a lo intelectual sino a la actitud. Me he acostado con todo tipo de géneros, sexos, gustos, personas, etc. No tengo ningún problema en tener sexo con alguien si me apetece, pero la persona debe atraerme en algún aspecto y tu no me atraes en ninguno.

-¿Ahora entiende usted porque tengo que pagar para conseguir placer carnal?

-Eres libre de hacer lo que desees, pero no conmigo.

-Entonces le diré algo: soy capaz de prácticamente cualquier cosa para encamarme con una hembra, pero sucede que hace más de media hora que no entiendo nada de lo que usted me dice y si esto es la sexualidad del Siglo XXI entonces prefiero seguir siendo el mejor ejemplo de lo que no debe ser un hombre moderno. En realidad, durante los primeros diez minutos creía que estaba en una clase de latín.

-Estamos de acuerdo entonces, nunca nos acostaremos.

-De acuerdo -dije tendiendo mi mano que ella encajó con deportividad.

¿Y la moraleja? Todo fracaso debería tener una enseñanza, aunque, en este caso, creo que el no conseguir encamarme con aquella profesora de latín fue mas una victoria que un fracaso.

Lo siento, es verano y hace calor: no doy para más.


1 sept 2018

Dignidad gilipollas




Nunca he sabido que es eso de la dignidad. Quizás yo mismo la haya tenido en algún momento, pero soy incapaz de recordar donde la dejé. Supongo que mi dignidad, si es que la tuve, hace años que desapareció sustituida por la vagancia profesional, el consumo desproporcionado de anís y unas ansias de mojar el churro que desafían las leyes de lo razonable. Cuando veo una mujer que me parece hermosa (para mí todas son hermosas), pierdo la dignidad. Cuando veo que tengo que trabajar (para mí todo es trabajo) pierdo la dignidad para evitar doblar el espinazo. Y cuando tengo delante una botella de anís pierdo toda dignidad con tal de que cualquiera me invite a la siguiente copa.

¿Ustedes tienen dignidad? Pues que suerte. O no. Porque seamos serios: ¿de que sirve la dignidad? 

Volvamos, una vez más, a las definiciones de la RAE, que sirven para ejercer el maravilloso deporte del copia/pega y evita tener que pensar para escribir.

DIGNIDAD
Del lat. dignĭtas, -ātis.
1. f. Cualidad de digno.
2. f. Excelencia, realce.
3. f. Gravedad y decoro de las personas en la manera de comportarse.
4. f. Cargo o empleo honorífico y de autoridad.
5. f. En las catedrales y colegiatas, prebenda que corresponde a un oficio honorífico y preeminente, como el deanato, el arcedianato, etc.
6. f. Persona que posee una dignidadDig (‖ prebenda). U. t. c. m.
7. f. Prebenda del arzobispo u obispo. Las rentas de la dignidad.
8. f. En las órdenes militares de caballería, cargo de maestre, trece, comendador mayor, clavero, etc.

Al igual que sucede con los discursos políticos o la lista de ingredientes del pan Bimbo, la palabra tiene otros significados al que estamos acostumbrados. Pero centrémonos en eso de “Cualidad de digno”. ¿Qué es lo digno? Volvamos a la RAE y ejercitémonos una vez más en el ejercicio de copiar textos de internet en vez de escribir.

DIGNO, NA
Del lat. dignus.
1. adj. Merecedor de algo.
2. adj. Correspondiente, proporcionado al mérito y condición de alguien o algo.
3. adj. Que tiene dignidad o se comporta con ella.
4. adj. Propio de la persona digna.
5. adj. Dicho de una cosa: Que puede aceptarse o usarse sin desdoro. Salario digno. Vivienda digna.
6. adj. De calidad aceptable. Una novela muy digna.

Ya la hemos liado: Dignidad es cualidad de digno y digno es que tiene dignidad. A ver, que no digo yo que los señores de los sillones de la RAE sean unos ancianos que están más preocupados en vaciar la bolsa del pipí que en ayudar a los demás, pero deberían ponerse las pilas. También deberían untar de brea y plumas a Pérez-Reverte, aunque ese es otro tema (más personal). Resumen: la dignidad forma parte del comportamiento decoroso y, además, es una cualidad. Bienvenidos al siglo XVIII.

Pero sigo preguntándome: ¿de qué sirve ser digno en una sociedad indigna? ¿Qué hay de digno en los políticos, en los programas de televisión o en la cerveza Cruzcampo? La respuesta es sencilla nada digno (y nada bueno, tampoco).

Háganme caso, la dignidad, como el intentar no vomitar cuando tienes arcadas, está sobrevalorada.

A beber anís, a hacer el vago y a follar... que el mundo se va a acabar.



25 ago 2018

El peor policía del mundo


 
De pequeño quería ser policía. También quise ser bombero, astronauta, actor porno y primera bailarina del Tropicana, aunque supongo que lo que más fuerza imprimía en mi voluntad eran esas imágenes de los policías de las viejas series de televisión como Starsky y Hutch, Cannon, Baretta, Colombo, Crockett y Tubbs e incluso la mujer policía. Dispuesto a combatir el crimen, incluso contemplé la idea de travestirme. Nada de vicio, mas bien antivicio. La verdad es que años después tuve que travestirme por vicio, pero no creo que sea buena idea hablar de eso ahora, además, yo era joven y necesitaba dinero. Sucedió la semana pasada en un descampado en las afueras, pero olvidémoslo. Vamos a retomar el hilo: de pequeño quería ser policía. Nunca lo conseguí porque para eso se requieren de unas cualidades que solo tienen los policías, los delincuentes, los actores que fingen ser delincuente, los actores que fingen ser policías y un concejal corrupto. A lo que vamos: no tengo estudios, soy gordo, mi puntería en la mili fué de cero sobre cien y me huelen varias partes del cuerpo (con lo que los criminales me descubrirían a distancia). Pero siempre quise ser policia y eso no va a cambiar. Cuando pretendo algo lo consigo. Bueno, nunca lo consigo, pero lo pretendo con tanta fuerza que el aire escapa involuntariamente de mi cuerpo por donde no debe. Flatulencias nerviosas aparte, mi eterno plan de ser policía dio un giro cuando la semana pasada me robaron las cangrejeras en la playa y tuve que ir a poner la correspondiente denuncia. Para mi sorpresa, el agente encargado de cumplimentar el formulario era una hermosa mujer con un físico cercano a un levantador de piedras y una mandíbula propia de villano de Marvel. Pero seguía siendo una mujer, y, además, una mujer que me preguntaba por mi dirección y mi número de teléfono. Y eso significa algo más, aparte de ser obligatorio para poner la denuncia. Lo adiviné en el brillo en los ojos de ella. Quiero creerlo, porque si yo no creo en el amor. ¿Quién va a creer? 

-¿Qué hace usted a acabar su turno? -pregunté con mi mejor sonrisa y los pies descalzos.

-Iré a tomar unas cervezas con alguna gente de la comisaria.

-¿Solo toma cervezas con policías?

-Emmm… claro -contestó ella encogiéndose de hombros.

Y fue en ese momento que supe que aquella recia hembra sería mía solo con convertirme en el mejor policía posible. Se que puede parecer un plan desesperado, pero hacía mucho que nadie me pedía mi dirección y mi número de teléfono.

Estuve dos días haciendo pesas, flexiones, corriendo por el parque y cuidando la dieta. Luego estuve tres días vomitando, atacado con calambres por todo el cuerpo y comiendo hamburguesas. Al sexto día, me compré un disfraz de policía y volví a la comisaría a preguntar por el caso de las cangrejeras desaparecidas con la esperanza de reencontrarme con mi Diosa.

Por desgracia, algunas partes de mi perfecto plan no era tan perfecto. En primer lugar, porque había engordado tres kilos y no precisamente de masa muscular, el disfraz de policía me quedaba pequeño y, lo peor de todo, no me había dado cuenta de que en la bolsa ponía “disfraz de policía sexy”. Supongo que debería haberme dado cuenta que aquel no era el uniforme reglamentario al ver los pantalones cortos ceñidos, la camisa abierta, la gorra de látex, las gafas de sol de Village People, una pistola de plástico llena de preservativos, una placa de identificación que decía “sexy police” y una tarjeta con la siguiente frase impresa: “esta arrestada y tienes derecho a tocarme los pectorales”. La imagen que me devolvió el espejo fue tan patética como todos esos complementos ajustados malamente a mi orondo cuerpo.

Pero en esos momentos mi cerebro interpretó tal desaguisado como la imagen de un apuesto policía. Eso y que me había tomado veinte cervezas para armarme de valor.

No llegué hablar con mi adorada agente de policia porque en la entrada me retuvieron, me obligaron a vestirme con ropa usada que guardaban, me metieron en una celda hasta que se me pasase la borrachera, se confundieron con mi identidad, me enviaron a una prisión del extrarradio y me convertí en el líder de una banda carcelaria de policías strippers.

Y lo peor de todo: nunca recuperé mis cangrejeras.